Los abismos generacionales, un tema de recato

Por: Luis Curay Correa, Msc.
Vicerrector UETS Cuenca (Ecuador)

Contigo, pan y cebolla
Refrán popular

Encaramos un tema generacional, sus formas de configurarse, el cómo los sujetos que lo habitan se desarrollan, se comunican, interactúan; y también su división, que gratuita o no, se ha impuesto en el argot científico y popular. Nos referimos a las Generaciones Sociales, cuyas estratificaciones nos llegan como membretes cuyos orígenes se nos hace difícil consensuar. En un rastro muy cercano -definitivamente por la experiencia- visualizamos las formas peculiares de comportamiento generacional. Términos como Baby Boomers[1] (1946-1964), Generación X (1965-1980), Millenials (1981-1996), Generación Z (1997-2012), y Alpha/T (2012-2021) intentan agrupar a los nacidos entre estas fechas que tienen rasgos distintivos que los diferencian unos de otros. No existe un hecho crucial y definitivo que marque una división contundente entre generación y generación; además en algunas sociedades se observan diferentes lapsos de nacimiento, vigencia o muerte generacional. En esos acomodos contextuales queda por resignificar la valía de pertenecer a uno de estos estratos, los mismos que ganan adeptos desde quienes están dentro de ellos, y a su vez se vuelven inmisericordes al analizar los rasgos característicos entre los que se encuentran suficientes pruebas para descalificarlos o minimizarlos. Más allá de las marcadas y lógicas diferencias, en esta oportunidad nos centrarnos en las coincidencias que pasamos a referir:

  • Las sociedades, en el momento histórico en el que se encuentren, se dinamizan por la interacción de sus actores. Característica que nos muestra de cuerpo entero: ¿quiénes somos en verdad?, ¿cuál es la contribución que brindo como persona humana a mis semejantes, a la naturaleza?, ¿cuál es la huella que dejo en este espacio de tiempo llamado vida? Entonces las herramientas utilizadas, todas, en la medida necesaria, son inevitables y esencialmente necesarias; por ello el brío del reclamo y la irreverencia se presentan como la voz de los que no tienen la oportunidad de ser escuchados; pensamos en este sentido en los millones de personas que viven aquejados ante la injusticia campante y que miran en la desigualdad social el ambiente en el que iniciarán y terminarán su existencia. ¿Debemos callarnos? No, absolutamente, no. ¿Debemos ser pacientes y conformistas con un supuesto destino que nos es otorgado sin haberlo pedido? Tampoco, nunca. Si la voz no llega, exigimos ser atendidos a través del grito libertador; en consecuencia, gritamos desde los adentros más profundos, con la ira desbordada: el silencio es cómplice y juez. ¿Gritar por gritar?, para nada: las libertadas son ofrendas de una evolución que nos permite vivir en comunión, sin hacerle daño a nadie.
  • El hombre, desde que es hombre, basa su status de superioridad en la adaptabilidad a su entorno, lo que le exige experiencia. En este sentido nos causa gracia cuando frases clichés osan cercenar lo rico e inestimablemente valioso de la conjunción entre lo actual y el pasado. Todo la anterior es mejor resulta una aseveración risible y ridícula, con ella damos aval al estancamiento cultural, a la aniquilación total del hombre como ser pensante; pero, ¿debemos ocultarnos en el sueño inhumano de la pasividad y la negligencia? Veamos a tener de ello algo simple: Baby Boomers extasiados con el poema de Medardo Ángel Silva El alma en los labios convertido en canción, bebiendo hasta la inconciencia, llorando por un amor no correspondido, perdiendo la vergüenza en cada copa de aguardiente ganada; o también dejando en claro su admiración por el baile de un tango ejecutado con la pasión y la sensualidad del caso, aplaudiendo la caricia disimulada, el contacto visual y físico, los sentidos alentados con la imaginación voraz, el fuego, la excitación, el clímax. Los Millenials coreando la canción Quiéreme de Farruko a todo pulmón, exaltados por los movimientos de un reggaetón fuerte y rítmico, golpeándose el pecho de manera contoneada y reiterativa, llamando a dos manos, caminando a pasos redoblados y medio encorvados, viviendo, sintiendo. ¿Quiénes somos para criticar una u otra generación?, nadie. ¿Se equivocan los Boomers, Los Millenials?, jamás. En algún momento ambas son exageradas y dañinas, en otro, aprendizajes hermosos.
  • La exclusión de todo lo que incluya destrucción del otro y de lo que nos rodea, resulta ser el aprendizaje que nos ubica cuando los excesos han pasado. A veces resulta tarde; el tiempo, inexorable e imperdonable, cobra con creces lo cometido y también lo obviado. Cuando somos lo suficientemente lúcidos para entender esto, es decir, cuando la experiencia nos va dejando sus regalos, una luz inconfundible alumbra el camino: todos somos uno y así debemos permanecer. Y habrá también muchos que, ciegos por conveniencia, por justificación o por ignorancia, dejarán sus vidas en la total oscuridad; este resulta el cáncer que aún nos persigue y es primigenio.

