Animal patético: el desventurado empeño de plantearnos preguntas

Por: Lenin V. Paladines Paredes
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Hay en la historia de la Humanidad una característica que no ha dejado de sorprendernos. Hemos transitado a lo largo de catástrofes, épocas, guerras, cataclismos, que han obligado a hacer un borrón y cuenta nueva en el registro de los hechos, y, aun así, no hemos sido capaces de mirarnos en un espejo y decir que somos otros, que hemos cambiado. Seguimos viendo aquel infante dominado por el desconocimiento y la rusticidad. Una y otra vez hemos revisado el curso del tiempo, para caer en cuenta de que los eventos cíclicos se han presentado de la misma manera una y otra vez, como copiándose unos a otros, como eventos de predestinación inevitable. Con el ser humano en el medio, incapaz de torcer el rumbo de la línea argumental de su vida.

Esa tarea de alejarnos del ego y procurar entender lo que sucede alrededor del entorno propio, como hicieran los filósofos existencialistas de los siglos pasados, es una demostración de la capacidad real que tienen hombres y mujeres de darse cuenta de que el hecho de existir es más que obedecer y ejecutar, sino que este se convierte en una obstinación desesperada por trascender.

Es así, que, probablemente, la pregunta más compleja que se haya hecho en la filosofía moderna sea la idea de reconocer que no estamos seguros de nuestro papel en el camino vital que recorremos: ¿cuál es el sentido de nuestra existencia? ¿Tiene el ser una razón fundamental que otorgue significancia? ¿Se puede ejercer física, o metafísicamente, la libertad? Albert Camus en El mito de Sísifo recoge la leyenda del mortal que fue capaz de engañar a los dioses, como una metáfora de la inutilidad de la vida: ¿qué somos, realmente, si no podemos hacer más allá de lo que se nos ha permitido? Sísifo es la personificación de la incomprensión humana ante el funcionamiento del universo. Su condena, la experimentación del tedio y la continua repetición de la rutina cotidiana. Sísifo solo experimenta la libertad real en el instante ínfimo en que puede depositar la piedra y, descargado de su pena, mira con absoluta tristeza cómo esta rueda abajo por el abismo, obligándolo a empezar la tarea, otra vez.

Creo que, si Camus viviera en estos tiempos, habría reforzado su teoría sobre el absurdo de la existencia, dándose cuenta de que, la mayor parte del tiempo, el ser humano no es plenamente consciente de lo que hace, mucho menos de si su existencia vital cumple un objetivo, o se limita a rodar montaña abajo, como la condena del desamparado.

Es, precisamente, con esta idea que inicia Animal patético, de Manuel Felipe Álvarez-Galeano, una colección de ensayos cortos que orbitan alrededor de la idea existencialista que en este texto nos ocupa: la mirada consciente sobre el ejercicio de nuestra humanidad. En «¿Y quién te rescata de ti mismo?»,Álvarez-Galeano utiliza la metáfora de la vida líquida de Zygmunt Bauman. Personalmente, creo que esa metáfora evoca la volatilidad con la que estamos ejerciendo nuestra existencia. El estado líquido de la materia necesita de un contenedor que le dé forma, que lo limite. Por el contrario, al no encontrar ese contenedor, la liquidez discurre sin sentido por el entorno natural, a la merced de los elementos, de las corrientes del aire, incapaz de guiar su propio destino. Si los filósofos existencialistas que nos antecedieron vivieran en nuestros tiempos, se darían cuenta de que, en esta época, en los que somos capaces de conseguir la información que necesitemos con un toque de la punta de nuestros dedos, utilizamos esa posibilidad para eternizarnos en la somnolencia. No somos capaces de ver más allá de lo evidente, pensar se ha hecho tedioso. Vivimos aburridos, demasiado aletargados como para preocuparnos por las cosas importantes de nuestro camino vital.

La vertiente existencialista de Manuel Felipe Álvarez-Galeano se filtra subrepticiamente entre sus textos, de temática variada. Sus letras nos hablan de ese proceso, tan íntimo, de mirarse el rostro en el espejo y advertir que hay cosas que no reconocemos en una primera vista, pero que los recuerdos no dejan enterrar en un pretérito indeterminado. Los textos de Animal patético se organizan en tres conceptos fundamentales: el patetismo, el ostracismo y la crítica. Si bien es el autor que, con un criterio propio, ejerce voluntariamente la acción de organizar su pensamiento de manera didáctica, para que el lector entienda su justificación, es esa corriente existencialista la que se filtra entre los párrafos y las líneas, determinando la verdadera intención del escritor.   

