Fray Antonio Vázquez de Espinosa. Del tiempo que estuve en Pimampiro y de mi venida a España

Dr. Luis Rivadeneira Játiva, Compilador
Quito (Ecuador)

El más grande acontecimiento bibliográfico, de carácter histórico, del siglo veinte es, sin duda alguna, el hallazgo en la sección de manuscritos de la Biblioteca Vaticana; dentro de la llamada Colección Barberiniana, de una obra inédita y completa, de Fray Antonio Vázquez de Espinosa, carmelita descalzo, que describe el poblado antiguo de Pimampiro.

Fray Antonio Vázquez de Espinosa, fue un religioso carmelita descalzo, que estuvo en Pimampiro y logró describir, en el castellano antiguo, en forma maravillosa el antiguo poblado, sus costumbres y gastronomía, a través de los renglones y cinco páginas escritas por él ( -516 – 519- ) siguientes:

“Acabadas todas estas cosas ya dichas y concluido este último hecho, que fue el de mayor provecho que en aquellas partes pude hacer, salí de Quito para el pueblo de Pimampiro, que fue el que dio por mejora el señor obispo el tiempo que allí estuve.

Los indios quijos es gente agradecida y que reconocen lo que por ellos se hace, y así me venían a visitar más de cuatro años después que salí de entre ellos, no se contentaban con la visita, sino que me traían muchos regalos de micos y papagayos, vivos y secos, y pescado seco y puercos de monte y granadillas de los quijos y —515→ de estas dos cosas diré dos maravillas singularísimas. Los puercos del monte son como los de acá, sólo que tienen la barriga arriba y el ombligo, y en matándolos se lo han de sacar luego porque si no es tanto el mal olor que de sí despiden y es tan malo el sabor de la carne, que no se puede comer.

De las granadillas digo que absolutamente es la mejor fruta del mundo, y comiéndola sale un olor por las narices de almizcle, y un sabor mejor que de nuestras granadas. La hechura de la fruta es a modo de una cidra pequeña del grandor de una mano, sin punta o pezón y en medio algo más gorda que en los extremos, y el de abajo un poco más grueso. La cáscara es gruesa como el dedo y de ella se hace conserva; los granos son a modo de nuestras granadas, no muy maduras, y todos están juntos sin repartimiento, dentro de una tela muy delgada. La flor de esta fruta es misteriosísima, porque contiene en sí todos los misterios y pasos de la Pasión de Cristo; es de la manera de una azucena, con una campana blanca por defuera y pintas leonadas, por dentro de color rosa, contiene dentro de sí toda la Pasión. En el círculo bajo salen unos ramales de color de sangre, que parecen azotes; en medio del centro inferior se levanta una columna verde y al pie de ella tres hojas, que hacen hechura de tres clavos, y la misma campana de la flor es a modo de corona con espinas; dentro de sí las venas están dispuestas de tal manera que vienen a hacer a la vista lanza, caña con esponja, escalera y cruz.

Panorámica de Pimampiro. Ecuador | patriciolozatrujillo…flickr.com

Cuando me venían a visitar y me traían estas cosas, en correspondencia les daba yo grandes dádivas y les enviaba muchas cargas de algodón, para se hiciesen de vestir, que era lo que más habían menester, que hubo año que les envié doscientas arrobas de algodón y en particular a los indios que yo rescaté y los dejé libres y poblados, como dije. Y para que se sepa este rescate y cautiverio, lo diré en breves razones.

Pimampiropimampirotierradelsol.blogspot.com

Todas las provincias referidas, y otras muchas naciones que hay, porque hay provincias que tienen debajo de —516→ un nombre tres y cuatro lenguas, y estos son todos enemigos unos de otros; y así están en los altos o en las quebradas muy fuertes y se guerrean y cautivan, y se sirven de ellos de noche y de día, con excesivos trabajos, y malos tratamientos de obras y palabras, como lo vi por mis ojos, y que era una obra de gran caridad. Traté con estos indios, que cada provincia me diese tantos esclavos, y motos los más maltratados; y así rescaté a los dichos, y los catequicé, bauticé y poblé, como es dicho de todos, hasta que me vine a España; salían a verme y les daba, y casi todos me traían los hijos para que me sirviese de ellos, y de estos rescatados llevé ocho a Pimampiro, y casé allí algunos.

