De cuando los “humanos” tuvimos que usar bozal

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

Lucían las veredas repletas por individuos que intentaban asemejarse a lo que alguna vez se conoció como ¨Humano¨. Estas criaturas usaban las mismas formas: bípedos, de extremidades superiores onduladas, caja torácica ancha para los machos y ceñidas caderas para las hembras de esta nueva especie; sin embargo, de a poco, su erguida figura perdía altitud con cada paso. Además, usaban todos bozales que suelen colocarse a los perros furibundos que no aguantan la mínima insinuación en su contra, ni el despiadado olor a sangre.

Resulta que hace un par de años, producto de centurias y centurias de constante flagelo, el Cosmos, la Tierra, los Dioses decidieron vengarse de lo que hasta aquel momento podía aún considerarse ¨Humano¨. De este modo, expidieron un aviso al que el Hombre lo catalogó de virus contagioso a través de las fosas nasales y mucosas bucales, sin tener otro remedio que colocarse un trapo en la cara a fin de precautelar su salud. Los Dioses, la Tierra, el Cosmos rieron satisfechos, pues habían engañado por completo a los seres autodenominados más inteligentes de entre toda manifestación de vida. En un principio, su plan salió a la perfección, pues la intención era colocar a la humanidad entera un bozal para que dejen de morderse entre sí. Según el cosmos, la Tierra, los Dioses este paño frenaría el genocidio, la corrupción, las violaciones, las guerras, el hambre, la malvada cleptocracia, perdón, democracia. Pero qué va, la cura fue peor que la enfermedad. A pesar de llevar bozal, los ¨humanos¨ mostraron sus colmillos más afinados y ocasionaron una serie de actos nunca antes vistos. Llegaron a inventarse una vacuna, todo con el propósito de quitarse lo más pronto posible los bozales y volver a ser incluso más feroces que antes.

Suficientes evidencias juntaron los Dioses, la Tierra, el Cosmos para, en un finiquito acto, quitarle al Humano la esencia de Humano. Nosotros que hoy transcurrimos por las aceras, enmascarados todavía, no somos más que perros rabiosos, bestias humanoides que, tal como los cerdos de Orwell, esperamos, ciegos de poder, nuestra irreversible metamorfosis.  

Desde un solitario balcón grita la abuela: ¨Se los dije¨.

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