En esta recopilación de textos encontraremos reflexiones sobre el ser, los recuerdos, las injusticias, los sueños, la enfermedad, el tiempo, la llegada a la edad, el conflicto, el rechazo, la otredad. En suma, un compendio de realidades, de visiones, de preguntas que en casi todos los casos no tienen respuesta, o tienen demasiadas, que es prácticamente lo mismo. El autor, entonces, ejerce su prerrogativa más sensible. Se entrega al incomprendido acto de cuestionarse sobre la realidad, acto que es en sí mismo una práctica de libertad encubierta, porque, al no poder dar respuesta a todo lo que asalta el sueño durante la vigilia, el escritor se ve a sí mismo en la posibilidad de convertirse, por cuenta propia, en una personificación del absurdo, porque en los textos de Álvarez-Galeano se recrea, sobre todo, la idea de conversar con el pensamiento, de urdir dentro de la cabeza aquella respuesta que revolotea por sobre el problema, aunque no sea esta la correcta, aunque vuelva una y otra vez sobre el camino andado por otros.

Porque las ideas del escritor tienen, necesariamente, que revisitar los esbozos que otros autores de otros tiempos han hecho. En «Los sueños: ¿espada sin filo o con doble filo?»,se dice: «No sabemos hasta dónde llegamos, en qué puerto anclaremos o en qué fondo caeremos; pero es necesario el viaje, tal vez los paisajes sean ese sueño que no creímos antes soñar. Aun cuando parezca todo perdido, cuando no haya un motivo… que buscar uno se convierta en uno». Recuerda esta reflexión a la idea del tiempo circular que la filosofía oriental construyó miles de años antes de nosotros, y que Borges o Nietzsche recogieron para acoplarlas a sus discursos. ¿Son los sueños una premonición del destino inevitable, de la anulación del libre albedrío? Y, si es así, ¿de qué sirve el tiempo, si no es para obligarnos a pensar en un camino de línea recta, que no permite salir de la maldición que los dioses nos han impuesto?

Esta idea se conecta con la de otro escrito, «La dignidad de los recuerdos»: «Los recuerdos son diplomas que declaran que hemos batallado. Las pinturas de los ineludibles viajes al yo. Y asumimos que la dignidad radica en que nos pueden arrebatar cualquier bien material, pero jamás lo vivido». ¿Cómo puede estar uno consciente de que lo que recuerda ha sucedido en verdad? ¿No es esa capacidad de mirar la vida en retrospectiva, la facultad que nos diferencia de cualquiera de las otras especies que habita este planeta? Entonces, son los recuerdos los que nos ayudan a sobrellevar las marcas que en nosotros ha causado el paso del tiempo, aunque esas visiones del pasado estén malogradas, arrugadas y descoloridas como fotografías viejas atrapadas en las páginas de un álbum que ya nadie mira, excepto cuando es demasiado tarde, y así el ciclo del tiempo vuelve a empezar otra vez.

El cuestionamiento sobre la vida se hace evidente en textos como «Sin miedo al miedo», «Exilio, inmigración y desplazamiento en la luz de la nostalgia» o en las divagaciones que se hace sobre la guerra o sobre la democracia. Hay una vena nostálgica en los escritos, que evocan ese patetismo del que este texto hace gala. El hombre, si es patético, es porque no ha comprendido aún todo lo que le sucede. Porque la realidad es difusa, y, si ese intento es válido, el de esbozar un escrito, unas palabras, una línea que trate de explicar la sensación que se arremolina en el pecho cuando uno vuelve a ver los pasos andados, entonces se podrá decir que uno ha ejercido verdaderamente su propuesta de libertad.

Volvemos otra vez a la fuente principal del existencialismo: la necesidad de cuestionar. Animal patético cuestiona. Cuestiona sobre nuestra conducta como especie, sobre el destino que hemos escogido trazar. Álvarez-Galeano mira desde lejos, porque recoge escritos que ha plasmado en diferentes momentos de su vida, porque el tiempo, siendo una constante invisible, imposible de cuantificar, remata su golpe a través del recuerdo, y esa visión con uno mismo en otro espacio, en otro universo, es la forma más contundente de dar cuenta del aprendizaje personal. El escritor tiene la necesidad de contar lo que siente en ese momento, aunque duela, aunque sienta el escozor de la herida que inflige el tener que volver a caminar por los pasillos estrechos de la casa en la que uno creció, de la ciudad de que lo vio a uno dejar la infancia y ver la vida con ojos de crueldad. Aunque sepa que las metáforas y las fábulas se convirtieron en crónicas de guerra.

Al final, es ese pensamiento el que nos enjaula. Sartre decía que «El hombre tiende a contar su vida más que a vivirla. Lo ve todo a través de lo que cuenta, y pretende vivir su vida como si fuese una historia. Pero hemos de elegir entre vivir nuestra vida o contarla». El acto de contar ya es, en sí mismo, un ejercicio de libertad, y, si se acompaña con el acto de pensar, servirá para extender, así sea por un instante infinitesimal, el momento en el que el hombre condenado alcanza la cima de la montaña y es capaz de ver el horizonte que se extiende ante sus pies, y se da cuenta de que vive en el engaño. Cuando ese instante termina. Habrá que empezarlo todo otra vez. Estaremos condenados a pensar, pero al menos, habremos despertado.

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