De rayuelas y cronopios

Por: Abdón Ubidia
Escritor, Quito (Ecuador)

Cortázar es un cronopio. Un cronopio está hecho de tiempo. Pero no cree en él. No le pesan ni el pasado ni tampoco el futuro. Le importa el presente. Lo que ocurre entre el pasado y el futuro. Nada más. Es un existencialista juguetón. Le gusta lo alegre y ligero de la vida. A su modo, ama la superficialidad, por lo cual sospechamos que está hecho de profundidades. Un cronopio se juega en el juego. Es un jugador contumaz. Cortázar es un jugador. Como el filósofo Huizinga, cree que todo nace del juego: el arte, la matemática, las leyes, la propia cultura. El juego es anterior a ellos. La prueba es que los animales lo practican. Sólo que el de los humanos tiene reglas. Y en él se puede ganar o perder.

Los cronopios de Cortázar siempre juegan a perder. Porque, en el mundo real, serio, solemne, institucional, sus reglas no convencen, a nadie. Allí sólo cuentan el poder, el dinero, la “fama” desde luego. Jugar por jugar es allí, un juego perdido. Y los artistas y los soñadores están, por eso, condenados. Lo prueban los héroes de Cortázar. Todos, grandes perdedores: el Johnny de El Perseguidor, el Horacio Oliveira de Rayuela, cuántos más. Ellos saben bien que no hay manera de ganar en el mundo de los hombres de provecho. Y lo que es más grave: no hay manera de ganarle a la vida. Por eso es mejor jugar sin  preocupaciones: gozar el juego: ser un auténtico cronopio.

Julio Cortázar es un cronopio que hace de cada libro, para variar, un juego: Los premios, 62 modelo para armar, Pameos y meopas, Historias de cronopios y de famas, su primer libro se llama justamente así: Final del juego. Y su mayor novela: Rayuela. Aquellos títulos lo dicen todo. No necesitamos juntar más pruebas. Quizá una más: su amor por la música y por el jazz, especialmente. Vista bien, o mejor: leída bien, la mentada nouvelle, El Perseguidor, es una formidable pieza de jazz. Y no sólo por el tema. Más bien por el estilo y quizá por el caprichoso tiempo verbal, el participio pasado, en el que está narrada enteramente. En ese estilo musical está el más puro Cortázar. Esa cadencia de sus frases, ese ritmo, esas armonías y leit motives tan libres y, a la vez, tan articulados.

Pero si, en El Perseguidor, el jazzman Cortázar, el trompetista, que también lo era −y muy bueno−, apuesta a la música, en Rayuela juega a la literatura más pura: el lector salta de capítulo en capítulo, dentro de una auténtica rayuela hecha de textos que explotan las posibilidades expresivas más audaces del relato castellano, tal como lo hizo, en el inglés, Joyce, en su Ulises. Y uno brinca, con una facilidad sospechosa, del plano físico al metafísico. Y brinca del lado de acá al de allá y a otros lados, del París de los migrantes, al Buenos Aires de los porteños mínimos y dulces, que también los hay (y si Cortázar lo dice, así será…) y brinca, por sobre todo, azarosamente, de la casa (en el sentido rayuelístico del término, se entiende, del cronopio Oliveira, tan intelectual y perdido, el pobre, a la de la Maga, la cronopia nada intelectual, aunque no menos perdida; o a la casa de los cronopios Talita y Traveler.Y brinca a la casilla del pequeño Rocamadour, el hijo de la Maga, muerto en su cuna de niño; hecatombe con la cual el edificio entero de Rayuela, esa catedral ultramoderna que es la novela, se estremece y sacude y, de pronto, ese tremendo sismo brinca también, pero fuera del texto,  hacia el lector, cuyo corazón se rompe de pena y de ternura por el pobre Rocamadour, sí, de acuerdo, pero también por la Maga, ya huérfana de su hijo, y por el pobre Horacio Oliveira, incapaz de entender la vida ni de estar nunca a la altura de las circunstancias, y  el corazón roto del lector que ya ha dejado de ser, con toda seguridad, el corazón de la Esperanza o del Fama que fuera hasta ese momento, ya sólo es el corazón de un cronopio más que se muere de compasión por todos los Oliveiras y las Magas y Rocamadoures del mundo y por él mismo, pues se estará preguntando: ¿Por qué mierda la realidad real es así, por qué la gente se muere y los amores se acaban? ¿Por qué diablos esa novela tuvo que acabarse?; ¿por qué todos los juegos tienen que acabarse?, dejándonos otra vez solos, en el desamparo de los estadios vacíos y los ajedrecistas sin tablero y la propia vida que no siempre puede llenarse con  algo tan serio, tan importante, claro está, como es cualquier, pero cualquier juego.

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