Entre los amigos y el amor de padre

Por: Luis Curay Correa, Msc.
Vicerrector UETS Cuenca (Ecuador)

Son muchas las ocasiones en las que felicitamos a alguien por el día del amor y la amistad, tantas, que a momentos caemos en la exigencia social de cumplir un compromiso lejano en intensidad y, lamentablemente, fortificado en el consumismo. Propicio el mes de febrero para recordar a las buenas amistades, aquellas que han dejado una huella imborrable y que perdurará en la memoria dejándonos siempre satisfechos cuando, salvándolas del pasado, las traemos al presente con nostálgico respeto. Y qué decir del amor de padre, aquel sentimiento que merece el mayor reconocimiento ya que se ha forjado con la lucha por los hijos, batallas y batallas ganadas o perdidas, pero eso sí, constantemente enfrentadas con la entereza debida y movidas únicamente por el amor. Dos aristas de esta celebración que deseo honrar con un recuerdo que aún me conmueve:

Contaba apenas con trece años de vida cuando mis padres decidieron cambiarse de lugar de domicilio. Era la casa de la abuela materna la que nos esperaba, por aquellos tiempos la hermosa ciudad de Cuenca casi terminaba hacia el Noreste en la Avenida de las Américas, la Circunvalación, como se la conocía; junto al parque de Miraflores florecía un conjunto habitacional que llevaba por nombre “Ciudadela Llacta-Huasi” (palabras del quechua que hacen referencia a casa, poblado, pueblo, albergue), y que se mantiene hasta la fecha. Aquí, María, la abuelita materna, construyó a base de préstamos bancarios una pequeña casa; es en este lugar donde Vicente, Esthela, mis padres, y Luis, Carmen y Juan Pablo (Ximena Patricia nacería luego), hijos, fuimos a vivir. En la intersección de las Calles Segundo Cueva Celi 2-28 y Pasacalle, desde ese momento se vivirían una serie de eventos llenos de contraste. Un grupo de diez jóvenes dinamizaba aquella ciudadela, se reunían para jugar en el parque, o simplemente para conversar, tan creativos como crueles (ya diremos el por qué) se hacían llamar los L2H10; paulatinamente el grupo creció y en sus filas se agruparon más de una veintena de muchachos. Llegamos con la ilusión a cuestas, el hecho de tener un cuarto nuevo, un poco más de comodidades (lo que más nos emocionó era disponer de un patio propio y exclusivo para la familia, además de un baño moderno, lujos que antes no teníamos) que garantizarían una vida más sosegada, sin mucho aprieto. Luego de acomodar todo el trasteo que se hizo un viernes por la noche, la exploración del nuevo reino era algo que no podía esperar, caminatas de reconocimiento se organizaron para poder ubicar con exactitud la despensa más cercana y el lugar donde vendían gas. Los mandados a comprar siempre los hacía yo, era lógico entender que el mayor de los hijos debía cumplir tal cometido, sin embargo, una noche de octubre, las cosas cambiarían en un revés casi insostenible. Desde el parque cercano caminaba junto a mi hermano menor para dirigirnos a casa, fue una tarde maravillosa llena de juegos y acrobacias, pasamos muy buenos momentos, hasta perdimos la noción del tiempo recuperándola cuando cayó inesperadamente la noche, avanzamos a toda prisa. Ganado un tranco considerable nos encontramos con el famoso grupo de muchachos apostados en la esquina de la tienda de Doña Anita, allí estaban reunidos disfrutando de la vida, llegamos corriendo y nuestro paso fue cerrado de improviso por uno de los chicos llamado Sandrino, quien en franco desafío, nos insultó sin temor alguno; intentamos defendernos de la agresión devolviendo el agravio, fue un gracioso error que motivó una mayor ofensiva; los compañeros del joven se reían por mi respuesta dejándolo en desventaja, así que se acercó de manera descarada y la violencia verbal se tradujo inmediatamente en un empujón, ¡cómo dices hijo de puta!, avisa si los dientes te estorban, porque de un golpe te los desgrano; e inusitadamente  observamos cómo se sumaron al ataque alguno que otro, mi hermano menor quedó paralizado y yo completamente mudo, sin acción valedera de respuesta. Ventajosamente no fue mayor el ataque y nos retiramos entre las burlas del grupo. De ahí en adelante el simple hecho de hacer compras en la tienda referida era todo un reto, temía acercarme, no sabía cómo reaccionar ya que el número de los reunidos era siempre muy alto, la impotencia me corroía el alma, la misma que se quebrantaba con facilidad por no poder defenderme; sí, lo admito, mi vida se volvió miserable hasta el punto de rogar a mis padres para que olviden los mandados, o llorar profusamente por las noches, maldiciendo la hora en que salí de mi antiguo barrio. Así pasaron tres años, siempre evitando conflictos, con el miedo riéndome en la cara. Mas, un día, cansado de tanto problema hube de enfrentar el inconveniente con los puños; uno de los bribones, apodado “el pajero” quien era el que más molestaba, y que curiosamente hoy es un muy buen amigo, fue embestido por la reprimida voz de justicia, los golpes iban y venían, ya no importó el número de integrantes del grupo, solo quería vengar tanta amargura, luego de la pelea, y ya en casa, mi madre curó las heridas, mientras el preocupado padre planificaba alguna intervención para detener de una vez por todas aquella situación. La oportunidad llegó de manos de un festejo, amigos de colegio llegaron a saludarme por el cumpleaños a casa, bailamos y la pasamos muy bien, el ruido de la música era evidente y congregó, sin más, al famoso grupo que se apostó en la esquina más cercana burlándose de la improvisada fiesta. Enloquecido de ira, reaccioné como todo un bravucón pues contaba con el apoyo de los míos, así que salí decidido a dar la cara, atrás salían los amigos que me brindarían ayuda, ahora la pelea sería pareja, y sabía a quien devolver tantos malos ratos. Con la parsimonia de quien se siente auspiciado generosamente, me acerqué hasta el cabecilla, la confrontación recién tomaba fuerza, los balcones de las casas vecinas se iban poblando por las curiosas retinas que esculcaban ansiosas el ambiente. No tuve tiempo de articular palabra alguna, la voz potente de Vicente, mi padre, me detuvo en seco; ¡entra a la casa!, y ustedes esperen muchachos, quiero decirles algo; fue lo único que escuché, sentí la mano del progenitor asir con fuerza mi muñeca a la vez que me conducía cariñosamente, pero de manera enérgica. La comitiva, en virtud de la inusitada clausura de la acción, no tuvo más remedio que disiparse y luego de lanzar algunas frases de solidaridad, se fue despidiendo de la fiesta.

