OCTUBRE

Por: Abdón Ubidia
Escritor, Quito (Ecuador)

Eran dos viejos que se odiaban. O sea que se amaban de otro modo. Mejor: que en unos días se amaban y en otros se odiaban.  Y así durante medio siglo.

Ahora era octubre. Y en la ciudad cundían, en la noche cóncava, altas explosiones como de fuegos artificiales. Pero no eran fuegos artificiales.  

Los dos, detrás de la ventana, miraban las desiertas calles de la ciudad. Había llovido y en el negro pavimento brillaban reflejos dorados. Hileras de luminarias encendidas, impasibles en la medida noche.

Y allá, en media ciudad, estallaban, invisibles, a veces esporádicos, a veces como en racimos, los estruendos sordos de un asedio cruel.

El nieto no había llamado como siempre, a las nueve, para saber cómo estaban.

Nunca había dejado de llamar.

Ella y él, detrás de la ventana, miraban los girones de niebla que se escurrían, como rebaños, por las calles de la madrugada.

Y los estruendos, ahora espaciados, aún estremecían la ciudad.

Él y ella, muy juntos, miraban la ciudad como si fuese una incógnita, una gran interrogación.

¿Qué estaba pasando con el nieto?

Ambos sabían que había concurrido a las marchas.

─Es mejor que no vayas ─le había suplicado ella.

─Es peligroso ─le había advertido él.

El nieto les dijo que no se preocuparan.

Pero los dos sabían su decisión. Tenía sus razones poderosas. La ira de la gente. La codicia de los ricos. La represión del gobierno. Y, desde otro corazón, también su juventud.

Y no llamaba.

─Tengo un presentimiento ─dijo ella.

─No habrá pasado nada ─dijo él.

─Están reventando los ojos ─dijo ella.

En otro momento, pudo ser el inicio de una discusión absurda. Cómo otras veces.

Pero ahora fue distinto.

Mal acomodados al filo de la banca, frente a la ventana, él apretó la mano de ella. Y ella no la apartó. Cómo otras veces. En cambio, la acarició como si la mano de él fuese una mascota.

Así se durmieron.

Al amanecer el teléfono los despertó.

A esa hora una llamada no podía ser buena.

El corrió a contestarla.

Ella se persignó.

─ ¿Por qué no llamaste? ─dijo él. Estábamos muy preocupados.

Se despidió y cerró el teléfono.

─Está bien ─dijo.

Los dos viejos se abrazaron. Y lloraron juntos.

Un alivio parecido a la dicha burbujeó en sus corazones antiguos.

Pero ambos supieron que, por esta vez, la desgracia había pasado de largo y había ido a posarse, en la ciudad sitiada, como un ángel del Mal, en otro hogar.

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