Mujeres Científicas Azuayas

Por: José Manuel Castellano, PhD
Islas Canarias

La mujer ha ejercido, sin duda alguna, una labor clave a lo largo de la historia. Sin embargo, su condición de dependencia jurídica con respecto al hombre y la absoluta discriminación, a la que ha sido sometida en todos los aspectos de la vida social, le ha llevado a enfrentar una lucha constante por el reconocimiento de sus derechos.

La acción reivindicativa de la mujer a lo largo del tiempo se ha caracterizado por un ritmo lento que atraviesa una amplia franja temporal. Esa legítima búsqueda de acceso a los espacios sociales ha obligado a la mujer hacer frente a la rígida estructura patriarcal dominante en todo momento, bajo visiones y planteamientos que deben ser interpretados en su propia contextualización sociohistórica.

Una batalla que, independientemente de sus actuaciones y objetivos planteados en cada etapa, ha tenido un punto de referencia común: la activa y relevante participación social de la mujer. En ese camino recorrido la mujer ha sabido de mostrar su enorme capacidad de perseverancia, superación y su plena convicción en la materialización de sus aspiraciones: desde el reconocimiento jurídico a su ingreso en los centros educativos, a su entrada al mundo laboral, académico, cultural y político. Ese proceso no puede entenderse sin la labor, en unos casos, de las acciones individuales que han servido como referencia modélica y, en otros, de forma colectiva, canalizada a través de las organizaciones feministas, por su empuje y presión social e institucional en la introducción de nuevas normativas legales.

Los primeros antecedentes de acciones colectivas de reivindicación de la mujer tienen su origen en la propia ausencia de contenidos referidos a los derechos de igualdad y género entre los ejes fundamentados sobre Libertad, Igualdad y Fraternidad propugnados por la Revolución Francesa (1789). Se iniciaba así, una larga batalla por la emancipación de la mujer y la igualdad de derechos en todos los ámbitos (derecho al voto, a la propiedad privada, a la educación, a ejercer cargos públicos, etc.).

Un siglo después, en 1911, tenía lugar en los EE.UU. la primera celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, aunque no sería hasta 1972 cuando la ONU aprobara la declaración del Día Internacional de la Mujer, a celebrase el 8 de marzo de 1975, como reconocimiento a su lucha histórica. De esta forma se consolidaba una voluntad institucional de construir una sociedad plural e igualitaria entre géneros, a través de regulaciones y exigencias normativas propias y de adhesión a las internacionales. Esa evolución ha sido muy desigual en el tiempo y entre los territorios, aunque en 1948 la ONU reconocía el sufragio femenino. A pesar de ello, durante el siglo XIX, XX y en estas primeras décadas del XXI, la situación de la mujer se caracterizaba por unas duras restricciones en el desempeño de sus actividades sociales, laborales y por una desigualdad política y educacional.

Uno de los grandes temas de batalla planteado por la mujer en los albores de la contemporaneidad estuvo asociado al sufragio. Se debe recordar que, hasta hace muy poco tiempo, la mujer carecía de capacidad y reconocimiento jurídico y, por tanto, su actuación como ciudadana se encontraba restringida, sometida y dependiente de una potestad que recaía directamente en sus padres o esposos.

El movimiento sufragista, por tanto, introducía un cuestiona-miento del carácter representativo de los gobiernos en manos del hombre y, por consiguiente, las mujeres activaron una intensa lucha cívica en contra de su exclusión representativa. De forma paralela, y como consecuencia del cambio en las estructuras socioeconómicas, junto al derecho al voto, se incorporaban nuevas demandas, como el acceso a la educación, al trabajo y la abolición de la doble moral sexual, etc. Así en el espacio latinoamericano, como veremos más adelante, el reconocimiento del derecho de la mujer a ejercer el voto tiene rostro y nombre de mujer ecuatoriana: Matilde Hidalgo de Procel. Desde esas conquistas las mujeres diseñaron acciones de presión dirigidas a la transformación de las estructuras del poder, con la finalidad de alcanzar su presencia en los espacios públicos y suprimir las fronteras impuestas entre lo público y privado. En ese contexto el sistema organizativo de la mujer, a través de los movimientos sociales y los colectivos feministas ecuatorianos entre los siglos XIX al XXI, han contribuido de forma decisiva a su visibilización en el ámbito social de sus demandas y a la incorporación de parte de sus anhelos y aspiraciones en los textos constitucionales, promulgación de leyes y políticas de inclusión. En ese sentido es de obligada referencia y responsabilidad mencionar al menos a las principales organizaciones que han prestado un alto servicio a la ciudadanía ecuatoriana, como la Sociedad Feminista Luz de Pichincha (1922), Alianza Femenina Ecuatoriana (1939), Asociación Femenina Universitaria (1944), La Unión Nacional de Mujeres del Ecuador (1960) y el Movimiento Feminista Ecuatoriano (1995).

