Las desventajas de obedecer

Por: Jacqueline Murillo Garnica, PhD
Colombia

La educación proclama ser uno de los ejes de la sociedad. A partir de ella se consolida el ciudadano capaz de transformar la realidad y construir un futuro que propenda por formar generaciones más sensibles, con consciencia del contexto para generar un desarrollo social y erradicar la pobreza.

No obstante, la retórica abraza intenciones, enardece los ánimos y el rebaño es obsecuente con los estímulos verbales que se pronuncian como salmos bíblicos para consagrar ejércitos de obediencia al servicio del estado o del sistema que lo sostiene. Conviene recordar ahora, para el caso colombiano, cómo la educación ha sido manoseada por los politiqueros de oficio en las últimas décadas. El abismo que se expande cada más entre la educación pública y la privada va dejando a su paso una estela de pobreza que va de la mano con la baja calidad que cada vez es más notoria. Solo por referir en este párrafo, una de las diferentes aristas de esta situación.

Si hacemos un repaso por la historia reciente de Colombia, en la administración Gaviria se conformó una comisión de sabios, un coctel entre ciencia y humanismo. Sus miembros más reconocidos eran el científico Rodolfo Llinás y el nobel, Gabriel García. En entrevistas al científico siempre ha sostenido que la educación ha estado de espaldas a la realidad, y Gabo respaldaba con decir que no logramos un país al alcance los niños (recomiendo su ensayo Manual para ser niño). El aliento se quedó en la palabra escrita o pronunciada y no se proyectó una educación de largo vuelo.

Luego, para cumplir con la Ley General de Educación que debía regirse en fortalecer una educación que ayudara a consolidar la democracia y la paz. Una educación que nos ayudará a consolidar la democracia y la paz, asegurar una infraestructura adecuada en todas las instituciones y trabajar por una educación más pertinente para nuestro tiempo y contexto. Rezaba así en el Primer Plan Decenal en 1996. Sin embargo, este Plan no fue incluido en las administraciones posteriores y la educación se enquistó en los discursos electoreros y en la paquidermia del sistema. Las administraciones de turno dieron prelación a la guerra, y en la primera década de 2002-2009, se amplió más la zanja entre la educación de los colegios privados y públicos rurales dejando en el olvido a la educación rural.

Si tan solo se procurara que los currículos focalizaran toda su atención en enseñar a pensar y analizar el contexto, quizá se empezara a transformar la sociedad, a no obedecer en un aprendizaje memorístico, y reclamar el justo derecho a ese eje de la sociedad que es la educación, concentrar ese currículo en fortalecer los procesos de pensamiento. Es otra de las aristas que se analizan como el germen de una mala educación. Hasta ahora, la educación en Colombia no cumple con las funciones básicas y hay dos motivos que lo soportan: la baja calidad educativa y las brechas que cada vez se van ensanchando, entre la educación privada y la educación pública. El Banco Mundial se ha pronunciado en ese sentido, y ha dicho que se necesitan de once generaciones para salir de la pobreza. Y para colmo de males, las últimas administraciones han mirado de soslayo, y como históricamente ha sucedido puede más el discurso que las acciones que puedan darse en torno a fortalecer desde el sistema la calidad en la educación.

De otro lado, para aderezar el panorama, acrecentar la situación, la escalada de instituciones de educación superior, de alguna forma han contribuido a fortalecer la mediocridad y esas instituciones se han convertido en factorías de títulos. Otra de las patas que le nace al cojo, y seguimos patinando y jugando con lo que se suele llamar alegremente a los cuatro vientos; el futuro del país.

Pero no vamos aquí a echarle toda el agua sucia al sistema, al currículo, a las instituciones que lo enarbolan. Si bien es cierto, existe un peso enorme en la administración, también debe haber una responsabilidad ingente en cada profesor que toda vez lleva en su profesión, el compromiso a no ser obediente, (al sistema), a generar en sus estudiantes fuentes de cambio, con fortalecer el pensamiento crítico y la búsqueda de soluciones a partir de la academia.

El poliedro que se aprecia con todas sus aristas sigue en estado crítico, y mientras no se tome en serio la función de la educación en Colombia, no esperaremos a que se produzcan cambios que puedan llegar como por arte de magia, y se seguirán comparando en los discursos de oficio, las ventajas de la educación en Finlandia con lo que nos falta por hacer en esta materia en Colombia.

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