Aprender a saber escuchar

Por: Esthela García M.
Universidad Nacional de Educación, Azogues (Ecuador)

El currículo ecuatoriano de Lengua y Literatura se enfoca en el desarrollo de cuatro macro-destrezas principales,   de las cuales de desprenden las destrezas con criterio de desempeño,  que orientan las actividades de aprendizaje en todo los bloque curriculares  de  los niveles del sistema educativo: educación general básica y bachillerato.

Estas macro-destrezas son: escuchar, hablar, leer y escribir, las mismas que se vinculan con actividades de diversa índole de lectura y escritura para generar aprendizajes significativos, pero sobre todo el desarrollo de competencias lingüísticas con finalidades específicas de comunicación, según el nivel y desarrollo cognitivo de los estudiantes.

Uno de los aspectos que más provoca problemas a la hora de ver reflejados los resultados de toda la  diversidad de estrategias metodológicas utilizadas en clase, que aprovechan los recursos digitales, ya sea de forma virtual o presencial, con ayuda de herramientas tecnológicas, comunicacionales y de multimedia, que en conjunto se ponen al servicio de la educación; es  lograr la comprensión lectora en los niños  y jóvenes.

La enseñanza centrada en procesos de comprensión, análisis y construcción de significados como componentes funcionales, ha venido sustentando sus plataformas de trabajo en una compartimentación de  los llamados componentes de dicha enseñanza: la expresión oral, la expresión escrita, la gramática, la ortografía y la literatura, se repiten invariablemente en los programas de todos los grados de la educación regular. 

Es a partir de las teorías de  M.A.K. Halliday, Teun Van Dijk, Manuel Casado Velarde, Enrique Bernárdez,  entre otros, que se logra integrar los procesos de significado en los que la lengua interviene y que  se denominan componentes funcionales, según Roméu (1992)

Esta concepción, pone el acento en la relación entre la cognición, discurso y sociedad, relación que permite conocer los procesos que intervienen en la comunicación, en la que se revela la unidad entre pensamiento y lenguaje, aspectos indispensables al considerar desarrollar estrategias de aprendizaje  vinculadas con las destrezas de lengua y literatura.

No es desconocido para nadie,  que investigaciones en nuestro país  –  paralelo a estudios realizados en América Latina-   han   demostrado  un bajo nivel de  hábitos de lectura, siendo la lectura comprensiva, uno de los problemas mas acuciantes  al momento de evidenciar resultados de aprendizaje en la educación formal obligatoria, e incluso en el ámbito universitario y profesional.

No tenemos una cultura lectora;  sin embargo,  no descansamos en intentos de fomentar la lectura,   de incentivar el  hábito de la leer por placer  en la escuela,  con actividades de índole variado, con estrategias innovadoras, con metodologías activas, y aún así el problema tiende a persistir por más tiempo.  

Pero en nuestro afán por  que el niño o el joven comprenda lo que lee, estamos restando importancia al hecho de  enseñarle a que comprenda lo que escucha;  que, según mi modo de pensar:   el escuchar, y el hablar  son procesos cognitivos  primarios básicos,  elementos que deberían  recibir  más atención al  momento de  pensar en desarrollar aprendizajes significativos más complejos, con el uso de la lengua, como el leer y escribir.  

En síntesis: entre todas las habilidades lingüísticas, escuchar es la que suele despertar menos interés en la enseñanza y en la vida cotidiana. Podemos afirmar como una cualidad admirable, el hecho de que  alguien  es un buen orador, que escribe muy bien, que es un buen lector, pero decir de la misma manera que alguien escucha bien o que es un buen oyente resultaría algo  extraño.  Sin embargo, son más comunes las expresiones que atribuyen  a la falta de comprensión, también a alguien que no sabe escuchar.

Volvemos entonces la mirada a  una de las macrodestrezas de lengua, como es la de escuchar.  Cuando la relacionamos con nuestras actividades educativas o cotidianas, la vinculamos con la imagen de alguien dirigiendose a un público determinado, en un auditorio o contexto en el que todos están atentos a lo que la persona dice; pero las características más relevantes del escuchar cotidiano,  son bastante importantes  y tienen implicaciones didácticas  fundamentales.

Por todo lo dicho, podemos concluir que,  saber escuchar es tan importante como saber leer, y es lo que todo docente debe asimilar como impronta de trabajo: procurar  educar, formar a buenos oyentes,  niños y jóvenes que desarrollen habilidades de esucha. Que aprendan a saber escuchar.

Sin embargo,  esto tiene un trasfondo que implica un compromiso más profundo para el docente, para el contexto familiar – generalmente desfavorable-  como es el crear espacios propicios para la escucha.  Si queremos que los niños lean, tenemos que empezar por leerles, pos demostrar que hay placer en la lectura, pero no desde una guía escrita en un texto, sino desde la práctica diaria visualizada.  Impulsar en ellos el desarrollo de microhabilidades de la comprensiòn oral de acuerdo al nivel  cognitivo  en el que se encuentren, porque  escuchar también es comprender el mensaje, y para hacerlo debemos poner en marcha un proceso de construcción de significado y de interpretación de un discurso pronunciado oralmente. A partir de ello podremos generar habilidades de comprensión como herramientas que llevarán a los niños y a los jóvenes a mejorar la comprensión lectora y la generación de conocimientos que les sean útiles en su vida cotidiana.

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