¡Prohibido escribir en rima!

Por: Manuel Felipe Álvarez-Galeano, PhD
Colombia

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro
y a veces lloro sin querer
Rubén Darío

El vanguardismo literario, sobre todo entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, ha dejado una significativa nutrición de lenguajes, estéticas y apuestas creativas que han dinamizado la forma de asumir la poesía; sin embargo, este factor también ha determinado la constante necesidad de innovar para obedecer al principio de adaptabilidad y “supervivencia”, entendiendo la poesía como una masa viva que también evoluciona.

Tras esta precisión, asimismo ha surgido una constante disyuntiva con la tradición y, por ende, una estigmatización de esta. Sí, es claro que el arte también responde a sus tiempos, coyunturas y realidades, pero los códigos culturales y que hacen genuina la voz de los pueblos de igual manera merecen un lugar, sin que esto necesariamente implique un estancamiento, pues respetar y apostar por la tradición no debe exigir una contingencia hacia propuestas nuevas: lo que hoy se celebra por nuevo también se da porque antes hubo algo.

La obra de José Asunción Silva, sobre todo el máximo “Mal del siglo”, refleja gestos de ruptura que proyectan la necesidad de trascender a tendencias más responsables con la demanda de una nueva generación estilística en Hispanoamérica, más allá del cansancio por lo humano y que, paradójicamente, desemboca en lo humano, desde la angustia de los tiempos; aunque es claro que la náusea surge desde el desencanto. Afortunadamente, el lector tiene la licencia de la renuncia, más que a una obra, a una imposición del canon o de una de las rutinarias convulsiones de la contemporaneidad. Todo es devenir y retorno.

En Perú y Ecuador, en voces como las de Raúl Ramírez Soto y Julio Micolta Cuero, respectivamente, la estructura de la décima mantiene una gran popularidad en los eventos literarios, sobre todo porque tienen un tono jocoso y folclórico que da registro de la esencia de los escenarios que representan y que democratiza la poesía, la empalma con el goce de lo que los eruditos llaman “la masa común”; por ejemplo, Micolta tiene una obra majestuosa como “El Tapao”, una alusión a un plato típico afroecuatoriano que mimetiza los caracteres de la costa de nuestro vecino del sur, así como Ramírez tiene su emblemático “¡Cómo jode el celular!”, una crítica a la contemporaneidad.

En los rincones más descentralizados de nuestros países, hay poetas que todavía andan con sus cuadernitos en los que atrincheran sus inspiradas rimas y que, infortunadamente, la mezquindad de muchos grupos y gestores literarios los subvalora precisamente porque no escriben como supuestamente se debería escribir en estos tiempos, sin considerar que ellos pertenecen a generaciones y contextos en que escasamente tuvieron un libro de Rafael Pombo o Porfirio Barba Jacob en el cual se hayan influenciado y con los que, seguramente, armonizaron sus idilios de antaño.

Es el caso de un amigo muy querido, Gustavo Vergara, un hombre de una sencillez que le da una denotación inédita a la grandeza, quien, en una humilde cafetería del Parque del Tomatero, en El Peñol, desenvaina sus versos a todo el que llega y le comparte uno de los empolvados libros de Oveja Negra que tiene en su estantería. Entre cuartetos y rimas consonantes, retrata una voz apacible y extendida que remembra la de los viejos juglares.

Podría creerse que, a juzgar por los casos anteriores, la tradición métrica está solo para las generaciones más caminadas, y, en parte, hay razón para considerarlo así; no obstante, hay autores como Pala y Karla Jazmín Arango que le dan relieve a una forma que surgió con Petrarca y que el mismo Shakespeare levantó, el soneto, aunque es claro que se mantiene en escuetas y bien logradas excepciones.

Tendemos a quejarnos de que en la región no se lee, y acusamos los bajos índices de lectura a toda suerte de atavíos, sin estimar que, si bien hay que apostar por nuevos gritos, esto no precisamente exige desestimar lo que ya se ha escrito. Nuestros padres y abuelos, por muy poco leídos que sean, recuerdan al pie de la letra “Canción de la vida profunda”, “Historia de una tórtola”, “Esa rosa fue testigo”, “Quejas”, “Espergesia”, por solo recordar algunos casos, y muchas de sus líneas fueron retratadas en esquelas y cartas. En fin, lo nuevo no lo será por siempre, aunque lo viejo no siempre fue mejor.

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