La temporalidad y el sentido de la vida en la mirada heideggeriana sobre la muerte

Por: Elsa González Moscoso
Cuenca (Ecuador)

Ha sido una preocupación constante a lo largo de la historia de la  filosofía planteare el hecho de la muerte como una cuestión primordial y sin  promesas de respuestas directas y concluyentes; no se pregunta directamente qué es la muerte, ni su acercamiento psicológico. Las respuestas han sido muchas y de variada índole, sin embargo, no es sino hasta la llegada del pensamiento contemporáneo, que la pregunta por la muerte adquiere una nueva dimensión, ya no centrada en la preocupación  religiosa o en  la idea de tránsito o de paso, sino convirtiéndose en un problema racional, y mostrándose claramente como una reflexión sobre la temporalidad humana, su propia finitud y el sentido de la vida.

No es de extrañar que la reflexión filosófica  pretenda comprender esta condición humana de finitud y de contingencia propia de nuestra circunstancia humana, no precisamente desde el hecho físico, biológico, sino desde su propio acontecer, desde su carácter ontológico, esto es, desde la pregunta por el sentido más general y profundo del ser,  o el intento de explicación de su propio ser. Así, la muerte, a más de ser un suceso de la vida, es al mismo tiempo su misma determinación esencial. Y esta idea se presenta fundamentalmente en las filosofías  existencialistas de mediados del siglo XX que parten del análisis de la condición humana, libertad, los conceptos de responsabilidad, angustia y del significado de la vida.

A diferencia de estas filosofías, que piensan la temporalidad de manera sincrónica, y se mueven en un mundo de sentido que parte de la propia vivencia subjetiva de la temporalidad,  hoy en día la vivencia del tiempo, más que como aceleración o sensación del paso veloz del tiempo, muta en dispersión temporal, discontinuidad y aislamiento que no experimenta ningún tipo de duración y seguridad de futuro. La identificación con lo fugaz y lo efímero, con lo pasajero atomiza la vida y la identidad misma del hombre; se diluye el disfrute del tiempo necesario, pausado y saboreado. A decir de Byung-Chul Han “Hoy en día, morir resulta especialmente difícil. La gente envejece sin hacerse mayor” El Aroma del Tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, 2020) Asunto que será objeto de otra reflexión.

Para lo que nos compete aquí, La noción filosófica de la muerte insiste en la condición  decisiva de la existencia humana misma, y como tal, nos toca, nos afecta, y nos atañe como siendo la muerte propia, el morir de cada quien, intransferible de suyo, irrebasable, cierto y absolutamente singular. Esta condición permite diversas formas de interiorización humana, precisamente por la continuidad y duración temporal, precisamente la conciencia humana del devenir temporal posibilita la revalorización más profunda e íntima de la vida y del sentido mismo de la vida, marcando una apertura o un horizonte ético de sentido y como tal, se muestra como una determinación fundamental de lo real o de lo que es.

Pensar la muerte como un fenómeno propio e inmanente de la vida o como propiedad de la vida misma y no como su simple terminación, implica que la muerte no es la terminación de la vida del individuo, sino su misma posibilidad, un “aun no”,  tal como una proyección existenciaria de la propia muerte, su  realización o su revelación. Así para Heidegger el morir no es simplemente un hecho dado, sino un fenómeno que es necesario comprender existenciariamente. Le interesa por tanto, pensar la muerte como una estructura propia de la existencia humana, es decir, la de ser del hombre para la muerte.

Comprender existenciariamente la muerte, significa comprender al ser de la existencia como ser momentáneo y extendido entre las dimensiones temporales del pasado, presente y futuro. Por esto mismo, los conceptos de muerte y de finitud deben ser pensados en el marco de la temporalidad, que es según Heidegger, el núcleo más íntimo del hombre, entendido el tiempo como constitutivo de la existencia humana, un poder ser, una apertura, un proyecto y en relación íntima con nuestra existencia. No se trata de evadir la muerte, sino de valorar nuestro existir como ser-en-el-mundo.

El hombre es el ser-en-el-mundo y se vincula con el mundo nunca de un modo estático, o como si se tratara de una serie de “ahoras”, de sucesión de presentes,  aunque así parecería por la cotidianidad del trato con las cosas, o como cosa misma, como un pasar sin cesar, sin principio ni fin,  como un tiempo fragmentado. El ser -en -el -mundo es afectado por la temporalidad, el hombre es un ser temporal.

El presente no es un momento privilegiado, el tiempo adquiere significación como una unidad entre pasado, presente y futuro, entendiéndose como horizonte. Todo es temporal, la existencia misma es temporal, así el tiempo no es una cosa, un ente,  sino la expresión misma del hecho de existir, porque finalmente, existir es temporalizarce. Para Heidegger la temporalidad constituye la estructura misma del ser-en-el-mundo.

Solo a partir de una comprensión ontológica-existencial la muerte se muestra como una estructura del ser del hombre, o su estructura existencial de ser para la muerte. Muestra la existencia como momentánea y extendiéndose en las dimensiones temporales del pasado, presente y futuro, así, muerte y temporalidad deben ser pensados desde la temporalidad, núcleo más intimo del hombre y lo que determina su finitud. En el Ser y el Tiempo (1927) Heidegger muestra que el presente ya no es el lugar privilegiado, sino solo a partir  de los tres momentos temporales.

De tal modo que, el fin del ser-en-el-mundo, que es la muerte, requiere de una perspectiva ontológica y existenciaria antes que antropológica y subjetiva, para poder pensar al hombre como ser-para-la-muerte, o según Heidegger la existencia auténtica, que implica la duración del tiempo.  Ir al encuentro de la muerte de una manera auténtica, hace posible vivir el tiempo futuro para poder ser el presente significativo. El hombre vive el presente como ser tendido entre el pasado y el futuro, pero con conciencia o comprensión no precisamente intelectual, de su finitud y su facticidad, de su angustia y de su “ser para la muerte”.

Solo  el hombre, el ser ahí, es histórico y temporal, porque el tiempo y la historia surgen de su propio ser, por lo tanto, se es auténticamente, o se tiene una existencia auténtica, cuando se es de modo finito o nos asumimos comprensivamente como tales. La existencia auténtica es finita, se reconoce como tal y se narra desde allí. La existencia inauténtica es  fundamentalmente evasiva.

Todos de algún modo tenemos contacto con la muerte a partir de la muerte de los demás, sin embargo, nunca estamos del todo preparados y reaccionamos con angustia ante tal evento. Esta angustia es existencial, no es un miedo concreto. Tanto para  Heidegger como para Sartre, no se trata del miedo o temor frente a la posibilidad de la muere, sino el sentimiento nuestro frente a la percepción de la nada que soy. La Angustia deja al descubierto la nada de la existencia, por ello la angustia revela la posibilidad de la propia muerte.

La muerte como posibilidad no significa un faltar que deberá realizarse algún momento, sino una posibilidad siempre presente y siempre inminente. De allí que, el hombre pueda comprender su propio ser que es finalmente un poder ser. Este comprender, que no es intelectual es más bien un poder hacer frente a una cosa. El poder ser es una especie de lugar donde se manifiesta y se despliegan sus propias posibilidades.

El ser ahí, es un poder ser, siempre le falta algo que aún no se ha hecho real, su estado de inconclusión es propio de su constitución. Entonces, la existencia  no es algo concluso, si no que se encuentra permanentemente abierta a posibilidades distintas, lo que significa que siempre le falta algo para poder ser. El ser del hombre consiste, efectivamente, en un estar referido a posibilidades en sus existir concreto, en el mundo de las cosas, de la personas, por ello es un ser-en-el-mundo. El ser del hombre no es una simple presencia a modo de ente, a tal punto que, el estar muerto no es más que uno de sus modos de ser.

El hombre es pues un ser inconcluso, esta siempre en proyecto. No queda otro camino que hacernos responsables de nuestra propia vida y asumir la propia muerte. La existencia auténtica, a diferencia de la inauténtica que huye y se tranquiliza, es la verdadera vía de acceso a la libertad, y su poder ser está condicionado a su propia e irremediable facticidad.

Las reflexiones heideggerianas sobre la muerte se sitúan sobre la interpretación de la filosofía existencial, así estos asuntos sobre el morir, nos dicen más sobre el vivir que sobre el morir mismo. Lo que podemos saber de la muerte es su esencia ontológica que hay que descifrar. De cómo es posible, según Heidegger, descifrar la estructura ontológica-existenciaria de la muerte, no nos ocuparemos ahora.

¿Hay alguna manera apropiada frente al impropio modo de relación con la muerte? Para Heidegger, siendo la muerte la posibilidad más propia del ser ahí, del hombre, comprende que debe hacerse cargo por sí mismo del poder ser, sin que esto signifique aislarse del mundo o de los otros existentes. La singularización le permite liberarse del modo impropio o inauténtico, recupera su forma de ser, se anticipa a la muerte y la comprende como siendo su posibilidad más propia. La auténtica existencia se relaciona con el mundo  siempre en términos de posibilidades, o apertura de sentidos.

De lo que se trata frente a la muerte  es dejar que sea su posibilidad, no como una voluntad de dominio imposible sobre ella. Así se presenta como un abrirse a la muerte posibilitado por la comprensión de la temporalidad,  ponerse en libertad para la muerte, lo que finalmente no significa una elección, sino un disposición a ser sí mismo, y esto es posible si la existencia es vivida de cara a la muerte.

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