Vivir la ciudad

Por: Ana Cecilia Salazar V.
Universidad de Cuenca (Ecuador)

Vivir en la ciudad es una experiencia compleja que está atravesada por una serie de negociaciones y apropiaciones identitarias, performáticas y políticas que se manifiestan tanto a nivel personal como colectivo.  El espacio público es el lugar del ejercicio político por excelencia, donde se constituyen y deconstruyen las prácticas sociales; su comprensión exige no únicamente una aproximación teórica sino además una incorporación del discurso social de los colectivos y una gestión pública incluyente, con resultados pertinentes social, cultural, ambiental y políticamente, que posibilitan una transformación con principios de equidad y democracia.  

El espacio público, está lleno de implicaciones e intencionalidades, los roles y relaciones responden a una estructura de poder específica de la sociedad. El Derecho a la Ciudad, implica la capacidad de incidencia sobre el diseño y la forma en la que se determina la arquitectura del espacio y el paisaje urbano. Estudiar la ciudad incluye el ejercicio de reconocer las pluralidades que coexisten en el espacio, teniendo en cuenta la complejidad de las realidades concretas de cada caso; por ello, debemos tener mucho cuidado en el riesgo que implican las corrientes estandarizadoras que suelen venir con los procesos de internacionalización de las ciudades. Los discursos globales muchas veces, buscan imponer modelos únicos de ciudad, son discursos que no reconocen los relatos particulares y la historia de cada ciudad, así como también las demandas de sus habitantes. Las agendas globales no vienen libres de intereses comerciales y económicos, así que hay que pensar cómo esto afecta a nuestras ciudades y sobre todo a los grupos más precarios que las habitan. Preguntarnos también, cómo podemos ser corresponsables en la construcción de una ciudad para las personas antes que para las corporaciones.

Es necesario hacer una revisión crítica de las practicas urbanísticas, que muchas de las veces constituyen una prolongación del pensamiento moderno y que no solo evidencia las limitaciones del pensamiento cartesiano y positivista, sino que corresponde a una ideología geo-política histórica de las sociedades occidentales como parte de un proyecto civilizatorio global de homogenización no solo del pensamiento, sino de formas de construir las ciudades, asignándoles un rol en el proceso de la  circulación de capitales en función de los  intereses económicos locales e internacionales.

Las investigaciones destacan la importancia de profundizar en el uso del espacio urbano para identificar puntos de encuentro y ruptura en las prácticas sociales de los diversos grupos humanos que comparten su ocupación. Existe una relación intrínseca entre la existencia material y simbólica de la ciudad y los sujetos que la habitan, de ahí la importancia de fortalecer la sensibilidad y la problematización de la realidad socio-espacial, analizar porque las personas tienden a escoger escenas, diseños y elementos significativos que recojan la memoria de esas comunidades, antes que espacios diseñados únicamente para el confort y el ocio. Es necesario incluir en los estudios de la ciudad, la experiencia de quienes la habitan reconociendo los procesos de significación sobre el espacio. Como  hemos señalado en otras oportunidades, la planificación urbana es una disciplina técnica, pero sobre todo política y en este marco, es evidente que aún nos falta incorporar estas articulaciones y repensar el espacio, no solo como contenedor o soporte material de los procesos sociales, sino como elemento activo que influye en la estructuración misma de la realidad social.

Comprender la ciudad y la vida urbana como elementos mutuamente constituyentes reclama nuevas aproximaciones críticas que den cuenta de las brechas y vacíos en la forma en la que gestionamos el espacio urbano y su planificación, superando enfoques segregacionistas y gentrificadores funcionales a la lógica mercantilista. El diseño del espacio urbano permite incorporar nuevas perspectivas para reforzar la dimensión pública de la ciudad como un bien común que nos pertenece a todos y todas por nuestra dignidad, pero al mismo tiempo la participación de la población en la definición, diseño y uso de los espacios urbanos permitirá integrar los intereses sociales y humanos de manera más pertinente y objetiva a la transformación de esos espacios y de la ciudad en su conjunto.

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