El pueblo de Pimampiro está distante de Quito veinte leguas; es tierra templada, porque pasa cinco leguas de allí la línea equinoccial y por ser más caliente que fría y no haber invierno ni verano, todo el año hay frutas, así de las de Castilla como de la tierra, en tanta abundancia y tan buenas como las de España; es tierra muy rica, porque tiene infinidad de cocales, que es una yerba como lentisco que los indios comen y para el trabajo les ayuda, según su uso, y sin esta coca no trabajarían; con sólo mascarla y tenerla en la boca les sustenta, conserva la dentadura de manera que aunque sean muy viejos jamás les falta, y dicen los naturales que con esta cosa y con la chicha que beben, que es hecha de maíz, como cerveza, jamás les da piedra ni mal de orina.

Tiene esta tierra tantas yerbas medicinales, que casi todas lo son. Hay arbolillos que tienen unas hojas pequeñas y muy blandas, y de suave gusto, que el purgarse está en la mano de quien las come saber los cursos que ha de hacer, porque con cada una es uno. Hay otra purga, que llaman mosquera, que es de otros arbolillos, y es con la cáscara de la raíz, que es extremo.

Es tierra abundantísima de comidas, porque el trigo de España se da a tres reales la fanega. Las carnes son en extremo y muchas, porque hay infinito ganado; las vacas valen a veinte reales; un gran carnero vale cuatro; —517→ un cebón muy bueno, veinte y cuatro; una gallina o capón, tres cuartillos; conejos o perdices dan tres por un real y todo lo demás de esta manera; y por esta causa y ser tierra de tantos tratos, acuden de ordinario muchos españoles y indios, y con ser pueblos de ochocientos vecinos, parece de más de dos mil.

Pimampiro se convierte en el tercer ‘Pueblo Mágico’ de…primerazona.com
Proyecto multipropósito Puruhanta-Pimampiro-Yahuarcocha…

Había en aquel pueblo falta de agua, y así estaban perdidos grandes campos, y como los sacerdotes pueden tanto como los naturales, que por ellos se gobiernan, así en lo espiritual como en lo temporal, junté al Gobernador y caciques y les dije que con deseo de remediar la falta de aquel pueblo, yo y el maestro Pedro Ferrer (que era aquel genovés gran artillero que fue en el viaje a Cochinchina), habíamos ido por aquellos altos a buscar agua, y descubrimos unas acequias de los tiempos del Inca y vimos cómo podía venir gran golpe de agua, que yo daría el gasto y que pusiesen ellos el trabajo, y así se hizo, y gasté cien ducados en herramientas, y compré una manada de cuatrocientas ovejas y doscientas fanegas de maíz, y acudieron tantos indios, que en quince días hicieron cinco leguas, una acequia de vara y media de hondo y otro tanto de ancho, que vinieron dos bueyes de agua, que fue de tanto valor y riqueza para los indios que no se puede numerar.

Juntos todos estos caciques e indios ladinos, me hicieron una pregunta: «Padre queremos saber de ti ¿por qué gastaste más de cuatrocientos pesos y tanto trabajo y solicitud por esta agua?». Y sobre esto, otras muchas razones. A las cuales respondí: «Hijos sólo una razón tengo y esta lo veréis, que es así; pues no hay otra de mi interés, que fue por vosotros y por el bien común de este pueblo». Y cierto podré decir que fue una grande obra y muy agradecida de todo este pueblo, en tiempo de ocho años que estuve en él. Y para persuadirles cualquier obra de la iglesia, con sólo decirles que era para ellos lo hacían con mucho gusto, tanto que se acrecentó la iglesia en más de seis mil pesos. Y por ser notorio el dicho de los caciques indios de Pimampiro, lo diré. Vino un oidor a visitar (como es de costumbre cada tantos años) —518→ y porque hay mandato no se les haga repartimiento a los indios para cosa. Visto un retablo nuevo que costó dos mil ducados, preguntó al cacique principal cuanto había costado, y respondió con juramento que cinco pesos; y llamados a los demás dijeron que tres y a la postre que uno y medio y con hacer grandes diligencias, no se pudo sacar otra palabra de ninguno, que solo cada uno decía lo que había dado.