Eran las siete de la noche, estaba recostado en mi cama, tumbado boca arriba sin mayores ánimos, sentía el ardor del coraje recorriendo mi pecho, en la sala escuchaba el ruido que hacían los muebles al volver a su sitio; de pronto, un golpe en la puerta; pasen muchachos, buenas noches, ¿cómo están?, ¿desean un trago para engañar el frío?, si desean hacemos música, esperen, ya regreso; era la voz del patriarca y las contestaciones respetuosas de voces juveniles que agradecían la invitación inesperada. Ven hijo, sal a saludar, esta pelea debe acabar hoy, son jóvenes y deben disfrutar su edad en otras cosas que no sean los puños. No, por favor, papá, ellos son los que inician siempre, pero ya no me voy a dejar más, tienen que aprender a respetarme. Te digo que salgas, no es una consulta, es una orden. Los pies se me enredaban, tropezaba más con la rabia que con algún obstáculo, abrí la puerta y allí estaban la gran mayoría, todos sentados; ven hijo, saluda a tus amigos, dales la mano; Esthela, mija, por favor sírvales un trago; y mi mano se iba cerrando con cada uno de esos jovenzuelos, algunos sonreían, otros, desconfiados, se miraban los rostros con mayores interrogantes que las mías. Nos tomamos la canela servida y sin más, Juan Pablo, “el pajero”, se acerca sin dubitar: oye pana, disculpa cualquier vaina, tu papá es buena gente, supongo que vos también, solo queríamos pasar el rato, no te tomes las cosas en serio, ya dejemos las chiquilladas, qué dices, ¿me perdonas? Quedé paralizado de la sorpresa, sí, era verdad, el enemigo pedía disculpas, le devolví el gesto y cruzamos las primeras bromas, quizás obligadas e hipócritas, decía para mis adentros. La velada terminó con unas cuantas canciones interpretadas por Vicente, tenía una hermosa voz y cantaba piezas de su propia autoría.

