¿Preparados para la derrota?

Por: Manuel Felipe Álvarez-Galeano, PhD
Colombia

Para Santi.

Este mes se ha desarrollado el famoso Festival de Festivales, el torneo deportivo más importante de Colombia en categorías menores. En la modalidad de Baby fútbol, participó mi sobrino Santiago, de doce años, un puntero de verraquera que defiende los colores más lindos del mundo, el rojo y el azul del Equipo del Pueblo; admira a CR7 y a Germán Cano, pero su gambeta y arrastre de marca parecen de la talla de Henry, Giggs y Stoichkov. Tal vez, sus cándidos pasos no sepan de quiénes le estoy hablando, pero le queda la tarea de averiguar.

El voraz relato de la competitividad que se nos ha impuesto ha dejado un gesto de triunfalismo en que se presume el resultado del celofán como el único registro de la verdadera victoria, y es triste que los adultos muchas veces repliquemos esa cruel presión sobre los muchachos, ya sea por el afán de que ellos alcancen lo que nosotros no pudimos o por enseñarles a batallar en la cultura del pisoteo. Sin embargo, ¿cuánto preparamos a los pelaos para la derrota?

Cuando me dispuse a llamarlo para darle fuerza por la eliminación en octavos frente a un equipazo como Belén La Nubia, le mencioné que el verdadero triunfador se reconoce en la derrota; que, para investirse de laureles, primero hay que lacerarse con valles de espinas; que la vida da revanchas a cada rato y que el verdadero guerrero con una mano limpia sus lágrimas y con la otra empuña la espada; que Teseo descendió al mismo inframundo antes de llegar triunfante a Esciro; que perder es aprender, y quedan entre la recóndita arena una copa menos, pero un pino más en el constructo de la lealtad y la fidelidad. Los hinchas del DIM sí que sabemos de esas cosas.

El muchacho, con la gallardía y el pundonor del Loco Bielsa, me respondió que nada de nervios, que ya llegará el momento deseado y que la batalla implica esas opciones: perder o ganar. Yo le contradije cariñosamente, al mencionarle que quien sabe perder solo tiene dos opciones: ganar o ganar. Con un te amo, nos despedimos tranquilos; él, con un dejo de madurez insólita que retrata los buenos cimientos que le han dado sus padres; y yo, con la perplejidad de que un sardinito me muestre algo que a muchos adultos nos falta, el honor de la derrota.

Luego, llamé a mi hermano y lo felicité por el apoyo que le ha dado a Santiago, y me ha enseñado que, si bien no hay que responsabilizar a los chicos de la carga de alivianar en pecho ajeno nuestras frustraciones, el mejor regalo que se le puede dar a un hijo es acompañar sus sueños, sea el que sea, con el escudo inquebrantable de la dignidad y la nobleza de saber que, sin las derrotas, no es posible construir victorias sólidas.

Podrá parecer anodino y vacuo para el lector cruzarse con una anécdota que no tiene mayor trama, pero una historia no necesariamente debe resumirse en una mera relación de hechos que construyen un suspense cautivador, sino también en plantear pústulas que nos reconcilien con lo humano, y qué más humano sino la derrota, como diría el libertador argentino José de San Martín: “Una derrota peleada vale más que una victoria casual”.

Espero se me entienda si menciono que no espero a Santiago marcar el gol definitivo que nos dé una Copa Libertadores; aunque, si es menester que así sea, en buena hora: mi interés prioritario es que disfrute con el balón, que construya en sus giros la sabiduría necesaria que exige el principal deber de toda persona, ser feliz, pues una pérdida es una simple lectura apreciativa de un hecho, pues “lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota”, como repone Valle-Inclán.

Finalmente, me quedo con la respuesta que dio mi niño en una entrevista que ofreció para el canal del Deportivo Independiente Medellín: cuando le preguntaron por el equipo internacional en que le gustaría jugar, él respondió: “En el que Dios quiera”. Tranquilo, mijo, vos tenés al mejor representante y mentor de todos, Nuestro Rey de Reyes.

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