Es cosa rara para los intelectualoides comprender que la música, por ejemplo, admite muchas aristas en su forma de existencia. Ninguna de ellas termina siendo superior, simplemente se ha creado porque un grupo de personas la consumen, la utilizan. En alguna oportunidad algún amigo nos dijo: ¿y vos escuchas reggaetón a la edad que tienes, acaso no tienes vergüenza? Meditamos la respuesta un poco. ¿Por qué he de tenerla si bailo a su ritmo con felicidad?, tampoco me gustan aquellas letras que resultan ofensivas e irrespetuosas -según nuestro criterio-, pero sí, lo escucho y lo disfruto. Por unos instantes nos sentimos desubicados, generacionalmente hablando, sin embargo, recordamos cómo eran esperados los aportes musicales de algún diario del país poniendo a nuestra consideración una hermosa colección de músicos clásicos, sus historias, su contexto, el tesón por hacer de su arte primero una experiencia personal encantadora, y luego, armonía universal; hemos coreado con el corazón las letras de Rubira Infante desde muchos de sus intérpretes; hemos vibrado con Pablo Milanés y Silvio Rodríguez;  nos aprendimos de memoria las coreografías del grupo Menudo, y también admiramos la poesía de Perales y Joaquín Sabina con cuyas letras aderezamos algún llanto peregrino. Algún graffiti con todas las faltas ortográficas imaginadas ha detenido nuestra marcha para leerlo más de una vez, causando en nosotros un suspiro inusitado; y recordamos también la agitación enorme que sentimos cuando descubrimos el arte bendecido de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, o los gratificantes paseos por Florencia y sus museos, el Retrato de Dante de Boticcelli y las esculturas de Baco y el Rapto de las Sabinas en la misma ciudad; nos leímos de un solo tirón El Viejo y el Mar de Hemingway, nos conmovimos como nunca con la suerte de María y Efraín en la obra de Isaacs; vivimos con estupefacción el comportamiento diabólicamente divino de Fonchito en Los Cuadernos de Don Rigoberto y Elogio a la Madrastra de Vargas Llosa, así como nos perdimos en las aventuras de Kalimán, El Águila Solitaria y Memín Pinguín. Damos gracias por esos contrastes y esperamos ansiosos nuevas oportunidades para descubrir esa imbricación hermosa entre lo que pasó, lo que tenemos y lo que se está creando.

Desde siempre “pan y cebolla”, y si es “contigo”, mucho mejor. Perdón por la explicación un tanto borrosa y tal vez ambigua de lo que entendemos en este refrán y con el cual abrimos este artículo. Las generaciones debemos articularnos de tal forma que valoremos lo bueno y lo malo que vamos dejando; el aprendizaje, desde esta perspectiva, será siempre valioso, y de seguro nos permitirá ser mucho mejores de lo que somos.


[1] Las fechas entre paréntesis corresponden a los años de nacimiento de las generaciones nombradas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.