Al día siguiente despertaba con la seguridad de que al salir nuevamente a la calle me iba a encontrar con la misma situación de siempre, realmente nunca abrigué esperanzas de que aquel oportunista show tuviese ribetes de verdad. Alguien tocó la puerta. Mijo, te buscan, dijo mi madre con una hermosa sonrisa; sal, apura; ¿quiénes son?, no sé, tú mismo compruébalo. Salí a atender el llamado y uno de los mozalbetes me dice con total soltura: que fue pana, sal a jugar, vamos al voly, ponte deportivo y a darle. Desde aquella mañana quienes consideraba mis enemigos se transformaron en verdaderos amigos con los cuales jugaba, asistía a bailes, conversaba en las esquinas de la “Llacta” y vivía las mejores experiencias. Mi vida cambió como debía ser.

¿Qué más Diego, qué novedades me cuentas?, ¿y los demás?, pregunté a modo de saludo dirigiéndome a uno de los miembros de la pandilla, su nombre: Diego Vicuña. Nada loco, los demás no sé donde putas se metieron, acompáñame para ver si encontramos a alguien, hecho mi hermano, vamos. Dimos vueltas por los espacios ya conocidos, y nada. Optamos por llamarlos en las propias casas, gracias a este ejercicio logramos reclutar a otros dos: Pablo Sarmiento y Jhon Rivera. Compartimos un cigarrillo y contamos innumerables chistes. Pablo era el mayor, Diego y yo, la misma edad, y Jhon, el menor. La noche siguió con solo cuatro muchachos en medio de los escalones de la tienda de Don Lucho. Oye, Pablito, y si nos invitas a tu casa, decía Diego como lanzando el anzuelo. Ya pues, chucha, de una, pero eso sí, lleven una de trago y cigarrillos. La invitación se hizo efectiva y con el aprovisionamiento respectivo caminos hasta la casa del anfitrión, era la última, una grande, colindaba con el parque. Entramos, tranquilos, no hay nadie, estoy solo. Llegamos a un cuarto que funcionaba como planchador, nos acomodamos como pudimos y la fiesta empezó. Cada uno fue más payaso que otro, disfrutamos el momento, me sentía muy alegre, con energía, no reparé en el hecho de que no bebía con igual presteza y experiencia que mis amigos. Se destaparon dos botellas más, aún no terminamos la segunda y mi cabeza no podía contener un persistente mareo, sentía arcadas furibundas, parecía que el alma se me escapaba del cuerpo. Pablo, el dueño de casa, vomitó su desgracia, Diego y Jhon lo acomodaron lo mejor que pudieron y asearon al beodo; vamos pana, ya es hora, ese man acaba de fundirse, decía el menor de todos, sin saber que yo tampoco podía ponerme en pie. Mira Diego, puta madre, si este cabrón está más borracho que este otro; vamos mi hermano, son casi las dos de la madrugada, ya es hora de retirarse. Por más intentos que hice, no conseguía erguirme, mi cuerpo, totalmente vencido, tuvo que ser cargado en peso por los otros dos que sí resistieron el aguardiente. Al salir recibí el frío de la noche en seco, no caminaba, arrastraba los pies, sin más, logré devolver una muy buena cantidad de líquido que se confundió en la terrosa avenida, este proceso lo hube de repetir durante algunas veces, eso sí, acompañado por la mofa de los más experimentados. Pana, ponte tieso, se cagó, oye, allá viene Don Vicente, ahora sí tu papá te va a sacar la puta. Al escuchar ese nombre intenté enderezarme, sin éxito alguno, atiné a saludar con un tímido ¡buenas noches papi, perdone, es que se nos fue la hora, pero ya estamos caminando a la casa, ellos me estaban acompañando! Las caras trémulas de los cómplices intentaban en vano esconder el aguardiente que les brotaba por los poros. Mi padre vestía ropa de dormir y un gran poncho para cubrirse del frío. Gracias jóvenes, ayúdenme a llevarlo, por favor. El camino se hizo eterno, callado, con el peso enorme de la conciencia y la seguridad de que el castigo me iba a doler mucho, avancé como cordero llevado al matadero. Hasta