Paradojas: Las derechas populistas y la desobediencia civil

Por: Juan Almagro Lominchar, PhD
Universidad de Almería (España)

Si Claudette Colvin no se hubiera negado a ceder su asiento en el autobús a una persona blanca aquel 2 de marzo de 1955 en Montgomery (Alabama), probablemente no existiría. históricamente hablando, la figura de Rosa Parks, que nueve meses después repitió e inmortalizó ese gesto que ya queda en nuestra memoria; y quizá tampoco Barack Obama se hubiese convertido en 2009 en el primer presidente negro en EEUU. Si los obreros de Haymarket, en Chicago, no hubiesen organizado entre el 1 y el 4 de mayo de 1886 las protestas sindicales mediante las que reivindicaban, entre otras cuestiones, una jornada laboral de ocho horas, es posible que no se sentasen las bases para poder regularizar las condiciones laborales que a día de hoy la patronal sigue pasándose por el forro; véase lo sucedido recientemente en Cádiz (Andalucía, España), un fiel reflejo de lo que ya pasó en la década de los 80 y 90 con el cierre de decenas de astilleros en otros lugares como Gijón, Vigo o Euskadi, a cuyos trabajadores y trabajadores se había arrojado, previamente a dicho cierre, a unas condiciones de precariedad y disminución de derechos laborales proporcionalmente ligados al incremento de beneficios de las rentas del capital.

En sendas situaciones pioneras –Montgomery y Haymarket- en relación a lo que sucedió después, emerge un factor de desobediencia civil que, como sostiene Vicenç Navarro en su libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante (Anagrama, 2015), es el motor de la democracia: la población oprimida y explotada se moviliza, reivindicando algo que va más allá de lo económico; que tiene que ver con lo sociopolítico, con lo que nos visibiliza y nos ayuda a posicionarnos en nuestros espacios y contextos de convivencia e interacción con las y los demás.

Pero, lamentablemente, y como sucede en torno al concepto de libertad (véase mi columna de la semana anterior: ¿Libertad para quién?), la desobediencia civil ha tomado la senda contraria de la mano de las derechas populistas. Así lo refrendan algunas de las protestas, como consecuencia de las nuevas restricciones a causa del incremento de casos de coronavirus, que estamos viendo estos días en capitales europeas como Viena o Róterdam; protestas que son, ni más ni menos, el reflejo de las prácticas que han enarbolado partidos ultraderechistas como Vox y Alternativa por Alemania (AfD), que desde el inicio de la pandemia han azuzado a la población para que desobedezca las decisiones de las autoridades. Ver para creer.

En la Era del vacío (Anagrama, 2005), Gilles Lipovetsky describe al ser humano posmoderno como un individuo con un empoderamiento extremo, que se muestra reticente y opositor ante cualquier autoridad, y únicamente cree en su yo. De esta visión nace la paradoja que aproxima y vincula más a la extrema derecha con el meollo ideológico anarquista que con el autoritarismo fascista. No obstante, se trata de un fascismo alejado de la visión tradicional: ya no existe una autoridad a la que el pueblo se acababa sometiendo, llámese Duce, Führer o Caudillo; ahora, la ultraderecha sugiere el nacimiento del ciudadano autónomo y a la carta, libre, que hace lo que le da la gana sin atender ni escuchar a expertas, expertos o intelectuales. Y ante esta nueva realidad, todo cabe: desde reivindicar una caña después del trabajo o cuestionar una vacuna.

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