Eliécer Cárdenas Espinoza: Imprescindible referente para el siglo XXI

Por: Carlos Pérez Agustí, PhD
Cuenca (Ecuador)

La melancolía y la tristeza de la pérdida es intensa, pero también nos asomamos a la plenitud de vivir. Porque la oscuridad de la muerte da claridad a la vida. Esplendor y finitud de la existencia. Son reflexiones provocadas por la desaparición de un personaje extraordinario adornado con una lealtad inalterable a la amistad, una pasión vivida hasta el último suspiro por la cultura, una pasión desbordada por la literatura, un compromiso incorruptible con las causas más justas, una lucha infatigable en contra de las desigualdades y a favor de los más débiles, la práctica de una escritura en la que supo “incorporar las palabras al latido del corazón de cada lector”: Eliécer Cárdenas Espinoza.

Cuestionar la realidad ante la falta de alternativas sociales, políticas y culturales. En pleno siglo XXI seguimos necesitando de escritores que nos hagan creer que todavía hay esperanza. Eliécer Cárdenas, uno de esos referentes imprescindibles en la literatura ecuatoriana. Representante y paradigma de la convicción de una escritura que remueva las conciencias y despierte una sensibilidad social, apoyándose incuestionablemente en una estética de innegable calidad expresiva.

Unos dos años atrás, en 2019, conmemoramos 40 años de la aparición de “Polvo y ceniza”, Premio Nacional de Novela 1978. Una de las más deslumbrantes y significativas novelas de la narrativa ecuatoriana, la más celebrada y emblemática. La historia de Naún Briones -como la narrada en “Los diamantes y los hombres de provecho”- la convierte en una obra inolvidable; solamente la decisión de contar la historia de Naún es un evidente gesto ético. Como “Certezas humanas”, “El pinar de Segismundo” y “Háblanos Bolívar”, “Polvo y ceniza” un orgullo para las letras nacionales. Una ferviente invitación a leerlas, incluida su última novela, “El Diario de Hermes”. Una construcción como la de “Polvo y ceniza” y, por supuesto, todo su esfuerzo literario, mitiga la dureza del dolor. Eliécer Cárdenas Espinoza sigue vivo entre nosotros a través de su escritura.

Ahora esta revista, la última edición dirigida por Eliécer, forma parte del homenaje a nuestro fundador. Y es significativo, una vez más, el apoyo ofrecido generosamente por la Universidad del Azuay en la persona de su Rector, Francisco Salgado Arteaga, lo cual resulta altamente significativo en los tiempos actuales con proyectos editoriales sensiblemente deteriorados.

Conviene ahora recordar la especial comunicación que Eliécer Cárdenas establecía con los jóvenes, preocupado profundamente por el futuro de las nuevas generaciones. Particularmente, le inquietaba que la pérdida de lazos afectivos por la exigencia del confinamiento, llegara a ser una situación prolongada indefinidamente.

Nunca negó su participación en actividades educativas y literarias con los jóvenes. El hombre, la mujer, entendido como “ser de encuentro”. Hablábamos de una educación realmente postergada. La educación, en un estado más apremiante que nunca, en el eclipse de las humanidades, parece haberse paralizado en escenario permanente de crisis. Estábamos convencidos de que poco se adelantará en el plano educativo mientras no sea prioritaria la inversión de recursos. En esta línea, la revista incluye el artículo de Francisco Salgado sobre la Universidad del Azuay del futuro.

Habrá que recordar la tesis de Víctor Hugo, cuando afirmaba que “es en la época de crisis cuando hay que doblar el presupuesto para la cultura”.

Efectivamente: con el mundo enfrentado a la pandemia, hoy, y la necesidad de reconstruir nuestra sociedad, mañana, la cultura debería estar en el centro de la respuesta. 

Es posible que las clases virtuales hayan constituido una forzosa alternativa. Sin embargo, ¿nos dejará una enseñanza a distancia, cada vez más favorecida y en detrimento de la presencial? Indiscutiblemente, si el discurso de lo digital se instala de forma definitiva en las instituciones educativas, lo habrá hecho “a golpe de virus”. Pero esto jamás ocultará lo absolutamente necesario: la dimensión humana en el proceso educativo.

Con Eliécer creíamos que “el futuro de la educación pasa por valorar y recuperar aquellas dimensiones de la práctica docente que son estrictamente humanas y que ninguna alternativa virtual puede sustituir”. Es, justamente, en este terreno donde la educación se juega de verdad su futuro más próximo.

Por otra parte, “es muy probable que esa saturación de pantallas y realidad virtual que vivimos hoy, nos deje finalmente cosas importantes: posiblemente nos haya hecho añorar el objeto esencial, la experiencia real”. La experiencia del contacto humano y la sensibilidad por el arte -vamos a llamar ‘en directo’, no virtual- va a resurgir con toda la fuerza. Debido al obligado aislamiento, estamos descubriendo la importancia del otro en nuestras vidas, en nuestras relaciones humanas.

Pues hace unos 40 días se nos fue un amigo Increíble. El misterio de la vida y de la muerte. En unos instantes ya no está. Fue un desaparecer de gigante. Eliécer Cárdenas, extraordinario escritor y sobre todo lector, como él mismo nos decía. Porque tanto la lectura como la escritura son actos de reafirmación de la vida, colosales gestos de esperanza frente a la oscuridad. Lo expresó muy bien Fernando Pessoa: «La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta». Todos necesitamos la estética para que la vida nos sea soportable.

“Creo que uno jamás se recupera totalmente de un duelo. Porque cuando se te muere alguien esencial, nunca vuelves a ser quien eras”. Sin embargo, al ser consciente de la muerte también eres más consciente de la vida.

Yo creo que la única posibilidad de aprender algo del dolor es, quizá, aumentar la solidaridad con el dolor de los demás, ¿Necesitamos tal vez una convulsión, una “sacudida”? ¿Lo será posiblemente este virus? ¿Cuándo estaremos moralmente predispuestos a reconocer, finalmente, la existencia de los otros? Son interrogantes para nosotros y las generaciones futuras.

Por nuestra parte, aquí y ahora, sentir, con admiración y alegría, la vida esplendorosa de Eliécer Cárdenas Espinoza.

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