Valentín El terrible. Una simple divagación

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

En su afanada misión por expandir el cristianismo, San Valentín -que de Santo no tenía mucho- se convirtió en el primer alcahuete que la Tierra parió. Iba por toda la Roma del siglo II uniendo mancebos, a hurtadillas. Parece que quien haya escrito ¨La Celestina¨ conocía de cerca la vida de este ¨Santo¨.

Lo que la historia no cuenta es que su obsesión por celebrar casamientos se remonta a su degeneración por ver consumar el acto entre marido y mujer. Se dice, extraoficialmente, que Freud descubrió este trastorno en la vida del ¨Santo¨ y que justo antes de hacerlo público, Valentín mandó a por él a través de sinuosas persecuciones. Quizá este curioso personaje se adelantó al celibato clerical y al no poder experimentar en carne propia, se contentaba con ver. Es a partir de su gesto que centurias después se adoptaron como obligatorios los votos de castidad para quien elija el camino del sacerdocio. 

A día de hoy, se dice que el alma de Valentín el morboso, cada catorce de febrero, baja de su Curubito y se pasea por moteles y lupanares de toda clase. Valentín no es selectivo, pero disfruta mucho ver a los infieles que desfogan su pasión secreta dentro de muy ornamentadas habitaciones. Además, Valentín el retorcido aprecia un montón a quien se le ocurrió la idea del cine para adultos. Valentín el indiscreto observa satisfecho su legado en la Tierra. 

Los curas, en el fondo de su ser, odian con todas sus ganas a Valentín el mirón; aunque algunos han encontrado la malsana manera de reducir su ojeriza por el patrono de los ¨enamorados¨.

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