Disquisiciones un tanto abstrusas sobre la música de las ideas con una explosión final de realismo

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

Cuenta el cronista carolingio Eginhardo que, ya viejo y comido por la artrosis, Alcuino de York solía recorrer las estancias de la Biblioteca Palatina de Aquisgrán, que el mismo había contribuido a fundar. Con delectación y nostalgia el anciano, compendio de la sabiduría de su tiempo, acariciaba las tapas preciosas de los libros, muchos de ellos escritos o copiados por su propia mano, y a veces ladeaba la cabeza y se embelesaba oyendo —decía— la música de las ideas allí encerradas: la sabiduría atormentada de Agustín, la siringa bucólica o las trompas guerreras del divino y áulico Virgilio, la innominada dulzura de la cítara de Aquiles sobrevolando, según Homero, el estrépito de los bronces, o las siempre elegantes notas —ora solemnes, ora frívolas— de aquel genial y escéptico golfo que fue Horacio… “Ah, cuántas melodías entonan para nosotros”, murmuraba el sabio, como excusándose por su labilidad de anciano ante los otros monjes, “sus páginas nos cantan en silencio”.

De toda la música de las ideas la más imaginativa —y puramente ideológica ella misma– es la armonía matemática de las esferas, que solo a unos pocos elegidos, de alma muy seráfica les es permitido escuchar alguna vez. Otro sabio mucho más antiguo, Pitágoras, dice haber oído esa gran sinfonía cósmica de la que derivan todas las músicas del mundo. Los mortales corrientes debemos conformarnos con el sucedáneo melódico del llamado orden universal, puzzle ontológico a cuyo dictado nos devoramos con fruición unos a otros y en el que están exactamente complementados el terror lleno de ojos del cervatillo y la carrera veloz, acompasada y metódica del guepardo.

Para Platón,  otro oidor de músicas celestiales, el alma residía en las ideas, mientras que la realidad era un simple espejo –a veces ovalado o convexo– donde aquéllas se miraban. Este excelso error ha recorrido toda la historia de la humanidad y hoy podemos verlo reflejado en la deriva  del sistema económico dominante, las jugadas de bolsa en las que se compra y se vende no la riqueza real, sino la idea que se tiene de ella. Especulación se llama acertadamente ese tropo del imaginario económico, que nos retrotrae la imagen del espejo, reflejándose esta vez a sí mismo. La ideología se disfraza de realidad y su música terrible y disonante, llena de gritos y rugidos, llega a veces hasta las insonorizadas estancias de los que habitan este lado del sistema, que reproduce hasta el infinito, adoptando la más variadas formas sin dejar de ser el mismo siempre, el orden que determina que sea jaguar el jaguar y gacela la gacela.

No sé si Alcuino, pero sí otros grandes personajes de la historia han luchado por cambiar esta situación que reparte ineluctablemente los papeles de víctima y victimario. Algunos se contentaron con que a veces el antílope, sacando fuerzas de su propia angustia, pudiera poner tierra por medio entre él y su feroz perseguidor; los más radicales incluso han imaginado una persecución a la inversa, en la que, cansados por la carrera, perseguidor y perseguido acaban reposando juntos en el mismo prado.

Utopía es el nombre de esa idea llena de música esperanzada, y yo quiero detenerme para terminar en un hecho que encontré el otro día curioseando por la la Red, y que es él mismo una metáfora de los primeros compases de esa sinfonía reivindicativa. Según un video tomado por un turista de safari en un país africano, un grupo de leones persigue y acorrala a una cría de búfalo rezagada de su manada, pero cuando están a punto de acabar con ella, los restantes integrantes del grupo detienen su huida, se vuelven y atacan a las fieras, obligándolas a soltar su presa y a correr para salvar su propia vida.

Pasa de vez en cuando. Hace años, por ejemplo, en Vietnám y recientemente en Afganistán, los búfalos hicieron lo mismo con los leones. ¡Y no aprenden esos hijos de la gran puta!

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