El siglo XXI supuso una consolidación interna y externa para los colectivos feministas, que se reflejaba en una activa participación de programas y acciones. Su peso social se plasmaba en la Constitución de 1998, respecto a la demanda de paridad, en una época en que la integración de la mujer en el mercado laboral se incrementaba, aunque todavía con una escasa representación social en el mundo político y en el mundo universitario. Posteriormente con el proceso constituyente de 2007 y en la Constitución de 2008 se incorporaba una parte de esas aspiraciones en temas de equidad y de no violencia. No obstante, el panorama actual es poco halagüeño, pues la violencia de género ofrece unos índices excesivamente elevados (6 de cada 10 mujeres en Ecuador son víctimas de cualquier tipo de violencia).

La participación histórica de la mujer en el mundo económico también ha sido decisiva, pues ha combinado tanto sus actividades domésticas con las faenas agrarias en las zonas rurales, como con las propias desempeñadas en los centros urbanos. Ese acceso masivo de las mujeres al mercado de trabajo ha traído consigo uno de los cambios más significativos experimentado por la sociedad en las últimas décadas, representando un alto porcentaje en la población económicamente activa; aunque cuentan con enormes desventajas y obstáculos, como se revela por la existencia de una tasa de participación laboral inferior al hombre, el bajo índice en puestos ejecutivos, una remuneración menor, un nivel de jornada inferior, etc.

Actualmente la incorporación de la mujer al sistema educativo y universitario han permitido una mejora importante en el mundo laboral, copado hasta hace poco por el hombre, que ha cambiado sustancialmente la realidad pasada. En ese sentido, se debe recordar que a lo largo del siglo XIX, sólo los sectores privilegiados de la sociedad tenían acceso a la educación. Esa situación era aún más crítica para las mujeres y su proceso formativo estaba dirigido al desempeño del cuidado del hogar, el matrimonio, la procreación o para la vida religiosa. Por tanto, no sería hasta la pasada centuria cuando se inicia un proyecto de incorporación de la mujer a la educación, aunque bajo el rol de la mentalidad de la época, donde los centros de enseñanza estaban reservados al hombre. La incorporación de la mujer a las distintas etapas formativas fue un proceso lento, como limitado fue su acceso a la universidad hasta bien entrado el siglo XX. No obstante, las dificultades encontradas en ese camino nunca fueron un obstáculo para que mujeres valerosas emprendieran en todo momento histórico una intensa labor de concienciación colectiva que ha trazado una sólida estela para las generaciones venideras. Es así que en el contexto ecuatoriano se cuenta con una nómina de pro-mujeres que han marcado hitos de especial relevancia en distintos espacios públicos, ampliaron nuevos horizontes a la invisibilidad secular y se enfrentaron abiertamente a los paradigmas dominantes establecidos.

De este modo, no podemos dejar de referenciar a un elenco de ecuatorianas, cuya aportación fue clave en la conformación cultural e identitaria en los diferentes campos sociales, políticos, profesionales y en el mundo de las ideas. Así la ambateña Ana de Peralta (c. siglo XVIII), nacida en Huachi, es un símbolo del feminismo ecuatoriano por su rebeldía frente a las disposiciones coloniales españolas, al encabezar una protesta contra la Cédula Real de 1752, que prohibía a las mujeres mestizas usar vestimentas indígenas o españolas. Además, es considerada como promotora del primer movimiento de mujeres en la Real Audiencia de Quito que luchó por la libertad y los derechos de la mujer.

