Eugenio Crespo Reyes, el escriba que camina sin certezas

Por: Iván Petroff, PhD
Universidad de Cuenca (Ecuador)

Se dice de la poesía, así como del erotismo o la homosexualidad, que no es algo que se figura o esconde o se aparenta, son  todas esas manifestaciones de códigos, de signos que a veces se niegan a sí mismos en el duro afán de transformarse. La escritura poética es un clímax, aunque en ese mismo clímax tengamos momentos de éxtasis o de zozobra, pero la poesía, como el hecho estricto de agonizar, se recupera en su constante lucha por ser ella  una epifanía que no tarda en apagarse en la más alta de sus profanaciones.

El humano vacío en frase de algún título de los textos de Eugenio Crespo se recupera en medio de las vísceras de lo lírico para cantar y ensordecer, para libar y silenciar las atmósferas ocultas de la imagen que otra vez cobra vuelo para sondear el abismo donde las palabras buscan el rugido de una tozuda animalidad. Retumba el eco y los colores de la psicodelia en el afán de la alucinación, para otros lenguajes que persiguen lenguajes esparcidos por la vegetación de lo innombrable.

El escritor en su travesía de arbitrios y certezas va y viene, se enfunda en su sábana de sudor para parafrasear la muerte que se vuelve delito y sanación para poder justificar la vida esparcida en el copón espléndido del vino

Crespo Reyes es un volador taciturno que busca entre los pliegues de la noche la eternidad de un rayo viejo y podrido como ciertos paisajes del recuerdo, cuando caemos en cuenta del absurdo de existir en medio de tantas lenguas acabadas de amar.

Es un escritor de la modernidad, porque va por la cuerda floja de lo instantáneo, de lo profundo, del sinsentido de un corazón abandonado a vivir su propio latido, aislado de un cuerpo que lo anima a seguir marcando el compás de un ejercicio musical dilatado por el desamparo. Sus textos claman y reclaman

A  los hombres
Habría que arrancarles las máscaras
Borrar las huellas que estas dejan
Desabotonarles su geografía
Para que viertan la lava en sus raíces
Y cerrarles la voz para que nos llamen

Personajes que deambulan por la corrección de sus actos pero que no llegan a ubicarse en el perdón social. Son algo así como la sombra de un deicidio. Cuántos dioses han muerto en los secretos de la lengua poética

Si aquí por esta amplia geografía
Donde cada paso es una pregunta
Donde el monólogo es un hábito
Y se han ido menguando los sentidos
Hay un salmo una única melodía
Venida de mis pulsaciones
Que me induce a una tregua
Antes de perderme entre las multitudes

Un yo poético que persigue las incógnitas de la propia escritura, una forma de perderse en la mitad del verso para decir la verdad de su escritura. Pasos temblorosos pero incesantes que saludan la muerte del adjetivo para que florezcan nuevas semánticas que levantan la arquitectura de la sintaxis acuchillada por la venganza del fabulador.

Pero también hay el descanso del guerrero, la desnudez apartada de sus armaduras y la máscara de filigrana. Un respiro que brilla en los muslos de la amada que en gaseosas frazadas pone el alimento para la reposada mano que ciñe la vulva o el mango de la espada.

Esta oscura gota de agua
Hace una tregua

El tiempo es un enemigo de ficción que ronda con su disfraz de molinero las hazañas del héroe y asesta el golpe en el primer descuido.  El escriba es consciente de esto, sin embargo, corre el riesgo y continúa en el difícil arte de sus propias caligrafías, aventurándose por campos minados en busca de una estrella distante.

Entonces recita para las testas enfiladas en el desierto
Ah locura de hombre el del espejo
De débil memoria y vana estatura
Confidente único testigo
De mis inútiles e inevitables batallas
Eslabón de una oscura cifra
Del tiempo que me fue dado
Dime desde esa deshabitada dimensión
Porque no hay vocación para otro día
Ni sustituto de esta angustia mía
Y antes que el silencio se incorpore
Al vacío de la inminente y fatigada noche
Si alguien preguntó por mí

Eugenio Crespo Reyes, escritor de poesía que habita en casi todas las debilidades de lo humano como una expresión de carne y hueso que eleva su voz de salmo sin dios ni universo, solo el desdén en las distintas formas del sentir. Conoce y sufre los hachones azulados de la tragedia, como imposibilidad de quebrar los destinos del miedo y la mirada anacrónica de un actor griego que respira por la mueca del yeso de su protagonista sin ojos por la verdad de un nuevo Edipo, siendo todavía rey de sí mismo.

Aquí en la pieza, entre la procesión de las sombras, con cierto vigor y asombro, iba desgonzando el cuerpo y haciendo todos los gestos inimaginables como si ensayara para mi representación en esta comedia humana

Este es el lugar en el que habito, es mi salida. No estoy extraviado, no he alcanzado la luz ni he descendido a la caída, no es el resultado tanto del azar o de un efecto predeterminado, simplemente me he alejado del hombre y de mí mismo.

¿Es el alejamiento, la huida, el vano empeño por retirarse de su propia estampa? ¿Tal vez en busca de la trascendencia en el denodado afán de otras lecciones de vida y de lenguaje?  Quizás, pero lo único cierto es esa pasión y esa fuerza prometeica de perseguir el fuego del amor en nuevas catedrales de hilo y emboscada para morir en el intento de un texto libre de ataduras y mañosas figuras que entorpecen el recorrido incesante del poema y volverse piedra en el zapato. Una vez más el hombre, el solitario abandonado en una estación de tren o en un aeropuerto de New York con el frío de una frazada sin amantes, con la cólera remordida de los días sin historia. Un escritor de poesía preparado para encender la llaga de una escritura que ha de perdurar en las esferas de lo no dicho como mística suprema del lenguaje poético.

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