Saber perder

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

¿De qué le sirve a uno ganarlo todo, si al final se pierde a sí mismo? Es frecuente que los políticos perdedores en una consulta electoral, por ejemplo, lamenten amargamente su suerte –aunque algunos sepan disimularlo–, cuando los votos, fugaces como un amor de temporada, le abandonen por otro.

Si no se está de antemano predispuesto a perder no debe uno disponerse nunca a ganar. La vida es una sucesión de cambios. De estado y de situación. Siempre buscamos lo mejor, es natural, y un relativo éxito en ese afán nunca está de más. Pero debemos hacerlo sin agobios, tomando distancia y no confundiendo nunca lo que somos con lo que tenemos o aspiramos a tener. Quien se apega a una situación sin aceptar al mismo tiempo su transitoriedad se está cavando la fosa en la que algún día le enterrarán a la fuerza. A nadie entierran de buen grado, es cierto, pero la superación de este trauma, como de tantos otros, está en la concepción que tengamos del funeral: como algo que ataca esencialmente a nuestro ser de persona o como algo que simplemente pasa –que algún día pasará ineludiblemente–, y que hay que tener previsto para aceptarlo con la elegancia que da la comprensión de lo natural. Ya que no puedes ganar siempre, aprende a perder sin que se te caiga la ceniza del cigarro.

El poder, cualquier poder, es un simple instrumento del que podemos valernos y menester es saberlo usar, si alguna vez llegamos a tener alguno, con el sentido altruista que sería conveniente en tal circunstancia y no de la manera egoísta de los que suelen (con)fundirse con él, vivir parta él y acabar sufriendo por él. Desapeguémonos, hermanos. Desde el borde de la autovía se ven pasar los coches como locos. ¿Te vas a meter en ese infierno? Si no hay más remedio, con prudencia, mirando antes arriba y abajo, pero siempre que puedas mejor es que circules por tranquilos caminos vecinales. Son más humanos.

Pero, ojo, que no hemos venido a este mundo a sufrir. A menudo el masoquista es tan sólo un sádico con el registro cambiado y quien entiende la vida como mortificación puede estar predispuesto a mortificar a todo bicho viviente. De ahí lo saludable de considerar que ni una cosa ni otra, ni sádico ni masoca, ni prepotente ni resignado. Persona simplemente, ciudadana o ciudadano autoemancipado. Sensible y atento a la posibilidad de cambio –bueno o malo–, sanamente rebelde y con el sentido bien enraizado de la propia libertad, que es nuestra esencia. Todo lo demás son añadidos.

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