Las nadie; los nadie

Por: Juan Almagro Lominchar, PhD
Universidad de Almería (España)

Hace ya unos días, cuando Rafael Nadal ganó su vigésimo primer grand slam, varios medios de comunicación en España, entre ellos la Televisión Pública (RTVE), abrieron sus informativos afirmando que “nadie ha logrado ganar más grand slam en la historia del tenis”. Sin darse cuenta, esos medios han rescatado una canción del escritor y periodista Eduardo Galeano, que recreaba la invisibilidad de algunos seres humanos.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. De esta forma inicia parte del poema Galeano, refiriéndose a quienes están ahí, pero no existen. Y no existen porque quien tiene poder para darles visibilidad no lo hace.

Que me perdone, allí donde la tierra le haya sido leve, el bueno de Galeano, pero me veo en la obligación moral de modificar el título del poema y el género lingüístico del mismo: de Los nadie transitaré a Las nadie. Las nadie, en este caso, son tres mujeres: Margaret Court; Serena Williams y Steffi Graf. Las tres han logrado 24, 23 y 22 títulos, respectivamente, pero para los medios de comunicación no existen, porque son nadie: (“nadie ha logrado…”).

Me sorprende que, al mismo tiempo que esto sucedía, el líder del principal partido conservador de la oposición en España, hablaba ante los medios (los que deciden si eres nadie) de “soflamas feministas”, en relación a la polémica suscitada por la letra de la canción de Rigoberta Bandini (Ay Mamá), durante su participación en la fase previa a la elección de la canción que representaría a España en el próximo festival de Eurovisión.

Cuando el conservadurismo y la ranciedad de la derecha se difuminan con quienes conforman lo mediático, se produce una tormenta perfecta, en la que siempre pierden las mismas personas: las nadie; los nadie.

Otra situación que ha suscitado polémica en los últimos días es la de quienes se sienten excluidos por parte de las entidades financieras, a la hora de realizar diversos trámites relacionados con operaciones bancarias. Aquí, nuevamente, se produce una mescolanza entre las y los nadie: personas mayores; jubiladas; jubilados; personas dependientes o con algún tipo de discapacidad; personas inmigrantes… En estos casos, a las entidades financieras no les resulta rentable realizar esfuerzos pedagógicos, en aras de que las y los nadie mencionados abandonen los márgenes y se sitúen en el espacio que ocupan quienes son capaces de utilizar un cajero, realizar una transferencia a través de la banca electrónica, hacer un bizum, solicitar un préstamo para comprar esa bicicleta eléctrica tan molona o, en el cénit de las situaciones, contratar una hipoteca. Recordemos, para quienes lo hayan olvidado o aún no lo sepan, que las entidades financieras llevan años invirtiendo tiempo y dinero (también el de las nadie y los nadie) en programas de educación financiera que aterrizan en los centros educativos (públicos, concertados y privados) para que las y los jóvenes, ese público tan moldeable, se familiarice con términos y operaciones del mundo bancario. Todos los esfuerzos son pocos si se trata de potenciales consumidores, pero de nada sirve invertir un segundo o un euro para que nuestras ancianas y nuestros ancianos, jubiladas y jubilados, actualicen sus cartillas, retiren parte de sus ahorros mientras les atiende una persona física, fuera del alcance de los cajeros automáticos, o paguen sus recibos lejos de los dominios de la banca digital.

Las nadie y los nadie, en lo referido al trato con la banca, son personas que desaparecieron con el proceso de desintegración del dinero: ese que ha provocado que cada vez tengamos menos monedas y billetes contantes y sonantes en los bolsillos. Hace ya años que el dinero desapareció de nuestras vidas y pasó a formar parte de los enigmáticos entresijos del sistema financiero. Desde tan ignoto lugar, se nos exige que usemos una tarjeta de crédito o débito, un bizum o que paguemos a través del smartphone. No es de extrañar, dadas las circunstancias, que, si las y los nadie, se acercan a una sucursal financiera para cualquier acción relacionada con su dinero, en lugar de con personas se encuentre con un ficus.

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