aquí jóvenes, yo me encargo, vayan a sus casas, no hagan preocupar a sus mamás, directo, ya han tomado bastante. Pasa hijo, siéntate. La humilde sala tenía unos sillones incómodos, en el más grande, sentados juntos, inició lo que se adivinaba como la más dura reprimenda. Aguanté todo lo que pude, no pude prestar atención al inicio del diálogo con mi padre, se me vació lo poco que tuve de dignidad, allí en medio del piso, reposó no solo el vómito enorme, sino la más amarga de mis vergüenzas; debo soportar el primer golpe, mi papá siempre fue rudo conmigo, ¡sí que será duro! Esperé el primer porrazo con el estoicismo de quien se infringe dolor con total conciencia de lo que hace, cerré los ojos, no sabía si iba a ser un puño, el cinturón, o esa pata de venado que guardaba y con la que le castigó muchas veces mi abuelo. Mijo, tranquilo, no te voy a pegar, le pedí a Dios que cuando llegue este momento esté sobrio, y he sido escuchado, ven, acércate, no tengas miedo, hoy voy a estar a tu lado, acompañaré tu sueño y le pediré al cielo que no te pase nada. En la puerta del dormitorio observé a mi madre bañada en llanto, quería acercarse, pero mi padre le pedía que lo deje, que él se iba a hacer cargo. Mamita, perdón, no sé que me pasó, usted sabe que no soy así, es que ahora tengo amigos y perdimos la razón, perdón mamita. Se acercó temerosa, me dio un beso en la frente y le dijo a mi padre que no vaya a ser muy duro, que era mi primera vez. Luego, su figura se perdió entre las sombras. Mira hijo, continuó Vicente, quiero pedir que me perdones, quizás no he sido un buen ejemplo para ti, he cometido muchas equivocaciones, no tuve quien me oriente, me he forjado en soledad, mi vida ha sido dura, pero he recibo un inmerecido premio con tu llegada a mi vida, deseé con toda la fuerza del mundo que mi primer hijo sea varón, aún recuerdo cuando Amada, mi hermana, me esperó a la salida del hospital para darme la noticia, fui a traerle comida a tu mamita y en ese lapso tú habías nacido; Vicente, ya nació, es mujer, me dijo; y la alegría se difuminó; ¡mentira, es varón!, y como un loco me di la vuelta abrazado a un poste que estaba por allí, gritaba sin miedo, soy padre de un varón, de un varón, gracias Señor, es un varón; de ahí en adelante me has dado las más grandes alegrías, eres estudioso, nos ayudas a trabajar y cuidas de tus hermanos, ¡qué más puedo pedir!, lo único que te exijo es que no hagas de esto algo que se repita con insistencia, no te llevará a ningún lado, por el contrario, acabará contigo como casi lo hace conmigo; ten, esta es mi mano, la misma con la que esta noche te estoy ayudando, jamás te desampararé hijo, nunca; mis ojos se llenaron de llanto y no supe más que besar al progenitor de mis días; gracias papito, te lo prometo, nunca más. Los abrazos y las lágrimas de dos hombres fueron el sello de un amor infinito que perdura hasta ahora. Me dirigió a la cama, me lavó las manos con agua de jabón, atendió mis arcadas involuntarias; cansado me derrumbé en un sueño confuso, doloroso, pero cada vez que abría los ojos, veía al mismo hombre cuidándome, velando mi sueño.

Han pasado algunos años desde ese magnífico evento, los amigos se mantuvieron, el amor por mi padre creció sin medida. ¡Haré lo mismo cuando tenga un hijo!, me repetía continuamente. Agradezco a la vida todo lo que me ha dado, sin embargo, los deseos que tenía por asistir a mi primogénito cuando llegue el momento, repitiendo las amorosas acciones de Vicente, jamás se dieron, las circunstancias en las que nos envuelve nuestro tránsito por este mundo no siempre son favorables. Aquí estoy, contando una historia y pensando cómo ser un buen padre en medio de tantas adversidades… mi deuda es grande y espero pagarla algún día, algún día.

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