El derecho a inventar o el hacedor de historias

Por: Jacqueline Murillo Garnica, PhD
Colombia

“Mientras los animales inferiores sólo están en el mundo,
el hombre trata de entenderlo”.
Mario Bunge

El camino de la escritura y las tecnologías de la narración no siguieron un camino lineal, pues la escritura fue inventada por lo menos dos veces:  data primero de Mesopotamia y luego en las Américas. La amplia historia de la literatura se desarrolló en cuatro periodos: los primeros fueron los grupos de escribas que conocían los intrincados sistemas de escritura arcaica, y, por tanto, controlaban los textos que recopilaban de los narradores, como, por ejemplo: la Iliada, la Odisea, la Biblia hebrea y La epopeya de Gilgamesh. Pero estos se vieron amenazados a medida que iba creciendo su influencia y se habló entonces de un segundo periodo, en el que aparecieron maestros carismáticos como Sócrates, Buda y Jesús. Éstos denunciaron la supremacía de los escribas y sacerdotes. Estos textos se consideraron como la literatura de los maestros.

En el tercer periodo de la literatura empezaron a surgir los autores individuales que se vieron beneficiados por la tecnología que facilitó el acceso a la escritura. Estos cuatro periodos junto con las historias y las invenciones que las hicieron posibles, al crear un mundo conformado por la literatura. Y este mundo en el que las religiones se basan en libros y las narraciones se fundamentan en textos. Las voces del pasado se condensan en los imaginarios que podemos dirigirnos a los lectores de otros tiempos, a los lectores del futuro.

La revolución tecnológica nos llega cada año con nuevas formas de escritura: los correos, blogs y Twitter. Ha cambiado la forma como se distribuye y lee la literatura, también la manera en que se escribe. Los autores se deben a su tiempo. Es como si retornáramos a esos antiguos escribas: desplegamos textos y nos inclináramos sobre las tabletas. Es fascinante descubrir cómo la literatura ha conformado nuestra historia y con ella la del planeta.

Pero no pretendo referirme con propiedad a la larga historia de la literatura, mejor, a la estrecha relación entre la historia y la literatura, además que gracias a las narraciones hemos ascendido a lo que conocemos hoy por hoy como literatura. Ese camino que ha recorrido con sus recovecos, el hombre, desde tiempos inmemorables.

En los tiempos primitivos, las palabras aún eran signos mágicos, retratos de las cosas en los que se vivía la esencia de ellas. El que conocía el nombre de una cosa era dueño de la cosa misma y podía usarla a su acomodo. Los objetos se transformaban como el que producía en ellos la magia, como los cuentos de hadas y los sueños.

El alma humana es el poder más antiguo y grande de la historia. Y el arte aparece como un fenómeno moral, como fruto del sufrimiento. Las cualidades que determinan la forma en que un hombre acepta su dolor son de índole moral y no estético. No se puede imaginar a un gran poeta sin grandeza moral, y esta moral es inmanente en el artista. La obra de arte devela su solución frente al problema moral: no si lo resolvió como debía ser, bien o mal, sino la forma típica en que lo hizo. El sufrimiento viene a ser su consagración, que en tiempos despojados de magia y sin Dios lo separa de los hombres y lo conduce al túnel de la soledad para que pueda encontrarse consigo mismo. Esta soledad es un estado anímico al que pueden conducir varios caminos, y el más seguro de ellos es el dolor.

A propósito de ese viacrucis que el hombre lleva a cuestas en el reconocimiento de la vida, la literatura como una herramienta que libera ese dolor y lo transforma en poiesis.

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.
León Felipe

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