Manuela Cañizares y Álvarez (1769-1809) y Manuela Sáenz Aizpuru (1795-1856) son dos referencias claves y precursoras de la participación de la mujer en el movimiento emancipador de Latinoamérica, cuyos comportamientos fueron cuestionados y marginados por la sociedad del momento por trasgredir el rol que se adjudicaba a la mujer en esa época pero que, afortunadamente, han sido rescatadas por la Historia en estas últimas décadas. En ese plano de libertadora-revolucionaria, junto a su compromiso feminista e intelectual, se encuentra con nombre propio Manuela de la Santa Cruz y Espejo (1753-1829), a las que algunos recurren a valorar su figura simplemente por ser hermana de Eugenio Espejo, rebajando su papel de mujer, además, de ser una de las precursoras de la enfermería en Ecuador.

Otro icono del movimiento feminista ecuatoriano fue Marieta de Veintimilla (1855-1907), destacada pensadora y escritora, sobrina del general Ignacio de Veintimilla, que llegó a desempeñar funciones de décimo primera Dama de la nación y encargada del poder Supremo en ausencia de su tío. Apodada “la Generalita” participó en los movimientos armados de 1882 contra los conservadores. Junto a ello, no debemos obviar la heroicidad de un conjunto de mujeres activistas insurgentes, las denominadas “guarichas”. Una gran mayoría de ellas anónimas que no han sido registradas suficientemente por la historia, aunque se cuenta con algunas referencias, como es el caso, entre otras, de Dominga Vinueza; Nicolasa Jurado; Inés María Jiménez; Gertrudis Esparza; y Rosa Robalino.

A finales del siglo XIX sobresale la presencia de mujeres en la lucha revolucionaria dentro de las filas liberales en 1895, que desempeñaron tareas logísticas, propagandísticas y hasta financieras. Entre otras muchas, debemos señalar a María Matilde Gamarra de Hidalgo; Dolores Usubillaga; Juliana Pizarro; Maclovia Lavayen de Borja; Carmen Grimaldo de Valverde; Joaquina Galarza de Larrea; Felicia Solano de Vizuete; Leticia Montenegro de Durango; Dolores Vela de Veintimilla; Tránsito Villagómez; Filomena Chávez de Duque; Sofía Moreira de Sabando; Delfina Torres de Concha; Rosa Villafuerte de Castillo; Cruz Lucía Infante; Delia Montero Maridueña, etc.

La orense Zoila Ugarte de Landívar (1864-1969) fue una de las pioneras en el ámbito de la defensa del sufragio femenino, además, de escritora y primera mujer en ejercer el periodismo en Ecuador, junto a Hipatia Cárdenas de Bustamante (1889-1972). Fue la primera directora y redactora del periódico político La Prensa en 1911, fundadora de la revista La Mujer en 1905 y directora de la Biblioteca Nacional. En el ámbito del activismo participó en la creación de la Sociedad Feminista Luz del Pichincha (1922) y del Centro Feminista Anticlerical (1930), agrupación que luchó por la defensa del derecho al voto femenino tras su aprobación en 1929, ante el surgimiento de grupos conservadores.

La lojana Matilde Hidalgo de Procel (1889-1974) es otra de las figuras emblemáticas. Fue la primera mujer en reclamar e inscribir se para ejercer su derecho al voto, cuando era solo un derecho concedido a los hombres. Su voto fue el primer sufragio femenino en América Latina. Fue la primera mujer en Ecuador en doctorarse en Medicina y la primera en ocupar un cargo político por elección popular en la administración pública en Loja, aunque relegada a la calidad de suplente, que llevó a miles de mujeres a rebelarse bajo el grito: “¡Queremos una voz femenina que sepa defender nuestros derechos, pospuestos injustamente por sociedades constituidas bajo la prepotencia viril!”. En el ámbito cultural y social, fue vicepresidenta de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y presidenta de la Cruz Roja, ambas en El Oro.

