Cousas

Por: Juan Almagro Lominchar, PhD
Universidad de Almería (España)

Entre 1926 y 1929, Alfonso Daniel Rodríguez Martínez Castelao, escribió cuarenta y cinco relatos breves en los que plasmó el sentimiento sociopolítico de aquella Galicia afligida por la pobreza, que obligaba a sus habitantes a emigrar en busca de un presente menos angustioso. Esas Cousas que Castelao unificó bajo el mismo eje central, mostraban cómo el sistema capitalista, en cualesquiera de sus versiones, lanzaba a la intemperie social a miles de seres humanos, cuya salida más recurrente era buscar el sustento en otros territorios, lejos de la tierra que los vio crecer. No había fronteras cuando el hambre apretaba y otros lugares olían la mano de obra barata: ese hedor a precariedad que desprenden algunas personas, cuyo sino es tan alargado como la sombra de un ciprés.

Casi cien años después de aquellas Cousas, el futuro en el que se ha transformado ese presente con forma de El Dorado, sigue atormentando a muchas personas, aunque ahora seamos capaces de teorizar y entender que el hambre no es accidente, sino un crimen contra quienes la sufren. Podríamos decir, en ese sentido, que poco habrían cambiado las circunstancias de las y los personajes que inventó Castelao; con una salvedad: parece que el último siglo se ha encargado de corregirnos en lo referido a la no existencia de fronteras, al menos cuando hablamos de seres humanos. Es posible que los flujos financieros tengan puente de plata cuando transitan entre continentes y países; no así las personas. El drama de los naufragios entre quienes buscan una vida mejor en Europa no deja de mostrarnos una realidad dura y compleja, con un añadido a las condiciones de quienes emigraban desde Galicia en la época que representa Castelao: a la incertidumbre que planea sobre esa búsqueda obligada de progreso, debemos unir la crueldad de los canales que se han de tomar hasta alcanzar ese destino incierto y a veces ficticio.

Con este panorama, y en vistas de la inacción de los países implicados en el asunto de marras, podría decirse que lo poco a lo que nos queda agarrarnos emerge de esa cultura que reivindica la protesta, la revolución, la diversidad y el disenso. Espacios como Eurovisión son un lugar idóneo para mostrarle al mundo sus propias costuras, a través precisamente de esa crítica que busca remover conciencias y sembrar semillas para mantener viva la chispa revolucionaria. Este año, España contaba con dos himnos –Rigoberta Bandini y Tanxugueiras- transgresores, feministas e inclusivos, que incitaban explícitamente –como en el caso de la canción Terra– a romper esas fronteras, y no precisamente en relación a lo financiero. Por su parte, Rigoberta Bandini –junto al pedazo de equipo humano que la acompañaba en su actuación-, desafiaba a esa sociedad patriarcal que discrimina a las mujeres por el hecho de serlo, además de reivindicar esas tetas que tanto escandalizan al puritanismo de Zuckerberg y compañía.

Ninguna de las dos canciones referidas irá a Eurovisión. En su lugar, hemos decidido que lo haga una letra salida de un laboratorio de Miami: ruido, azúcar y comida rápida en dosis industriales para un cerebro cuyas constantes son cada vez menos vitales.

Nos queda el empoderamiento del sacando un pecho fuera al puro estilo Delacroix, y la mezcla de tribalidad y orgullo de la tierra del airalalala. En realidad, Ay Mamá y Terra convergen en un mismo mensaje, como lo hacían las Cousas de Castelao.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.