Hice a los caciques no hiciesen agravios a sus indios; y a ellos que obedeciesen a sus caciques, con que les sustenté en paz y fui muy querido de ellos. No consentí que español ninguno fuese en casa de los indios, y así tenía todos los días cincuenta y sesenta de mesa, en que gasté muchos ducados y evité infinidad de agravios y pecados. Catequicé muchos viejos y viejas. Entablé las confesiones, que no había remedio con penas y castigos, y con dádivas, que había Cuaresma que les repartía ciento y cincuenta fanegas de pan, y cien paños de agujas. Curaba por mis manos los enfermos, y todos los españoles chapetones, que son los recién llegados a aquella tierra, tenían allí hospital para curare. Con ser este pueblo de Pimampiro de los mejores y más provechosos de todo el distrito del obispado de Quito, gané de provechos y salarios por cuenta en los ocho años, sesenta mil reales de a ocho; cuando vine a España sólo me quedaban veinte mil y siempre pedía a Dios lo que el rey Salomón: que no me diese riqueza ni pobreza, y me dejase volver a Jaén, y estar en un rincón sin que me conociesen los prelados, y en compañía de una santa beata, llamada Ana Gutiérrez (que por ser una sierva de Dios digo su nombre) que me crio siendo niño; Su Divina Majestad me lo ha concedido. Diez años ha que llegué a esta ciudad, y por huir de la ociosidad me he ocupado de estos tratados, con confianza de que sólo mi blanco y deseo ha sido acertar en algo del servicio de Dios y provecho de mis prójimos.

La tercera cosa que pedí al señor, es que en falleciendo sea mi cuerpo enterrado en la iglesia del señor San Pedro, y tengo confianza en su divina misericordia, —519→ pues, ha sido servido que en la tierra haya peregrinado tanto, y dado vuelta al mundo, se ha de dignar perdonarme y llevar mi alma a gozar de su santa gloria.

Desde que salí de Pimampiro caminé nueve meses hasta llegar a Sevilla; y de todo el viaje no tengo cosa que escribir; sólo la entrada de La Habana que fue milagrosa, y tanto como se verá en la vida del famoso general don Jerónimo de Torres y Portugal, y los trabajos de tanto viaje del mar y tierra; como se habrá visto y por experiencia los que los pasan los ven. Y a los que no le han visto, la razón les dará conocimiento de ellos; y con razón puedo decir muy de corazón a Dios que soy «El Clérigo Agradecido» y darle infinitas gracias y ponerle en memoria de las gentes, para que todos, como criaturas suyas, se las den”.

Hay que respetar el texto, porque el religioso escribe en el castellano antiguo, con propiedad y solvencia, porque vivió en Pimampiro y logró describir su geografía de la mejor manera, al igual que lo hizo de Arapicos y del Río Palora nuestro escritor Juan León Mera Martínez. Otro sacerdote que hizo mucha obra en el Ecuador es Fray Jodoco Ricke, quien trajo las primeras semillas de trigo a nuestra Plaza de San Francisco, de Quito. El Artista y escritor de Pimampiro le hizo un homenaje en el Café Libro de la Ciudad de Quito.

En la Monografía del Cantón Pimampiro, de la Provincia de Imbabura, debe constar esta descripción de la Ciudad y sus gentes realizada por el Carmelita Descalzo Fray Antonio Vázquez de Espinosa.

Vázquez de Espinosa, Antonio

Castilleja de la Cuesta (Sevilla) c. 1570 –Madrid, I.1630. Carmelita (OCarm.), cronista y geógrafo de América

Real Academia de la Historia

adamo.es

“El nombre de Vázquez de Espinosa era prácticamente desconocido hasta el año 1942 en que apareció Compendio y descripción de la Indias Occidentales. A partir de dicho año se ha abierto paso briosamente en el campo del americanismo, y en la actualidad, la consulta del Compendio se hace necesaria para el escritor que aborde temas relacionados con América en el siglo XVII. Curiosamente perteneció a la Orden del Carmen, que estuvo ausente en la conquista espiritual de América, lo que da a su personalidad un aire de misterio, al igual que a su obra, que permaneció desconocida durante siglos en la Biblioteca Vaticana. Efectivamente, la Orden del Carmen no participó en la evangelización de América.