Otra referencia del feminismo del siglo XX fue la imbabureña Tránsito Amaguaña (1909-2009), un símbolo de la resistencia indígena y activista comunitaria en la reclamación de tierras y derechos laborales. Tras su participación en la huelga agrícola de 1931 le arrebataron su vivienda y pasó a la clandestinidad durante quince años. Más tarde fundaría la Federación Ecuatoriana de Indios e impulsaría la creación de escuelas bilingües (castellano y kichwa) y tras su vinculación al Partido Comunista fue acusada de tráfico de armas y encarcelada en prisión. Fue una de las fundadoras de la Federación Ecuatoriana de Indios y representante de los indígenas del Ecuador en la Unión Soviética y en Cuba, que le llevó, tras su regreso a Ecuador, a su ingreso en el Penal García Moreno de Quito. En 2003 el Gobierno ecuatoriano la galardonaba con el Premio Nacional Eugenio Espejo.

Otra figura del feminismo ecuatoriano con una intensa labor indigenista fue Dolores Cacuango Quilo (1881-1971), nacida en Cayambe y pionera en la defensa de los derechos indígenas y del campesinado. Desde joven impulsó las escuelas bilingües y fundó la primera en 1946 y participó en la creación de la primera organización indígena (Fundación Ecuatoriana de Indios). También colaboró en la apertura de escuelas sindicales en Cayambe. Tampoco podemos dejar de señalar a otras insignes del siglo XX, como Rosaura Emelia Galarza Heyman; Isabel Donoso; Mercedes González de Moscoso; Josefina Veintemilla; y Dolores Sucre.

En el mundo laboral se crearon organizaciones que defendían las reivindicaciones de la mujer obrera en Guayaquil. Así en 1918, María de Allieri y Clara Potes de Freile crearon el Centro Aurora y editaron una publicación feminista pionera de los derechos de las mujeres, “La Mujer Ecuatoriana”, que contó con el apoyo de la Confederación de Obreros del Guayas.

En el escenario político sobresale la cañareja Nela Martínez (1912-2004), que en su juventud ingresaría en la filas del Partido Comunista de Ecuador y que llegó a convertirse en una de las líderes más carismáticas de su época y primera mujer diputada. Participó en la revolución La Gloriosa (1944), que derrocó al dictador Carlos Arroyo del Río, y alcanzó la presidencia del Gobierno durante unos días, aunque su nombramiento nunca fue oficial. Nela Martínez participó en la creación y liderazgo de diversas organizaciones, como Unión Revolucionaria de Mujeres Ecuatorianas y Alianza Femenina Ecuatoriana. Fue diputada suplente en la Asamblea Constituyente de 1945 y se convirtió en la primera mujer en ejercer esa función en el país. Es coautora, junto a Gallegos Lara, de la novela Los Guandos y recientemente se ha editado otra obra suya titulada “Yo siempre he sido Nela Martínez”.

En el mundo educativo y académico nos encontramos con Rosa Cabeza de Vaca que, nacida a finales del siglo XIX, fue la primera mujer en matricularse en el Colegio Mejía en 1903 y primera mujer en graduarse en el mencionado establecimiento educativo; a María Zúñiga (1890-1979), que tras alcanzar el logro de integrar a la mujer a la secundaria fue la primera mujer graduada como médico; a insignes educadoras liberales como Rita Lecumberri Robles; Lucinda Toledo; Mercedes Elena Noboa Saá; y María Luisa Cevallos. Todas ellas primeras egresadas del Normal de señoritas que inauguró Alfaro en 1901; a Dolores J. Torres que fundó una escuela en su casa y formó la Liga de Maestros del Azuay (1922); y a Piedad Peña Herrera de Costales (1929-1994), catedrática universitaria dedicada al estudio de la antropología, etnología e historia y coautora del libro Historia Social del Ecuador, obra considerada un clásico de la Etnología ecuatoriana. Tampoco podemos obviar a Hermelinda Urvina (1905-2008), ambateña que fue la primera mujer ecuatoriana y latinoamericana en obtener en EE.UU. la licencia de piloto aviador en 1932, además, de participar en la creación de la compañía norteamericana Ninety Niners conformada por mujeres pilotos.

