Negra Navidad

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)

Apreciado lector, me atrevo a pensar que el encabezado localizado unos espacios arriba le motivaron a abrir este escrito. Si es así, que de seguro lo es, ha de preguntarse la razón de atribuirle el color ¨negro¨ a una festividad ¨blanca¨, como es la llamada ¨Navidad¨. Ante todo, cabe aclarar que para nada se busca desacreditar, con dicho epígrafe, la belleza, elegancia de la mezcla de los colores o la ausencia de todos ellos: el negro. Esto es sencillamente un juego de palabras que hacen alusión a la manera poco convencional que tiene la Iglesia católica de darle sentido a los colores. Ellos creen al blanco sinónimo de pureza, alegría, paz; mientras que el negro es luto, oscuridad, penumbras, muerte; cada loco con su tema. Igualmente, los vocablos ¨Blanca Navidad¨ no son más que un término ya globalizado –no sabría si decir ¨gracias¨– a un villancico de antaño en el que ¨Blanca¨ hace referencia a la nieve que el compositor echaba de menos de su ciudad natal.

Partiendo del modo en que la ¨Blanca Navidad¨ ha llegado a naciones en las que no tenemos nevadas en diciembre, ni en ningún otro mes, podemos notar, en ese simple detalle, que los cuentos navideños son simplemente eso: cuentos, historias falaces de larga data en el tiempo. Es necesario, para iniciar, incluso poner en tela de duda la vida y obra del nazareno, pero aquello corresponde a otro orden de ideas que, tarde o temprano o más temprano que tarde, se abordarán. Lo que nos compete, por estas fechas, es detenernos a pensar acerca de una versión distinta sobre la conmemoración del nacimiento del ¨taumaturgo¨.        

La situación es, cuando menos, compleja, inverosímil e incongruente desde el inicio: un niño que viene al mundo por causas que distan, a años luz, de la reproducción sexual. En nuestra era, todo el avance científico -que espanta- no ha podido crear un humano sin que haya existido de por medio el acto carnal o algún tipo de fecundación alternativa. Entonces, es válido, para aceptar que el nazareno haya existido, dar por hecho que su concepción tiene mancha de lo que ellos conocen como ¨pecado original¨. Con base en la anterior elucubración, en adición a una total carencia de fe, los párrafos que siguen adquieren rumbo.

En primer lugar, no existen pruebas, firmes o fofas, que demuestren que el hijo de nadie más que José y María haya nacido en el último mes del calendario gregoriano -otra imposición eclesiástica, por cierto-. Lo que narra la historia de los vencidos, que por ende debe contar con mayor credibilidad, es que, en los primeros siglos de cristianismo, tras muchos concilios, persecuciones a las minorías judeocristianas, el alto mando de lo que hoy es El Vaticano decidió ubicar el natalicio de su ¨salvador¨ en el veinte y cinco del doceavo mes. Esta fecha no fue elegida al azar, como lo son todos sus preceptos, sino que fue parte de una siniestra estrategia, como lo son todos sus mandamientos, a través de la cual buscaron reemplazar la ¨Saturnalia¨, festividad de suma importancia para el Imperio Romano pagano. Durante los Saturnales, que se celebraban los últimos días de diciembre, se acostumbraba a dar regalos, ofrecer todo tipo de orgías y hacer sacrificios a causa de la llegada del nuevo sol. 

La cúpula cristiana irrumpe, con su habitual desmedida violencia, en costumbres ajenas e imponen sus aberrantes creencias que, a partir de allí, se extenderían a una velocidad que puede ser comparada con ¨Ómicron¨, hasta llegar al contagio colectivo. No obstante, esa solo sería una prueba de campo, un ensayo de laboratorio, dado que cuando la cruz -y la espada, por supuesto- hubieron tocado actual terreno también latino, pero americano, usaron la misma fórmula: sincretismo y suplantación de ídolos. Semejantes métodos armaron su reino en la Tierra. ¡Vaya fortuna de estos ignominiosos! Hacen coincidir su ¨Navidad¨ por las fechas del ¨Kapak Raymi¨ de nuestros ancestros, una celebración incaica que, al igual que la ¨Saturnalia¨, festeja el nacimiento del sol.