Hubo intentos de penetración y de fundaciones canónicas, pero ninguna prosperó.

Aunque no son muy abundantes los datos sobre su vida, se conocen los suficientes para trazar su semblanza.

Comenzando por el lugar de nacimiento existe disparidad entre los autores: Jerez de la Frontera y Castilleja de la Cuesta son los lugares barajados.

Ha prevalecido Castilleja de la Cuesta, al afirmarlo el propio Vázquez en la Dedicatoria al conde de Olivares de una de sus obras, el Confesionario General.

Ingresó en la Orden de los carmelitas, pero se desconoce en qué convento y en qué fecha. No hay ningún dato acerca de su formación. En cuanto a sus actividades, antes de marchar a América, únicamente se sabe que enseñó Teología durante seis años. Las frecuentes alusiones que hace en su obra a las costumbres y ritos judíos dan a entender que conocía bien la Sagrada Escritura.

América no fue solamente una aventura para los españoles del período del descubrimiento. Continuó siéndolo también en la época virreinal. Verdad es que con distinto signo, pero no por eso dejó de ser aventura. La llamada de las remotas Indias, acaso ya menos remotas, seguía haciendo presa de forma incontenible.

La mayor parte de los emigrantes lo hacía con el fin de medrar. Fue indudablemente el aspecto crematístico el que más influyó y el que empujó más hombres hacia América en la fase posterior a la conquista; el legítimo deseo de salir de una vida de penuria y llena de privaciones, a que estaban sometidos muchas veces los hombres de la metrópoli, y que, en ocasiones quedaban deslumbrados por indianos ricos que volvían a la patria.

Cuentan mucho en la historia también, las incesantes oleadas de misioneros que gastaron sus vidas en entrega incondicional al servicio de los hombres y de las tierras americanas. La marcha de estos misioneros estaba perfectamente regulada. Sus nombres figuran en los ficheros de la Casa de Contratación de Sevilla y la Corona les proveía de lo necesario para el viaje. No todos, sin embargo, marcharon por el conducto reglamentario y legal. Uno de estos misioneros que debió de pasar al margen de la ley fue Antonio Vázquez de Espinosa. Existen por lo menos graves sospechas de que tuviera las debidas licencias, porque su nombre no figura en los catálogos de pasajeros de Indias. Con la perspectiva del tiempo, puede decirse que la posible treta que jugó a las leyes vigentes quedó sobradamente compensada por sus escritos, importantísimos para la historia de la América virreinal.

Afirma repetidas veces que estuvo catorce años en América, y regresó a España en 1622; por consiguiente, debió de pasar hacia 1608. Su vida y actividad puede reconstruirse a base de las alusiones que hace en el Compendio y en otras de sus obras. Según su propio testimonio, recorrió gran parte de las naciones hispanoamericanas “por haber andado, visto y considerado, no sólo lo más de aquel nuevo Orbe de Nueva España, Honduras y Nicaragua y todo el reino del Perú”. El 27 de junio de 1622 embarcó en San Juan de Ulúa hacia el puerto de Trujillo en Honduras y desde allí, el 28, hacia La Habana, donde llegó después de trece días de navegación; en esta ciudad permaneció hasta el 14 de agosto en que de nuevo se hizo a la mar y llegó al puerto de Cádiz el 28 de noviembre del mismo año 1622. Tras este sencillo esquema se oculta un viaje azaroso, lleno de peligros, hambre y calamidades, del que Vázquez ha dejado un relato cumplido que explica la vida en alta mar en las travesías de los españoles a América (1623).

En España aparece en distintas capitales. En 1623 en Sevilla desde donde escribió al general de la Orden, Sebastián Fantoni, como consta en el memorial que éste envió a la sagrada Congregación de Propaganda Fide el 7 de marzo de dicho año. Aparte de los servicios prestados en la conversión de los indios indicó que tenía dos libros para imprimir. Fantoni, general de los carmelitas, en vista de sus méritos por el bien de la Orden, le concedió el honor de poder solicitar el grado de doctor por alguna universidad. A finales del año 1623 o principios de 1624 estaba en Madrid, desde donde envió dos escritos a Luis Paredes.

