De bricolajes y aquelarres en las campañas políticas

Por: Jacqueline Murillo Garnica, PhD
Colombia

Los escándalos en el panorama político de Colombia están a la orden del día. Los clanes de la costa, los del norte, los del sur, los de la región centro, que por medio de toda suerte de estrategias y marrullas han logrado posicionarse en los cargos de mayor poder de este resquebrajado país. Los candidatos se pelean como aves de rapiña en llegar al poder. Los chismes de alcoba, los insultos, las ofensas, las palabras de grueso calibre, las artimañas, la mala leche rebosan en la contienda política.

El escándalo que ha protagonizado uno de los más controvertidos postulantes a ocupar el podio de Bolívar, han develado toda una larga lista de la estirpe Shar. Solo por mencionar una de esas tantas familias “de bien”. Produce vergüenza para los colombianos de bien, reconocer en estos personajes siniestros, todo el control que han ejercido, y que, sin duda, seguirán gestionando su maquinaria política.

Atrás quedaron los tiempos en que el debate político se enardecía, pero no a punta de bazofia. Se discutía desde la argumentación con solidez y claridad frente a las propuestas y presentación de los programas de gobierno. Pero desde hace ya un par de decenios, la contienda política cambió de estilo. Y como en nuestros países somos fieles emuladores de las viejas mañas del imperio, no resulta descabellado aquí recordar las infidelidades del expresidente Clinton (como si las infidelidades fueran un acontecimiento y ajenas al macho cabrío), y que salieron a relucir, para desacreditar de alguna manera a la candidata Hillary, en los EE. UU. Pero el morbo gana la partida, y el populacho tiene que entretenerse en algo, y qué mejor que con lo picaresco. Total, será lo que más genere la atención y cubra con su manto de estío, los grandes problemas que aquejan a Colombia. ¿Quién se ha ocupado de formular soluciones viables que brinden alternativas a corto o mediano plazo?, ¿Se quedarán las urgencias sociales para la repartija de los poderosos?

La familia Shar, es sólo una de las perlas que adornan el bricolaje y aquelarre del que tenemos que padecer los colombianos. La política en este país ha quedado en la orfandad y en la sombra del silencio de los inocentes.

Pero no todo está perdido, y menos mal que la prosa ayuda a ser catalizadora de las viejas historias que se filtran desde la sensibilidad del que no puede ser ajeno a la jauría en que se convirtió la política en este país de desconciertos.

Los hermanos Beltrán: entre chusmeros y chulavitas

Demoró sólo dos semanas Juvenal Beltrán en adaptarse a sus botas de material. No fue fácil para él acomodarse a su nueva forma de vestir, aunque coincidía con los otros compañeros, en que las botas le otorgaban cierto aire de autoridad. Cada pisada en el barro era una huella que dejaba a su paso por las veredas. El ruido de los fusiles al hombro con cada andada marcaba un compás que hacía juego con el sonido que producían las pisadas de las botas en la tierra, mientras el sudor silencioso y sofocante corría como reptil sigiloso por debajo del uniforme verde oliva. De vez en cuando una bandada de pájaros salía despavorida al ser interrumpida en la tranquilidad del camino, mientras los uniformados iban a paso firme penetrando en la zona boscosa.

Juvenal conocía todos los recovecos del camino y era avezado en las faenas del campo, pues su origen campesino, como el de sus condiscípulos, le daba cierta ventaja a la hora de hacer las correrías para atrapar y dar de baja a los chusmeros. Pero el espíritu castrense que fue forjándose en su psiquis le ganó por partida doble: fue ascendiendo en corto tiempo hasta comandar la unidad de mando de la región, y empezó a pavonearse ante su familia con ínfulas de superioridad.

