Manifiesto para quien quiera leerlo

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

Ya que no podemos ganar siempre, hay que aprender a perder con elegancia. Por muy bien que nos trate la vida, hay que tener presente siempre que al final el tiempo nos derrota a todos. No hacer como esos ilusos que gastan su pasión y su genio en la consecución de objetivos ajenos a sí mismos y si los consiguen se consideran triunfadores, sin darse cuenta de que han derrochado su vida corriendo detrás de ilusiones baldías. Y cuando les llega la hora de la renuncia sufren terriblemente, no comprenden que eso les pueda ocurrir a ellos y se aferran de manera patética a los restos de su gloria desaparecida, de su poder muerto.

Por eso, es preciso ver las cosas con distanciamiento, pero no automarginarse. Si vale la pena emprender una empresa, poner el entusiasmo y esfuerzo necesario para coronarla con éxito, pero no más. Y tener presente siempre que el mundo no se termina si se fracasa, que la vida de uno no depende de ningún proyecto que pueda realizar o no. Depende exclusivamente de uno mismo, de su honestidad e interés, y a estas alturas ninguna persona decente está obligada a demostrar nada a nadie.

Algunos fanáticos del pensamiento único insistieron hace años en que la historia había fallecido de muerte natural y que la posthistoria que la sustituyó no es solo que hubiera dado paso a un mundo mejor, sino al único posible. Todavía hoy algunos inasequibles siguen aferrados a esa majadería, que sirve de coartada a su creencia, falsa e interesada, de que solo el funcionamiento libre y sin injerencias del mercado (excepto cuando se trata de acudir en su ayuda por las crisis que provoca), garantiza que todas las personas reciban lo que en verdad merecen.

Muchos de los que nunca han creído en esa utopía al revés siguen conservando la capacidad de indignarse ante el espectáculo de la injusticia cotidiana. Saben, por ejemplo, que la pandemia de la Covid con todas sus variantes nunca se erradicará, mientras la política criminal de la OMS siga negando a la humanidad la exención temporal de las patentes farmacéuticas de las vacunas, que hace más de un año solicitaron La India y Sudáfrica. Saben que, concretamente en el continente africano, solo el 7% de la población está inmunizada (frente al 44% mundial y el 90% de Europa, EE.UU. y otros países del mundo más rico); y que es precisamente en el sur de África donde están surgiendo las últimas variantes del virus, la Ómicron entre ellas. Saben también que la reacción de la Comisión Europea, con su presidenta Úrsula Van der Weiden al frente, ha sido no obligar a las multinacionales farmacéuticas a levantar las patentes, sino cerrar las fronteras con Sudáfrica, sabiendo que eso no resuelve nada. El Ómicron está ya en Europa, donde la Pfizer ha anunciado que adaptará su vacuna al mismo, para hacer frente a la nueva oleada del covid y ganar una nueva oleada de billetes. Mientras, en África y en el resto del mundo menos desarrollado la gente —adultos, viejos, mujeres y niños— seguirá muriendo como chinches.

Hay que convertir la indignación en rebeldía, no contentarse sólo con tenerla y tragársela. No volver la cabeza para no ver la realidad. Todo lo contrario, denunciarla, luchar contra ella y no resignarse nunca. Por muchas frustraciones y desengaños que se haya sufrido, es menester conservar intacta en el corazón esa insumisión esencial y manifestarla en palabras y actos siempre que se pueda.

Los sistemas en los que alguna vez hemos creído muchos se han derrumbado. Quizá no merecían otra cosa. Pero los que les han sustituido son todavía más inicuos y crueles. Esa mercadería falaz solo ha traído muerte y desolación. El capitalismo actual está matando más gente y destruyendo más mundo que la pandemia en sí, cuya gestión es tan solo una manifestación más de la perversidad, usura e injusticia del sistema.

Han convertido el mundo en un bazar de engaños, una inmensa superficie comercial siniestra, plastificada y llena de luces de colores (predomina el color lívido de las bombas), donde señorean los ladrones de sueños, los vendedores de carne humana y los atracadores de alto rango con el brillo de la navaja en la sonrisa. Poco podemos hacer para cambiarlo, pero lo que no cabe en absoluto es unirse a la patulea de mercaderes sin conciencia o al coro de descerebrados que canta sus alabanzas. Es preciso resistir, no abandonar el terreno a los traficantes de mentiras, a los asesinos y a sus cómplices. Allí donde actúan hay que denunciarlos para que las víctimas se den cuenta y puede que algunas se rebelen también.

Pese a ese esfuerzo no se debe abandonar la piedad. Hay que ser justo y honesto y evitar que el odio a los malos y a su maldad domine nuestro ánimo. Una actitud globalmente positiva no justifica para todo y en cualquier cosa. Aunque se luche contra el monstruo uno no debe convertirse en monstruo. Aunque se viva en las mismísimas entrañas de Leviatán no debemos alimentarnos con los pequeños seres que la bestia devora. No hay que caer en las tentaciones del poder, pero tampoco rehuir las responsabilidades, si alguna vez se tiene alguna. Sobre todo, las principales: las humanas, reflexivas y cívicas responsabilidades del disenso y la solidaridad, que nos convierten plenamente en personas.

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