Entre sus escritos descuella Compendio y descripción de las Indias Occidentales. Fue el investigador norteamericano Charles Upson Clark quien lo publicó en 1942 traducido al inglés; después se ha publicado en diversas ediciones en castellano. La obra está divida en dos partes y éstas a su vez en seis libros cada una.

La primera parte la dedica a la secretaría de Nueva España. La segunda comprende las Audiencias pertenecientes a la secretaría del Perú y Tierra Firme: Panamá, Santafé de Bogotá, San Francisco de Quito, Lima, Charcas y Chile.

Aspiró a dar una información lo más completa posible de la América española, a ofrecer una imagen fiel de las Indias. Vázquez es el viajero culto que anota cuidadosamente cuanto comprende puede ser de interés a los lectores. Sus páginas, en las que se esfuerza por hermanar la exactitud y la observación aguda, reflejan un temperamento equilibrado, sereno, que tiene un fin perfectamente definido y que sabe poner los medios para conseguirlo. A las descripciones geográficas precede generalmente una introducción, que tiene como fin orientar al lector y situarle dentro de su marco histórico. Resume en estas introducciones lo que se sabe por los cronistas.

Proporciona, ante todo, datos de enorme interés para la historia de la Iglesia en América. Alude al número de obispados, de sacerdotes, de conventos con sus religiosos, etc. Es una auténtica estadística del personal de ambos cleros. Y no solamente se limita a enumerar; también explica las actividades de los religiosos, que encomia indistintamente, cualquiera que sea la orden a que pertenezcan. Los religiosos en América vivían, según Vázquez, un momento de esplendor.

Frecuentemente hace referencia a su labor y celo apostólico, a la observancia que reinaba en sus conventos, a la virtud y ciencia de sus miembros.

Además hay otros aspectos interesantes para la historia.

Describe toda la máquina montada por España con su complicado engranaje burocrático y administrativo.

Proporciona listas interminables de ciudades y villas de las distintas secretarías, audiencias y obispados.

Enumera los funcionarios que nombraba la Corona para los diversos cargos, los sueldos que éstos percibían, en una palabra, la vida de las grandes instituciones sociales, políticas y eclesiásticas.

Sin pretender escribir una obra de carácter puramente histórico, Vázquez merece figurar entre los historiadores coloniales, al ofrecer un cúmulo de datos riquísimos en muchos aspectos. Es precisamente el geográfico el aspecto más importante. Ya en el primer capítulo ofrece un relato del itinerario que seguían los navíos hasta llegar a América, señalando los puntos principales de la derrota y los grados en que éstos se encuentran. Pasa después a describir la forma de la Tierra, que según él “es el centro de este mundo visible, la cual está fija y firme en sí misma”. Al hablar de su circunferencia hace esta atrevida afirmación: “La circunferencia sólo Dios la puede medir, y no entendimiento humano”. Sigue una consideración piadosa, característica y típica de él como autor: “cómo en tierras de Su Majestad a todas horas se está diciendo Missa”.

Comienza seguidamente con las descripciones de las audiencias: “contadas las provincias de su jurisdicción, sus tierras, calidades, ciudades y villas de españoles que se han fundado”.

Esta sencilla enumeración proporciona una idea del interés geográfico. Sitúa las ciudades en la latitud y longitud respectivas. Hace un relato vivo de las ciudades.

Los valles o montañas que las rodean, los ríos que las bañan. Señala el número de sus habitantes —de buena parte de ellas— distinguiendo entre españoles e indios, y si éstos eran esclavos o libres. Habla de sus edificaciones principales, de sus calles, de sus plazas, etc. Dibuja, en definitiva, su paisaje urbano.

Vázquez merece figurar a la cabeza de los viajeros que recorrerán posteriormente la América española.

Con una particularidad: en los escritos de éstos, a veces sólo se ve lo pintoresco, mientras que en Vázquez aparecen noticias de gran utilidad. No sin razón escribió su primer editor: “Su interés principal es geográfico: el libro es un viaje descriptivo de la América española de 1612 a 1621, tan detallado que puede servir de autoridad aun en cuestión de fronteras históricas”.

Vázquez, que tenía una fuerte inclinación científica, contribuyó al estudio de las ciencias naturales.