De vez en cuando Juvenal sentía cierta satisfacción en pisar los caracoles que se atravesaban a su paso, les disparaba a los zorros sólo por ver los relámpagos de la escopeta sobre las hojas de los árboles y el púrpura que emanaba de la piel del pequeño zorro. Pero lo que más le gustaba era escuchar el ruido que producían sus botas contra el cemento cuando estaba en la comisaría, se sentía como un sargento. Lo de la escopeta era sólo un juego para distraerse en las largas caminatas por el bosque.

Habían pasado más de dos años desde que don Sebastián le aconsejó que se enrolara en la milicia para servir a la patria, por sus dotes de liderazgo, y porque en esa época recrudecía la violencia en el campo. Juvenal contaba con 23 años y era el mayor de los nueve hijos de don Sebastián, cuatro mujeres y cinco hombres. Al comienzo, don Sebastián le comentaba a su esposa lo orgulloso que estaba de su hijo mayor, ya portando un uniforme y dedicado a salvaguardar a los moradores de la comarca. Atrás habían quedado los años de trabajar duro en el campo, dedicados al cultivo del café y al proceso de la elaboración del tabaco. Doña Eulalia apenas lo escuchaba, apretaba los dientes para no proferir ninguna palabra. Ella nunca estuvo de acuerdo en que su hijo mayor se uniera a los chulavitas, es decir, a la policía.

Sólo dos veces tuvo la oportunidad don Sebastián de volver a ver a Juvenal. En la primera ocasión lo vio cambiado, intuía que ya no era el mismo de antes, ni siquiera quiso sentarse en la barbacoa, porque pasó de afán con la cuadrilla que comandaba, aunque él mismo pensaba que así debía ser para ganarse el respeto de todos, incluso, el de la familia, pues era un honor contar con un hijo en las filas al servicio de la patria. La segunda vez que don Sebastián vio a su hijo mayor no pudo saludarlo, apenas lo divisó de lejos el día que tuvo que bajar al pueblo a vender unos costales de café en compañía de Aníbal. Fue su hermano menor quien pudo verlo de cerca y sólo atinó a fijarse en sus botas negras de material anudadas hasta el jarrete y se percató de su intenso brillo. Aníbal recordó inmediatamente la ocasión en que sólo pudieron compartir unos zapatos de material, cuando les prestaron unos para recibir la primera comunión, y se dio cuenta de que calzaban lo mismo, a pesar de la diferencia de edad. Pero esta vez no cruzaron palabra alguna: sólo Aníbal levantó la cabeza y Juvenal hizo otro tanto como en señal de réplica o contestación.

El hermano menor en orden de nacimiento, Aníbal, era abstraído, poco hablaba, pero observaba todo el tiempo lo que sucedía, y se daba cuenta de las penurias económicas de la familia: en los últimos tiempos, el tabaco no estaba generando ingresos y el café se vendía muy barato, así que las afugias iban acrecentándose en la familia de don Sebastián.

Cuando ya todos dormían, Aníbal solía salir a fumar tabaco: sentado en la barbacoa, escuchaba a los mirlos y a los sinsontes en medio de la oscuridad. Solía contar las luciérnagas que alumbraban en medio del horizonte oscuro de la noche. Jugaba a las restas cuando las luciérnagas desaparecían. Acostumbraba mecer sus piernas al vaivén del canto de los pájaros. Por momentos se distraía mirando sus alpargatas, ya deshilachadas y grisáceas de la mugre, que lo protegían de las garrapatas. Decía Aníbal que prefería ir descalzo, porque así ganaba en agilidad para trepar a los árboles y recoger algunos frutos, sobre todo aquellas noches en que la comida que Eulalia servía se limitaba al café que preparaba en el fogón de leña.

Aníbal aprendió a leer desde que era un adolescente, empezó tratando de deletrear las letras de los periódicos que envolvían la panela cuando la compraban los domingos en la plaza del pueblo. De vez en cuando escribía los nombres de todos los miembros de la familia, con una delgada, pero resistente rama que hacía las veces de un lápiz. Utilizaba una de las paredes externas del rancho, aquella pared que servía de soporte también de la barbacoa y junto a la que se sentaba por las noches.

