Disputa morfológica

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

El senil y reputado literato había, por fin, acabado su tan laborioso libro: un compendio de relatos y cuentos cortos. Nadie más que él sabía que aquel era su trabajo final dentro del mundo de las letras, aunque, por cosas ajenas a su voluntad, su libro ¨De significantes y significados¨ también se convertiría en el acto último de su vida.

La noche anterior al lanzamiento del libro dormían varias copias, una sobre la otra, en el centro cultural en el que, al día siguiente, se llevaría a cabo la presentación ¨De significantes y significados¨. En citada sala todo estaba listo para el evento: sillas acomodadas, piso reluciente, cortinas lavadas, mesas recién pulidas y el atril orgulloso, ponderoso, apenas barnizado listo para recibir al autor a la mañana siguiente. Sobre su bandeja reposaba la primera copia, la primogénita impresión de la obra cúspide del veterano escritor. Allí estaban, en el prefacio, rejuntados con una extraordinaria claridad narrativa, propia cualidad del escritor, los párrafos. Transcurría la noche, cuando de pronto estos, de un sacudón, se avivaron -sí, es cierto que los libros tienen vida-. Despertaron malhumorados, quejándose del ligero peso de la portada, la cual, según ellos, no les cubría del frío de la gélida noche. Tanto fue su alboroto y bulla que todos los demás párrafos del libro y con ellos las oraciones, las palabras e incluso los signos de puntuación abrieron los ojos.

Cada palabra cobró autonomía, refunfuñaban con escozor la atrevida gritería que se había producido por culpa de los párrafos del prefacio. En eso, llevado del vocerío, un ¨PERO¨, que estaba en la mitad del libro, notó que la coma que, se suponía debía estar antecediéndolo había desaparecido. Desesperado e inquieto empezó a buscarla entre las demás palabras, debido a que las comas tenían fama de ser escurridizas y de mal dormir; su búsqueda fue exhaustiva pese a la incomodidad que producían las alevosas discusiones que no cesaban. En un determinado momento, ¨PERO¨ llegó a la conclusión que, sin lugar a dudas, su coma fue robada por una ¨Y¨. Esas eran conocidas por ser volátiles, es decir, a veces requerían comas, a veces no; además, a ¨PERO¨ nunca le agradó esa conjunción, la creía amorfa y la acusaba de que todos la adoraban sin sentido; aunque, en el fondo, ¨PERO¨ se sentía celoso de la utilidad de ¨Y¨. Ciego por el enojo, ¨PERO¨ irrespetó la ley principal de las palabras que forman parte de un libro: ¨no moverse nunca de donde hayan sido colocadas, sea cual sea su posición¨. Su intención era acudir donde la primera ¨Y¨ que encontrase y arrebatarle su coma. Ante tal osadía, todas las palabras quedaron estupefactas, sorprendidas por la rebeldía, por el coraje de su compañero, no se hicieron esperar tanto sus detractores como sus compinches.

Tras ¨PERO¨ desfilaron, con aires de revolución, las palabras variables, ellas siempre confundidas y tachadas de ¨creídas¨ por ser las únicas que daban sentido a la oración. La respuesta de algunas de las conjunciones, de las preposiciones y de los adverbios no tardó, este grupo poseía una personalidad invariable, se mostraban fielmente obedientes ante las reglas que la madre gramática había impuesto hace ya varias centenas. Los que se rehusaban a tomar una posición eran los verbos: los gerundios se pensaban invariables; los conjugados, por gracia del género y número, se consideraban muy variables. Como los verbos siempre actuaban en conjunto decidieron no polarizarse y hacer el papel de simples espectadores de la trifulca que empezaba a formarse. Para sorpresa de nadie, la noticia de este tipo de guerra civil se había extendido por todo el libro. Entonces fue común hallarse grupos de sustantivos que abandonaban sus sitios para arremeter violentamente contra palabras como ¨baloncesto¨ o ¨telaraña¨, pues decían que ellos jamás deberían permanecer tan juntos, que eso no era bien visto, que ponía en tela de duda su hombría. Por otro lado, a los adjetivos no les fue tan bien, se cuenta que perdieron una importante batalla contra los adverbios a quienes se les habían unido y brindado protección los ¨dos puntos¨, el ¨punto y coma¨ y el ¨punto seguido¨. La euforia por la reyerta fue de tal magnitud que se llegaron a caldear los ánimos de las palabras compuestas. Ellas recordaron las múltiples ofensas que recibían de las palabras simples, pues estas las llamaban ¨impuras¨, ¨mezcladas¨, ¨cholas¨. Tales insultos, más la algarabía del momento derivó en que los lexemas de las palabras simples sufrieran fuertes vejaciones por parte de los morfemas de las compuestas, se cobraron todas las burlas. En estas líneas, quienes se llevaron la peor parte fueron los extranjerismos. Todas, absolutamente todas las palabras les propinaron una tunda que los resquebrajó haciéndoles olvidar de sus raíces anglosajonas, incluso los mismísimos verbos, tan neutrales ellos, les soltaban patadas de vez en cuando.

Así transcurrió, como quien dice el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al pato, toda la noche y madrugada ¿El resultado? Un libro con la portada maltrecha, la contraportada casi disuelta, la tinta desbordaba por el canto, el lomo muy endeble y arrugado. Los párrafos, las oraciones, las palabras, los monemas ya no tenían ningún sentido, intentar leerlo era inútil, todo estaba revuelto.

En la mañana, mientras el viejo sabio pronunciaba unas palabras de bienvenida al lanzamiento de su libro, agarrolo y notolo extraño; sin embargo, no prestó mayor atención y continuó con su discurso. No fue hasta cuando lo abrió, para dar lectura al prefacio, que constató la desgracia en que se había convertido su obra maestra. Su débil corazón no aguantó esa sorpresa. El escritor echó un último vistazo al desordenado libro, levantó sus ojos al público, luego se desplomó. No volvió a incorporarse. Los asistentes, sin comprender que había pasado, dedujeron que la avanzada edad del intelectual había ocasionado su ocaso. Después de las pompas fúnebres, la familia del viejo donó la pila de copias que seguían arrinconadas en aquel centro cultural que estaban en perfecto estado. En tanto a la primera impresión, la colocaron en la última hilera de la espesa biblioteca del difunto, nadie la abriría jamás.

Se sabe que, todavía a día de hoy, ¨PERO¨ busca desenfrenadamente a su coma, corre por los párrafos haciendo muecas a las ¨Y¨. 

Pero busca a su coma y esta -coma- oculta está.

Disculpe el abuso de ¨Y¨. Al parecer la envidia de ¨PERO¨ es totalmente justificada.

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