Conforme han transcurrido los años, se han inventado numerosas representaciones y demostraciones en torno a las navidades. Una de ellas, los obsequios. Ya conocemos que el ¨dar regalos¨ responde a una usanza pagana romana, misma que los católicos han modificado para relacionarla con los presentes que, según la leyenda, los Reyes Magos llevaron al judío recién nacido -dato curioso: dícese que esos distinguidos señores eran practicantes zoroastristas-. Aparentemente, la compra y venta de juguetes, electrodomésticos, trajes, utensilios varios, automóviles, dispositivos electrónicos, ofertas, descuentos, promociones, en suma a un infinito etcétera, es la forma en la que se entiende, hace ya varias décadas, la ¨Navidad¨.       

Podríamos culpar de ese absurdo consumismo a ciertas películas taquilleras de los angloparlantes que muestran su ¨enorme creatividad¨ al hacer tantos y cuántos filmes ficticios navideños que deslizan un mensaje mercantilista sin ton ni son. Asimismo, proviene del lado de los bloques dominantes la estrafalaria idea de hacer que los infantes escriban lo que quieren de regalos, a fin que dejen junto a esa enorme lista un vaso de leche acompañado de un par de galletas. Todo, para que otro personaje sacado de un cuento de hadas, entre por la chimenea a recoger la lista y embutirse las golosinas que para él fueron destinadas. Atención, que el olor a miga, masa, lácteo terminará por atraer a politiqueros con ribetes de roedores antes que al aclamado Papá Noel.

Se desprende de las últimas líneas la lamentable realidad en la que flotan, desesperanzados, millones y millones de niños que jamás han tenido y, de seguir así el mundo, jamás tendrán un regalo. Párvulos a quienes este inicuo planeta les ha negado la oportunidad de si quiera aprender a escribir ¿Será que los renos de San Nicolás no llegan a las regiones marginadas de la tan bonita sociedad perfecta? Quizá a ese senil ventrudo no le agrade el clima africano, la humedad de las selvas tropicales o el desierto medio oriental. O puede que esos chicos no se hayan comportado lo suficientemente bien para recibir un mísero plato de comida cada veinte cuatro horas.

Sin embargo, no hay de qué preocuparse, claro que no, pues las ¨sagradas¨ escrituras dicen que el paraíso les pertenece a los pobres desamparados, solamente tienen que esperar que les llegue la hora de la muerte. Los que sí deben tomar cartas en el asunto son ese montón de las largas sotanas, relucientes calzados e impecables solideos que no viven nada hacinados, no pasan hambres, ni desventuras. Con tremendo nivel de vida, su única inquietud les rememora Marcos, el ¨evangelista¨, en el capítulo diez, versículo vente y cinco ¨…es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios…¨. Aunque, seguidamente, dice el versículo veinte y siete que, como era de suponerlo, para el muy supremo hacedor ¨nada es imposible¨… Ah, por fin comprendo el sosegado letargo del sínodo y sus repentinos arrebatos de libido.

Por otro lado, es en esta temporada en la que el laicismo pasa al baúl del olvido, ya que toda institución educativa, fiscal o particular, del kínder a la universidad organiza indistintos eventos de tinte religioso. Programas que van desde un concurso al mejor árbol navideño, con material reciclado obviamente, hasta ceremonias oficiadas por el mismísimo párroco de la comunidad. En estos actos no puede faltar el juego del amigo secreto, la cuota para la elegante cena, tacones, faldas, maquillaje, alisados, sacos, corbatas, perfumes. Y juntos en la mesa, raro es aquel que no fotografía el plato fuerte para presumirlo en sus redes antisociales.

