Y los guayacanes siguen floreciendo

Por: Luis Curay Correa, Msc.
Vicerrector UETS Cuenca (Ecuador)

Cuando Los guayacanes florecían, obra de Nelson Estupiñán Bass (1912-2002), esmeraldeño que ofició con muy buena pluma el periodismo y la literatura, nos da la oportunidad para, a través de un nostálgico recorrido por sus páginas, reflexionar acerca de la situación de las clases menos favorecidas en el Ecuador de antaño y en el de ahora.

El autor en cuestión se adscribe a la generación de 1930, la misma que considera a los escritores nacidos entre 1890 y 1920. Como es conocido, este grupo de escritores lidera un ambicioso objetivo al querer transformar la sociedad desde su literatura, impera, por lo tanto, un afán moralizador como fruto de ese choque enorme entre el conservadurismo y el liberalismo. Los desgastes sentimentales se conducen hasta las intenciones de la denuncia, la transformación, el cambio, la remisión social de problemas abyectos como la esclavitud, el concertaje y la vida de miseria que de ellos se desprende, temática que abona un campo pródigo impulsando a varios jóvenes autores como Joaquín Gallegos Lara, Enrique Gil Gilbert, Demetrio Aguilera Malta, José de la Cuadra, Alfredo Pareja Diezcanseco, quienes forman el Grupo de Guayaquil, los mismos que en su producción literaria abordan la desazón de la suerte del montubio; en la sierra descolla Jorge Icaza con el tema del indio, y con la temática de la negritud asoman Adalberto Ortiz y Nelson Estupiñán Bass, estos últimos para cerrar esta generación que tantas y tan buenas letras nos ha dado. Estupiñán Bass nace en el año preciso en que el General Eloy Alfaro es arrastrado y muerto en una manifestación en la que se pretextan sus resultados con la justicia y la ignorancia; además de ello a nuestro escritor le toca vivir la sublevación de Carlos Concha Torres quien intenta reivindicar la figura del viejo luchador levantándose en armas; es decir, desde 1895, año del triunfo de la Revolución Liberal, le toca recibir un país con nuevos aires de libertad y posteriormente vivir su decadencia. Estupiñán es un preocupado extraordinario de los negros, grupo de minorías al que pertenece y del que la denuncia no solo se presenta como una opción, se respira la exigencia con fuerte voz para escribir una historia que vea días mejores, pues ya harto de la deculturación vivida por los desarraigados que suman alrededor de diez millones en las épocas de la Conquista, la Colonia y la Formación Republicana, publica desde el corazón y la acción. En este lapso oscuro los indígenas y los negros son exprimidos de manera inhumana, se llega incluso a dudar sobre su condición de humanidad. En la Revista Chasqui, Estupiñán Bass recuerda en su artículo titulado “El Negro ecuatoriano” cómo en las páginas de la historia se han escrito los vejámenes atroces a los que estaban sometidos:  ser amarrados, privados de la libertad, encadenados, marcados a hierro, azotados, e incluso, asesinados. De ahí los reclamos furibundos en los personajes que intervienen en su obra: Juan Cagua, Pedro Tamayo y Alberto Marcú, conciertos[1] liberados de manos de Doña Jacinta[2] por el Capitán Pincay en nombre de la Revolución Conchista, los que, desde la atroz experiencia prefieren la lucha, la muerte, a volver al “trabajo decente”:

… ¡Hay que acabar con todos los sospechosos! ¿O quieres que volvamos al tiempo de antes? Se ve que vos no has sufrido. Yo he sufrido con los malditos y por eso sé lo que son… A mí me tuvieron a pan y agua y me dejaron solamente porque me creyeron muerto… A mi mujer la forzaron y la mataron… A Rosendo también le dejaron tendido de la paliza… Tenemos que golpear duro en todas partes… ¿O quieres volver a ser concierto…? (Estupiñán Bass Nelson, 1987, p. 138).

Don Rodrigo Medrano Pereira y Quezada, dueño de la hacienda “La Cascada” representa a las clases pudientes en aparente alianza con la causa Conchista, una veleta que sigue la dirección del viento. Se alía con el sargento Miguel Bagüí  para recibir ganado que marcaba con su fierro y que debería servir para los gastos de la revolución; nunca dio recibo alguno, asesinó y se adueñó de todo lo que pudo incluyendo en ello el poder político que tanto anheló, pues es nombrado Gobernador de Esmeraldas; ya con este cargo, y perdida la revolución Conchista, tuvo en ese contexto el ambiente propicio para ejercer la injusticia más grande para disponer del trabajo de los supuestos libertos (se adueñaba de la tagua so pretexto de decomisarla por considerarla fruto del robo de los negros a las propiedades de la hacienda de la Sra. Jacinta), su captura, su juzgamiento, y su vida. Palabras de Bagüi que ubican las verdaderas intenciones del futuro Gobernador de Esmeraldas y otros gusanos[3] clarifican el descontento y la frustración ante la realidad:

-Esa es la verdad, la triste verdad. A la sombra del nombre de Alfaro, ¡cómo se están levantando las fortunas! ¡Las fortunas de la revolución, las fortunas que surgen ensangrentadas, manchadas con la sangre de los incautos que confían todavía en que estamos peleando por un ideal! ¡Casi todos los jefes son unos bandidos! ¡maldita sea! ¡Y haberme enfermado de esta enfermedad incurable solamente para ser un escalón de ladrones, y nada más! (Estupiñán Bass Nelson, 1987, p. 166).