Cerramos estas breves pinceladas mencionando, entre otras muchas mujeres, a Lupe Rosalía Arteaga Serrano (n. 1956), comunicadora, escritora y política que fue la primera vicepresidenta y presidenta del Ecuador entre el 9 al 11 de febrero de 1997, tras la destitución de Abdalá Bucaram; a Teresa Guadalupe Larriva González (1956-2007) primera mujer y primer civil en ser Ministra de Defensa en Ecuador, cuyo nombramiento generó un rechazo entre los sectores conservadores por el simple hecho de ser mujer; a María Fernanda Tamayo (n. 1964) e Ivonne Daza (n. 1965), las primeras generales de la Policía Nacional del Ecuador y a la primera rectora ecuatoriana Florinella Muñoz.

En definitiva, las transformaciones sociales en el ámbito internacional, el reconocimiento a sus derechos plenos como ciudadanas a través de la facultad de ser electoras o elegibles, su incorporación al mundo educativo, su incursión al mercado laboral tanto público como privado y a los espacios de poder, ha resultado un proceso reciente, lento y vinculado a la adhesión y compromisos del escenario mundial, con respecto a la igualdad y reconocimiento de la mujer. Un devenir que ha dado un giro importante hacia la todavía inconclusa emancipación de las mujeres. En estas últimas décadas, los cambios sociales experimentados y el establecimiento de los sistemas democráticos en Latinoamérica abrían una nueva época para la mujer en general.

En conclusión, la lenta introducción de cambios y reformas normativas han creado, sin duda, unas mejores condiciones en el plano de igualdad entre género, aunque estos instrumentos no terminan por erradicar definitivamente las prácticas discriminatorias y vejatorias en los distintos ámbitos y tampoco se ha traducido en un cambio de mentalidad generalizado en la sociedad actual, que se manifiesta en la persistencia de rasgos y comportamientos en diversos contextos sociales, laborales e institucionales.

Ante esta realidad, la Editorial Centro de Estudios Sociales de América Latina (CES-AL), comprometida y convencida en la necesidad de aportar acciones que conlleven a revalorizar y consolidar el significativo desempeño de la mujer en todos sus ámbitos, ha promovido la celebración de la I Jornada de Mujeres Científicas Azuayas (Ecuador), celebrada entre el 22 al 26 de noviembre, al objeto de reconocer, potenciar y difundir el papel de la mujer en el campo académico, científico y profesional durante estas últimas décadas con una clara orientación de concienciación social de igualdad entre género.

Con esa idea, CES-AL ha invitado a un grupo de mujeres representativas y destacadas en su labor dentro de las tres grandes áreas del conocimiento (Ciencias Sociales, Ciencias Experimentales y Ciencias de la Salud) y bajo un carácter intergeneracional (mujeres jóvenes en su etapa inicial de profesionalización; mujeres consolidadas en su ámbito laboral; y mujeres referentes en sus distintas disciplinas), con una doble finalidad: a) compartir y socializar sus visiones y testimonios para acercarnos a conocer el papel y la experiencia de vida de este grupo de mujeres azuayas en su campo formativo y profesional; y b) contribuir, con ello, a un cambio de paradigma en la todavía existente discriminación de género.

Este libro, “Mujeres científicas azuayas”, es el resultado del mencionado encuentro que tiene como pretensión que estas catorce narraciones testimoniales, centradas en dos aspectos (formativo y profesional), sirvan de referencia social en la adopción de nuevas formas de relación y consolidación real de una igualdad de derechos y oportunidades entre género.

Por último, se hace imprescindible mostrar nuestra gratitud y reconocimiento a este grupo de mujeres (Diana Cordero, arqueóloga; Dora Arízaga, arquitecta; Elena Zurita, médico; Kamila Torres, antropóloga; María Elena Cazar, biotecnóloga; Cristina Toral, odontóloga; Lorena Escudero, filósofa; Cecilia Palacios, bioquímica; Rosana Moscoso, médico; Ana Cecilia Salazar, psicóloga; Nancy Minga, agrónoma; Janneth Méndez, artista visual; Cisne Aguirre, arquitecta; y Fabiola Palacios, fonoaudióloga-logopeda), por su generosidad, valentía y sus enseñanzas.


Prólogo al libro “Mujeres científicas azuayas. Testimonios”, publicado por la Editorial Centro de Estudios Sociales de América Latina (CES-AL), 2021.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *