El dolor

Por: Juan Almagro Lominchar, PhD
Universidad de Almería (España)

Me duele España, le decía Unamuno a un colega de profesión residente en Buenos Aires, a través de una misiva en la que el bueno de Don Miguel se desahogaba contra aquellos que le habían privado de realizar su trabajo en la Universidad de Salamanca. El motivo de aquella destitución fue mostrarse crítico con el régimen de José Antonio Primo de Rivera.

Desde que la carta de marras fue publicada en la revista argentina Nosotros, allá por 1923, no ha dejado de ser asociada a otros textos del propio autor o utilizada al libre albedrío por políticos en época de campaña electoral, buscando desacertadamente, establecer una conexión con el sentir unamuniano que emerge de aquellas tres palabras.

A día de hoy, es posible que a Miguel de Unamuno le siguiese doliendo España. Motivos no le faltarían, a saber: la desidia e ignorancia de quienes se definen como apolíticos; el auge de la ultraderecha como consecuencia de lo anterior y de otros caldos de cultivo; el incremento de las brechas entre quienes tienen (cosas tangibles y también intangibles) y quienes no; el azote de una pandemia mundial; el otro azote de quienes utilizan dicha pandemia y sus nefastas consecuencias con rédito político; la persecución de aquellas a las que se sigue violando y matando por el simple hecho de ser mujeres; la irresponsabilidad de quienes, en su fantasía y delirio neoliberal, amenazan –a través de palabras y de hechos- con destruir lo público; los no sé cuántos mensajes que nos ha enviado el cambio climático en los últimos meses, con gente (que se piensa afortunada) por despedir el año en paños menores y mojándose el culo…

Como ven, la lista es extensa. Pero hay una cuestión que, si no se han parado a pensarla, resultaría interesante enfocar como complemento –gramaticalmente hablando- para con la frase de Unamuno: añádanle el adjetivo vaciada. Claro está que, para dotar a la nueva expresión de sentido, deberíamos insertarle el artículo la delante de España; lo haré, a riesgo de que alguna persona experta en asuntos gramaticales me acuse –con cierta razón- de maltratar los elementos lingüísticos de una oración que quedaría así: Me duele la España vaciada.

Llegados a este punto, y dada la tendencia a meterme en charcos, quisiera expresarle mi envidia –siempre sana- a quienes residen en zonas rurales. Hay quien me acusa de idealizar y romantizar la vida de los pueblos. Es posible que, en ciertos aspectos, lleven razón: en los pueblos se trabaja mucho, sobre todo en el campo, y quien alguna vez se haya acercado por esos lares para recoger uva o aceituna, por ejemplo, sabrá de lo que hablo. Pero, por otro lado, la vida y las relaciones que emergen en las zonas rurales, más allá del deslome referido, nos ofrece la posibilidad de retomar el contacto con lo que nos hace humanas y humanos: el trato y la cercanía entre vecinas y vecinos; el consumo local; la charla con el tendero; el calor de una lumbre; el silencio de los atardeceres…

Lamentablemente – y aquí viene esa dolencia por la España vaciada-, a este ritmo es posible que, en un futuro no muy lejano, lo único que prevalezca de mi arranque de idealización y romantización anterior de las zonas rurales sea el silencio. Soy consciente de que esto es ya una realidad, y de que aquellos pasajes tan tristes y a la vez tan acertados que Julio Llamazares plasmó, a través de la figura de Andrés en La lluvia amarilla, se han extendido a otras zonas que como sucede en Anielle se han vuelto invisibles, a pesar de quedar algunos resquicios de la vida que allí, otrora, brotaba.

Según un informe del Banco Mundial, en 2018 el 80% de la población española vivía en zonas urbanas. Las proyecciones de la División de Población de Naciones Unidas (ONU) no son más halagüeñas al respecto: afirman que en 2050 será ya el 88%. A ese ritmo, esa España vaciada, como Andrés, narrará su propia muerte, y el dolor se manifestará de la forma que lo hace mediante aquellas heridas que nunca supuraron a pesar del tiempo.

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