Miren hacia arriba

Por: Pedro C. Martínez Suárez, PhD
Vicerrector de Investigación, Innovación, Vinculación con la sociedad y Posgrados.
Universidad Católica de Cuenca (Ecuador)

Seguramente a cualquier ciudadano corriente la demostración de la conjetura de Poincaré le importa poco. Incluso le puede parecer ridículo especular sobre el comportamiento de una esfera. Ahora bien, si yo les digo que gracias a este descubrimiento de Grigori Parelmán, demostrando tal conjetura a principios del siglo, sirvió para un modelo predictivo del crecimiento de tumores, probablemente cambiarían de opinión sobre tal hallazgo.  Algo similar ocurre con las máquinas de enseñar de Skinner, despreciadas ampliamente por muchos psicólogos y maestros y ensalzadas por los informáticos, base fundamental para la enseñanza asistida por computadora actual. Podríamos seguir con miles de ejemplos y llegaríamos al más dramático, saber que millones de personas aún creen que la tierra es plana, la reina de las teorías de la conspiración.

El día de hoy es muy probable que haya ido usted al supermercado y los productos comprados hayan pasado por un lector led de códigos de barra, es más que probable que se haya sentado sobre su computadora, haya contestado y consultado su celular, haya tomado su carro para desplazarse al trabajo, haya visualizado varias pantallas de plasma con publicidad por el camino, tal vez se haya encontrado con un guardia de tránsito que haya comprobado sus datos en un aparatito y con toda certeza ha usado el GPS y puede que hasta un parrot para hablar con su esposa u esposo por el celular cómodamente sentado en su asiento sin necesidad de tocar el teléfono. Todo esto no sería posible sin la ciencia y la tecnología.

Todo lo relatado en el párrafo anterior, es también muy probable que usted lo atribuya al cerebro humano y su fantástica evolución. Pero pensemos por un momento, los homínidos ya usaban herramientas con gran eficiencia y comían carne hace 3,2 millones de años, como ya destacó la BBC en un artículo en 2010. El Homo sapiens como ya sabemos tuvo un desarrollo que no le hace único en el manejo de técnicas sofisticadas, cultura artística y conducta altruista. Nietzsche por su parte, dio buena cuenta de las aspiraciones del ser humano a considerarse divinidad y como dice John Houston en una película dedicada al infortunado Freud, el ser humano ha sufrido tres afrentas a su narcisismo, el fin del modelo ptolemaico geocentrista, la teoría de la evolución darwiniana que nos sitúa en una línea evolutiva común con otros organismos y por último, el descubrimiento de que no somos conscientes de las razones últimas de nuestro comportamiento. Siendo este último un hallazgo matizable, parece ser que ni hemos llegado tan lejos, ni estamos en un lugar tan extraordinario como pretendemos.

¿Ahora qué? ¿Por dónde podemos continuar? ¿Lo que nos ocurre forma parte de un designio divino o de un diseño inteligente? ¿Todo tiene una razón? Lo más lógico al albur del materialismo gnoseológico sería pensar que no. No todo tiene una razón de ser y tampoco todo es un absurdo ininteligible. Lo que hemos progresado no está en nuestra mente ni en un diseño inteligente, más bien todo tiene que ver con lo que hacemos, unas veces acertamos y otras nos equivocamos. Por tanto, no es lo que los científicos son, sino lo que hacen y lo que dejan de hacer y lo que los ciudadanos hacemos o no, lo que nos condenará o no, a la extinción. Por suerte, lo que los científicos hacen surge de la aplicación de un procedimiento lógico, que no es el único procedimiento con lógica, pero es la lógica más orientada al progreso que tenemos. Si bien, ha dejado de estar de moda.

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