Desfilan por su obra diversas clases de plantas existentes en América. Abundan las descripciones de árboles exóticos y raros, como el árbol peregrino que produce leche. Fue el primero que aludió a las propiedades curativas de la quina, según ha advertido Clark. Habla de diversas especies de animales, con pinceladas en ocasiones gráficas. Son interesantísimas, asimismo, las descripciones de aves. En brevísimos trazos dibuja al pájaro de la piedra que mora en las márgenes del Orinoco.

Y para que nada falte se preocupa de los volcanes y sus causas. “Fija particularmente su atención en las minas. Sus narrativas sobre las operaciones en Huecavélica, Oruro, Potosí y otros centros mineros complementan admirablemente a Acosta; y, en efecto, constituyen la mejor descripción de la explotación de minas americanas en esa época.” El Compendio rezuma amor y compasión hacia los indios, y, sobre todo, deseo ardiente de su bien espiritual.

Este amor le llevó a criticar a los encomenderos que cuidaban únicamente de cobrar tributos y no de enviar sacerdotes. Su espíritu sincero y honrado se sublevaba ante la falta de celo y el demasiado interés de los curas. El mismo se dedicó a suplir, en ocasiones, sus deficiencias. Desde España soñaba con volver a América para dedicarse a la evangelización.

Se interesaba por todos los problemas referentes a los indios. En los primeros capítulos trata con amplitud la cuestión de su origen. Para Vázquez no hay duda de que los indios descienden de los judíos. El conocimiento que tiene de la Sagrada Escritura y costumbres del pueblo hebreo, y el adquirido por experiencia, le situaron en posición excelente para poder defender su teoría, como, en efecto, hizo. Puede decirse que Vázquez de Espinosa es un razonador de esta teoría, que ya aparecía esbozada en el padre Las Casas, y que será defendida, en el siglo XVII por James Adair, en el siglo XIX por Lord Kingsborough y, más recientemente, por Gaffarel y Horowitz. Los estudios modernos de etnología y lingüística han probado que esa teoría no resiste a una crítica científica.

El capítulo de historiadores de Indias es uno de los más importantes de la historia de España. Gracias a la producción literaria del siglo XVI se puede reconstruir perfectamente la época heroica del descubrimiento- conquista. Sin embargo, del siglo XVII se conserva muy poco, y aun esto es plagio de los escritos del XVI. Es natural esta escasez. La vida en América se iba normalizando. La historia movida de la primera época, aquietada poco a poco, atraía menos la atención de los historiadores.

Sólo un hombre perspicaz y paciente comprende que hablar de esa vida más normal y, si se quiere, más monótona, podía ser útil en el futuro, porque pertenece al período inmediato a las grandes conquistas.

Es una obra sin apenas precedentes en la producción americanista. No lo son las crónicas, en las que generalmente aparece el dato histórico y todo lo demás quedaba supeditado a la narración, ni lo son las biografías, porque todo giraba en torno al personaje central. Si en alguna crónica aparecieran aspectos del tipo que aborda Vázquez de Espinosa en sus obras, tan sólo sería parcialmente y en ninguna desarrollados con una visión de conjunto como ocurre en el caso de este autor. Si se pretende encontrar algo parecido en la producción anterior, sólo una obra pretende un fin similar: Geografía y descripción universal de las Indias, de Juan López Velasco, pero existen diferencias entre uno y otro.

El esquema es parecido pero quizás hay más orden en López de Velasco. Sin embargo, el aspecto etnológico, religioso, histórico y naturalista apenas es importante en López, mientras que en Vázquez de Espinosa ocupan un lugar destacado. Las estadísticas minuciosas y detalladas de en Vázquez, tan importantes para el conocimiento de la administración colonial, es algo particularísimo suyo, y que en vano puede buscarse en aquél. En cuanto a la misma narración, la de López de Velasco resulta superficial al lado de la de Vázquez de Espinosa, salpicada de observaciones agudas de todo orden, que aumentan el valor de la misma.

Compendio y descripción de las Indias Occidentales es un libro único entre la crónica y la historia, utilísimo para acercarse a la América del siglo XVII.

