A espaldas de gigantes…

Por: Pedro C. Martínez Suárez, PhD
Vicerrector de Investigación, Innovación, Vinculación con la sociedad y Posgrados.
Universidad Católica de Cuenca (Ecuador)

Muchas veces me pregunto ¿Por qué siendo un estudiante prometedor de Filosofía, amante de las letras, decidí estudiar Psicología? En una Facultad, la de la Universidad de Oviedo (España) donde impartía clases Gustavo Bueno, Alberto Hidalgo, David Alvargonzález, López-Cerezo (aún recuerdo aquel trabajo de Cosmología) o Vidal Peña (el Spinoza español) y el tan nostálgicamente recordado José Manuel Fernández Cepedal (aún recuerdo aquel trabajo de Santo Tomás de Aquino). Todos ellos filósofos de prestigio internacional, muchos tal vez a la sombra de Bueno y su Fundación que todo lo eclipsa y todo lo llena en Filosofía. Aún recurro más a las páginas de la fundación Bueno que al mismo Copleston.

¿Qué me llevó a estudiar Psicología? Probablemente algo de sentido común, que no es la razón habitual esgrimida por la mayoría de los estudiantes de Psicología, esto es, la aplicabilidad de ésta como ciencia. Rápidamente me enamoré de la disciplina de la mano de Fernando Cuetos Vega, un psicólogo del lenguaje con un índice h de 57, seguramente poco conocido por estos lares. No fue Marino Pérez también profesor mío y muy reconocido en Latinoamérica. Especial cariño para Isaac Amigo, que como él decía, nos acercó “al rollo de Rogers”. A Marino me aficionaría muchos años después de terminar incluso mi tesis doctoral. De hecho, lo sufrí en el tribunal de mi tesis. Pero no estamos aquí para hablar de mí, aunque tuviera profesores que hacen de mi formación de base una de las mejores posibles en Psicología. Ahí están otros docentes como mi director de tesis Serafín Lemos Giráldez, ya retirado, Paco Valle, Matías López, Yolanda Gómez Fontanil, José Muñiz, autor más citado en español en Psicometría y actual rector de la Universidad Antonio de Nebrija. Es Francisco Javier Rodríguez Díaz, alias “el gallego”, con el que sigo manteniendo contacto fluido, y por el que mayor agradecimiento siento en este momento de mi vida, con él inicié la investigación científica y es de la mano de quien muy probablemente cerraré mi etapa. Gracias Javier.

Cuando entré en la Facultad por primera vez dábamos clases en un semisótano, allá por el campus de Valdés Salas (junto a las instalaciones del CAU) recuerdo aquellos días de lluvia y como diría Borges, la lluvia es una cosa que sucede en el pasado. Sucedió, allí estaba Gustavo Bueno en su púlpito, majestuoso, ya con arrugas, con sus lentes y su altiva estampa hablando del cierre categorial y pensé ¿Por qué? Y me contesté a mí mismo ¿Por qué no?

Todos estos recuerdos de las aulas en las diferentes facultades de Oviedo (hasta que nos construyeron una propia lo que hubo que batallar) jalonan un camino duro, a veces errático de 35 años dedicado a una disciplina si contamos los años de estudiante. De todos ellos aprendí y me he traído una herencia única e irrenunciable. Por supuesto, nunca hubiera imaginado que me dedicaría once años a puestos de gestión y cargos de responsabilidad, algunos de ellos en áreas no afines a la mía, teniendo que debatir con sociólogos, lingüistas, periodistas, antropólogos, biólogos, ecólogos y un sinfín de profesiones y áreas de conocimiento dispares.

Si hacemos un ejercicio de fagocitosis y nos retrotraemos ya no a los años 80 en los que me tocó estudiar la carrera universitaria, sino 150 años atrás los problemas eran los mismos, claro que las “ciencias adelantan que es una barbaridad” que dice la vieja Zarzuela, pero los docentes nos seguimos quejando de lo mismo: que los estudiantes no leen, que se ha perdido el respeto, que es un problema de educación, de ciudadanía, que vivimos en una época especialmente violenta, que si las redes sociales (otrora la radio, el cine o la televisión), que si los “chicos” solo piensan en divertirse. Ni aquel libro de Pedagogía, “Aprender a ser” de Edgar Faure, que nos obligó a leer Teófilo Neira, ni con semejante diatriba pedagógica he podido comprender qué nos pasa en los ojos cuando tenemos frente a frente a todas esas mentes inquietas y no les sacamos provecho y también qué hacemos cuando lo conseguimos, sobre todo, esto último es lo más importante. En los ojos de mis docentes nunca decayó la pasión y solo cuando logramos eso en nuestros estudiantes es cuando realmente cabalgamos a espaldas de gigantes. Pero ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo hacemos?

3 comentarios en «A espaldas de gigantes…»

  1. Super interesante tu reflexión y sabes, me pregunto lo mismo ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo hacemos?. Gracias por permitirme aprender de tí.

    Espero muy pronto citarte como una de las pocas personas que han sabido generar el aprendizaje y la práctica de una Psicología Científica.

  2. “Las ciencias adelantan que es una barbaridad pero los docentes nos seguimos quejando de lo mismo”, una verdad que describe que los docentes no están evolucionando, no se están adaptando a las nuevas condiciones y necesidades de los estudiantes en esta nueva era de la información y el conocimiento, donde hay tanta información que si les sigues inyectando conocimiento de la misma forma, el cual se desvanece en los recovecos de sus ideas, embotelladas por la acumulación de información no contrastada. La solución a simple vista, es la generación de clases interactivas que utilicen vivencialidad en el saber, para que el aprender persista en la mente de las ideas desplazando aquellas sin un origen lúdico.

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