Del placer y otras melancolías (La ataraxía)

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

Si bien es bueno para la salud del espíritu estar atentos a no desaprovechar cualquier momento de felicidad que la vida nos depare (sobre todo porque es muy probable que no nos lo vuelva a ofrecer), también es preciso que esa predisposición no nos agobie. Si no lo conseguimos hoy, mañana podemos volver a intentarlo. Pero sin prisas, sin estrés, sin desearlo más allá de lo necesario y tratando de controlar nuestra angustia cuando la malaventura o el displacer se ceben en nosotros.

Los antiguos decían que por cada bien los dioses reparten a los humanos dos males y hay que estar preparados para esa eventualidad ingrata. No se trata de trillarnos los dedos del alma en una puerta para familiarizarnos con el dolor, sino de tener el ánimo dispuesto a la contrariedad y ser consecuentes cuando no tengamos más remedio que afrontarla. Los lestrigones y los cíclopes existen, y también el colérico Poseidón. Y no solo porque los levante ante nosotros nuestro propio espíritu, como apuntó un poeta que es este caso pecó de excesivo optimismo, sino porque son habitantes de nuestra realidad y acechan a la vuelta de cualquier esquina de la vida. Hoy los llamamos con nombres más prosaicos por lo cotidianos: Soledad, dolor, enfermedad, vejez… muerte.

Epicuro de Samos nos enseñó que el bien es la ausencia de mal y que el máximo bien al que podemos aspirar se consigue a través de la ataraxÍa, la ruta de acceso a la felicidad que se alcanza mediante el equilibrio de las emociones y la fortaleza del espíritu. Si nos la planteamos como una ascesis, un camino de renunciamientos y sacrificios, al final del cual nos espera el anhelado premio, la vida se nos hará tan difícil y agobiante como buscar un aparcamiento libre en hora punta. Ese camino hay que andarlo morosamente, como una excursión sin más finalidad que ella misma, deteniéndonos a contemplar un paisaje, a beber agua de una fuente o a saborear la fruta que pende de un árbol al borde del camino, y no dudando en desviarnos del mismo, si encontramos un sendero más atractivo o nos sale al paso un lugar desconocido que explorar. Si así entretenidos, conversando y cantando, llegamos a alguna parte, mejor, pero si no, el propio camino nos habrá dado las satisfacciones que buscábamos.

Llevado por su afición a las emociones fuertes, Ulises, ese arquetipo de la vida humana, ordenó a sus marineros que lo ataran al mástil de su navío para oír el canto de las sirenas sin peligro de sucumbir a sus consecuencias letales. Esos seres mitológicos, a medias mujeres y gaviotas, tenían muy buena voz, pero muy mala leche, y al igual que hoy hacen algunos políticos, muchos banqueros y otros tiburones de mares revueltos, seducían a los navegantes con sus melodías y los llevaban a chocar contra arrecifes donde perdían el barco y la vida. No estuvo mal la estratagema y, gracias  a ella, el viejo bribón tuvo el placer de escuchar sin pagar entrada a Aglaófeme, la de la voz más bella, a la blanca Leucosia, a Teixepia la que serena los corazones y al resto de sus aladas hermanas, rivales de las Musas.

No parece factible a estas alturas emular al héroe, pues los barcos en los que hemos navegado alguna vez han naufragado o están tan desarbolados que ya ni tienen mástiles donde poder atarnos. No habrá más remedio, pues, si la ocasión llegara, que afrontar a cuerpo gentil las deletéreas canciones y, si hay que sucumbir, ¿qué mejor forma de hacerlo que oyendo una buena música?

Mientras tanto, he aquí una norma sencilla y casi tópica para una vida equilibrada: que nuestras ambiciones no desborden nunca –o al menos no con demasiada frecuencia—nuestras posibilidades de colmarlas. Ya que la vida es breve, dice Horacio, no hagamos demasiado larga la esperanza. Teniendo esto en cuenta por lo que a mí respecta, si la suerte de Venus (*) me fuera propicia, no encontraría mejor dedicación que ser de vez en cuando el que los antiguos llamaban “rey del banquete”, el simposiarca del que nos habla Jenofonte, encargado de regular la ingesta alcohólica de los comensales en un encuentro de buenos amigos y amigas. A estas alturas de la vida, ¿qué más se puede desear?

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(*) En la antigua Roma era elegido “rey del banquete” quien vencía en una tirada o suerte de dados llamada “de Venus”. Se jugaba con cuatro piezas y ganaba quien sacaba los números 1, 2, 4 y 6.

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