La contextura delgada de Aníbal le había traído ciertas ventajas, pues era ágil y hábil en las labores de labranza. Tenía la piel de color trigueño, como el de las tardes del ocaso y como el de la piel su padre; su cabello era lacio y grueso como la crin de los caballos. Dormía poco, aunque no le costaba vencer la pereza para levantarse temprano y emprender las primeras tareas de la jornada, que solían consistir en la siembra de yuca o piña y en la recogida de café. Después llegaría la selección de los granos y su exposición al sol, para luego guardarlos en sacos. Sus días pasaban en la rutina del campo y sin mayor expectativa. Una noche pasaron unos chusmeros buscando comida, y él les ofreció unas piñas que arrancó de la tierra. Los hombres parecían cansados, pero tenían que aprovechar la noche para atravesar la falda de la montaña. Aníbal, mientras tanto, observaba las botas pantaneras que llevaban y los machetes que algunos portaban ajustados en el cinto. De pronto uno de los chusmeros le dijo: ─La tierra es del que la trabaja, así como proclamó Emiliano Zapata. Veo que usted puede cambiar su vida y defender con nosotros a los demás campesinos para proteger sus cultivos y cambiar la forma de vida. La unión hace la fuerza.

Ya llevaban los muchachos caminando varios días por la falda de la montaña, y Aníbal a duras penas podía manejar unas botas de caucho que le entregaron para que pudiera pasar los barrizales del monte sin quedarse atascado. A veces, cuando arreciaba la lluvia, los muchachos se guarecían en campamentos improvisados. Aníbal recordaba cuando su abuelo, Eufrasio, le decía que allá en las nubes iban a parar las personas que se morían, que a veces aparecían con ciertas formas porque se disfrazaban de nubes para custodiar a Dios, que estaba arriba. Aníbal intentaba fijar su atención o buscar algo en el horizonte brumoso y gris oscuro, pero era imposible divisar nada en la espesura del bosque. Así que, en las noches de fuertes aguaceros, solía entretenerse escuchando el sonido del agua que caía reciamente sobre los árboles. Aprovechaba para quitarse las botas y sentía que se desprendía de un gran peso: de esta forma reposaba cómodamente.

Ya en la madrugada a Aníbal lo despertaron unos disparos y logró esconderse entre los matorrales. Él era el único que no llevaba su machete en el cinto y no alcanzó a colocarse sus botas por la premura del momento. No supo cuánto tiempo estuvo escondido y al cabo de algunas horas, cuando no escuchaba nada más que el sonido del viento salió de su escondite.

En la atmósfera espesa de la alborada, un extraño olor emanaba de la tierra, y unos exiguos riachuelos de color café oscuro simulaban un tejido de hilos que corrían lentamente sobre el suelo todavía mojado. Aníbal siguió el rastro de uno de los caminillos cafés y tropezó torpemente con unas botas negras de cuero. Su mirada se detuvo en las botas y no dejó de observarlas desde la punta redonda hasta el talón, luego subió su mirada por los herrajes en los que se entrelazaban los cordones hasta llegar al jarrete e identificar un nudo que cerraba la trenza que formaban los cordones en el extremo de la bota.

Aníbal estaba extasiado, era la primera vez que ojeaba unas botas de material tan de cerca y ya la lluvia había amainado y una brisa suave recorría su cuerpo cenceño. Aníbal percibía el sonido de su respiración, se acurrucó y desató lentamente el primer nudo, luego hizo lo mismo con la otra bota. Aníbal se acomodó, recogió una de sus piernas y metió primero el pie derecho en la bota y empezó a seguir la trenza para anudarla en su pierna, luego siguió con el pie izquierdo, se levantó, arqueó sus dos piernas y sintió que pisaba firme por la ladera de la montaña. Sin poder evitarlo le vino a la mente con claridad meridiana el día de su primera comunión.

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