Otra figura de vital importancia es el aspirante Simesterra. En el capítulo final de la obra se advierte un batallón que tiene un trabajo de importancia: apresar a los prófugos revolucionarios Juan Cagua y Alberto Marcú que escapan de prisión ya que no desean acatar la sentencia impuesta por la justica que consiste en regresar de conciertos a la hacienda de la Sra. Jacinta. En esta comitiva, Simesterra reflexiona sobre lo difícil y paradójico de tal empresa, pues deben recapturar a quienes merecen la libertad; además, ellos, la policía, también son pueblo, y, por tanto, parte de los olvidados. Llega incluso a esgrimir una solución tan motivante que al lector lo distrae y por un momento anticipa, aunque equívocamente, el gran final:

El camino es sencillo, es la unión de los pobres. Ese es el único camino. Cuando los pobres estemos unidos no habrá conciertos, ni injusticias, ni despojos, ni robos; pero mientras estemos como ahora seremos el bocado de los grandes. Cuando la unión de todos los pobres sea un hecho, tenemos que hacer otra revolución, y tenemos que matar a mucha gente… Tenemos que acabar con todos los enemigos del pueblo, para que no puedan levantarse jamás. (Estupiñán Bass Nelson, 1987, p. 267).

A pesar de la euforia que nos deja este grupo de palabras, lamentablemente el desenlace se vuelve inapelable: la muerte de los pobres y el desparpajo de los ricos, todo encaminado a sostener un sistema que se vuelve insufrible e imposible de cambiar.

Tras una lectura que siempre resultará exquisita, la comunicación con el receptor obliga no solo al goce estético que produce tal acción, nos conduce a una reflexión actualizada. Quien lea este artículo podrá abonar las modestas conclusiones que intentamos contextualizar aquí y ahora.

Los escenarios cambian, la realidad, no. Hoy por hoy nos vemos sometidos de manera totalmente irrespetuosa a un sistema que no ha modificado su esencia de dominio, las formas asociadas con la desvergüenza del aprovechamiento personal sobre el bienestar comunitario, más bien han evolucionado e innovado. Pongamos un ejemplo: nos enfrentamos con el hambre voraz de la banca cuando se retrasa el pago de un préstamo (a parte de los altísimos intereses que significa ser sujeto de este “beneficio”) de manera inmediata el deudor se ve martirizado por llamadas que intentan persuadir y obligar la cancelación de lo adeudado, sin embargo, ¿es notorio algún incentivo cuando existen cancelaciones anticipadas? Otro ejemplo: Nuestros gobernantes se congratulan y sienten verdadero orgullo cuando nos han incrementado el salario mínimo con $ 25,00; si alguien adeuda a la banca, ese monto no le sirve ni siquiera para pagar un pequeño porcentaje de ella. Un ejemplo final: la educación y la salud, supuestos pilares de toda sociedad, experimentan reducciones en sus presupuestos, o simplemente desaparecen las estructuras destinadas a cuidarlos, así, universidades, profesionales, colegios, hospitales, sueldos a médicos residentes, etc., llegan al desespero y la aniquilación total.

 Nos ilusiona, a pesar de todo, las propuestas de cambio revolucionario que se gesten desde las realidades de cada uno de nuestros lectores. Esa interrogante interna que debe dispararnos a buscar días mejores: ¿qué debemos hacer? Sus respuestas, estimados amigos, de seguro contribuirán a no quedarnos en una lectura decodificada, formarán muy interesantes opciones para el destierro de días opacos y tristes.

Referencias

Estupiñán Bass, N. (1991). El negro ecuatoriano. Chasqui. Revista latinoamericana de comunicación, (40), 59-62.
Estupiñán Bass, Nelson (1987) Cuando los guayacanes florecían, (Vol. 46). Libresa.


[1] Los conciertos fueron aquellos negros o indígenas sometidos al concertaje, que era una especie de contrato supuesto en el que el blanco les obligaba a ejercer trabajos de tipo agrícola de manera vitalicia y hereditaria sin percibir sueldo, o recibiendo lo mínimo. Las deudas acumuladas por supuestos “beneficios” otorgados por el patrón se convertían en deudas impagables que aseguraban la dominación y el abuso.

[2] Representa la dueña de hacienda que reclama en posesión legítima a sus conciertos para que sigan siendo gente de bien en sus tierras.

[3] Los Conchistas llamaban “gusanos” a los blancos ricos que se enriquecían a costa de su sangre.

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