Obras de ~: Tratado verdadero del viaje y navegación de este año de 1622 que hizo la flota de Nueva España y Honduras. General de ella Fernando Sosa, caballero del hábito de Santiago y almirante de Liri, dedicado a Nuestra Señora del Carmen, Málaga, Imprenta de Juan Regne, 1623 [ed. e introd. de B. Velasco, en Revista de Indias (RI) (Madrid), 143-144 (1976), págs. 288-352]; Confessionario general, Luz y guía del cielo, con advertencias por donde se ha de confesar el christiano, y explicación de los pecados de omisión, ocultos y agenos, partes del pecado, sus causas morales y circunstancias, con los tratos y contratos de las Indias del Pirú y Nueva España, y explicación de Sacramentos, y excomuniones con un sumario de las indulgencias de Nuestra Señora del Carmen, Madrid, 1623; Relación de todas las audiencias, arzobispados y obispados que hay en las Indias[…], s. l., 1627; Memorial sobre asuntos de defensa en distintas partes de América, ed. de B. Velasco, en Missionalia Hispanica (Madrid), 44 (1958), págs. 213-217; Compendio y Descripción de las Indias Occidentales, s. f. [Compendium and Description of the West Indias by Antonio Vázquez de Espinosa, trad. del orig. por C. Upson Clark, Washington, The Lord Baltimore Press, 1942 (The Smithsoniam Miscellaneus Collection, vol. 102); Washington, Smithsonian Institution, 1948 (The Smithsoniam Miscellaneus Collection, vol. 108); ed. y est. prelim. por B. Velasco Bayón, Madrid, Atlas, 1969 (col. Biblioteca de Autores Españoles, vol. 231); ed. con introd. actualizada de B. Velasco Bayón, Madrid, Información y Revistas, 1992 (col. Crónicas de América, vol. 68)]; Resolución breve y clara para la justificación y aumento que debe tener la plata en utilidad de la monarquía española y desempeño de Vuestra Majestad, por fray Antonio Vázquez de Espinosa, religioso predicador de la Orden de Nuestra Señora del Carmen, s. f. [ed. de B. Velasco, en RI, 149- 150 (1977), págs. 715-722].

Bibl.: C. Bayle, “Órdenes religiosas no misioneras en Indias”, en Missionalia Hispanica (MH) (Madrid), 1 (1944), págs. 517- 518; M. Cuevas, Descripción de la Nueva España en el s. XVII por el Padre fray Antonio Vázquez de Espinosa y otros documentos del s. XVII, México, 1944; M. Muñoz San Pedro, “La relación de las Indias de fray Antonio Vázquez de Espinosa”, en RI, 9 (1948), págs. 837-889; A. Rodríguez Moñino, “Catálogo de memoriales presentados al Real Consejo de Indias”, en Boletín de la Real Academia de la Historia (Madrid), 131 (1952), págs. 81-179; J. Smet, “Some umpublished documenta concerning fray Antonio Vázquez de Espinosa”, en Carmelus (Roma), 1 (1954), págs. 151-158; S. Villalobos, “Dos cronistas: Alonso Borregó y fray Antonio Vázquez de Espinosa”, en Boletín de la Academia Chilena de la Historia (Santiago de Chile), 22 (1955), págs. 127-153; L. Colambres, “Vázquez de Espinosa y la ciudad de Córdoba”, en Historia (Buenos Aires), 1 (1956), págs. 144-148; G. Lohman Villena, “Algunos datos inéditos sobre fray Antonio Vázquez de Espinosa”, en Historia, 2 (1957), págs. 101-102; B. Velasco, “El P. Antonio Vázquez de Espinosa en América”, en MH, 15 (1958), págs. 169-217; A. Egaña, Historia de la iglesia en la América española. Hemisferio Sur, Madrid, La Editorial Católica, 1966 (col. Biblioteca de Autores Cristianos, vol. 256), pág. 354; B. Velasco, “Vázquez de Espinosa, Antonio”, en Q. Aldea Vaquero, J. Vives Gatell y T. Marín Martínez (dirs.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, vol. IV, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto Enrique Flórez, 1975, pág. 2.717; N. Sánchez Albornoz, “Tratos y contratos de Indias, Vázquez de Espinosa y su guía de pecadores”, en Revista de Historia de América (México), 86 (1978), págs. 61-86”.

Balbino Velasco Bayón, OCarm.

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