Dentro de esta misma perspectiva, a día de hoy, los autodenominados ¨rebeldes¨ han querido transfigurar el significado de la ¨Navidad¨ ajustándole a su verdadero rostro una máscara de falso amor, engañosa caridad y ciego positivismo. Dicen estar contra corriente, pero se les infla el pecho, se piensan misericordiosos, compasivos porque en sus rezos de adviento piden por los menesterosos. Además, entregan una canasta de víveres con el desesperado propósito que el ¨niño Dios¨ nazca en sus corazones. Seguramente los ha visto merodear por ahí, usan casacas que resaltan el logotipo de sus ilustrísimas congregaciones, concurren repetidamente a los centros de culto y demás convivencias. Si se le acercan, constate que la funda de caramelos que le den, no lleve ningún panfleto o invitación a unírseles. Ni sus briosas plegarias, ni sus dantescas, sinuosas muestras de una malsana benevolencia marcarán la diferencia. La ayuda, se supone, debe ser desinteresada, sigilosa, ¨lo que hace tu mano derecha que no lo sepa la izquierda¨, pero, si de ellos dependiera, televisarían sus majaderías.        

En Cuenca (Ecuador) el veinte y cuatro de diciembre tiene lugar una gran procesión por la calle principal del centro histórico-colonial. El afamado ¨Pase del Niño Viajero¨ concentra, año tras año, a más de cincuenta mil personas entre disfrazados y espectadores de la multitudinaria pasada. A citado evento acuden la mayor parte de sectores sociales. Habrá quienes interpreten las danzas, cánticos, homenajes como una muestra de interculturalidad, folklore, tradición, costumbre, cultura popular; empero, si se mira a por otros lentes, la óptica da un giro completo. En ese desfile lo que se aprecia son los dos fenómenos antes señalados: sincretismo y suplantación de ídolos. Resulta una temática delicada, presta a ser tratada con pinzas extremadamente finas, basta de ese comentario, porque quien destaja, no baraja. Independientemente, le invito a que digite en nuestro amigo el que todo lo sabe, Google, mencionada concentración religiosa y saque sus propias conclusiones.      

Este viernes, por manifiestos motivos, el ¨Pase del Niño Viajero¨ será diferente. Únicamente se ha autorizado una caravana motorizada. Ante tal decreto, la Arquidiócesis de Cuenca se ha pronunciado enviando un mensaje que debe ser rechazado categóricamente: ¡No! Si es como ha sido hasta ahora, que el ¨Niño Viajero¨ ni ¨nos acompañe¨, ni ¨nos bendiga¨. En todo caso, entrada la velada, vestiremos nuestras mejores prendas, cenaremos pavo, nos aglutinaremos de salsas dulces, nos embeberemos de vino, posaremos felices alado del pesebre, a los pies del árbol luminoso. A medianoche, después de ingerir chocolates desmesuradamente, vendrá ese frívolo abrazo y antes de darnos cuenta llegará otra ¨nochebuena¨. Posteriormente, el caos de fin de año, el relajamiento colectivo, ese júbilo inexplicable, plus las promesas al aire serán la antesala de un año más, un año menos.   

En definitiva, el bagaje cultural que sobre nuestros hombros pesa, obliga a decir:

¡Feliz y Negra Navidad!

2 comentarios en «Negra Navidad»

  1. Sabias palabras que les hace reflexionar a uno como persona y a darse cuenta de la triste realidad que nos rodean, y de la aclamada etiqueta que lo ponen para tapar cierta mediocridad. Como se dice, no se tapa el sol con un dedo, pero para aquellos que quieren seguir cegados ante la luz de la realidad será obvia esta frase. Feliz y negra navidad amigo

  2. No se ha podido explicar de mejor manera las negras acciones de las que somos menesteres, mi querido amigo me enorgullece leer tu sentir lleno de tanta verdad. Palabras que nos llevan a la reflexión de lo que en verdad significa la Navidad.

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