Supervivientes

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

Llega un momento en la vida en que uno se convierte en un superviviente. Es cuando parece que ha pasado nuestro tiempo, que el mundo ha cambiado tanto que ya no tenemos plena cabida en él. Se trata de una sensación quizá más subjetiva que objetiva, aunque tiene componentes de los dos aspectos y es difícil distinguir a ciencia cierta cuál de ellos prevalece sobre el otro. Aunque los años suelen aparejarse a la supervivencia, esta está más relacionada con la adversidad que con la edad. La supervivencia es sobre todo un estado del espíritu. Se puede ser un superviviente a los treinta y pocos años o, al contrario, estar perfectamente muerto por muy buena salud que se disfrute.

A pesar de sus connotaciones, la supervivencia no tiene por qué ser necesariamente algo negativo. El superviviente puede estar a pocos pasos de convertirse en un zombi, un muerto viviente como los que se puede encontrar un sábado en cualquier hipermercado  ataviados con un chándal chillón y tirando de un carro metálico con los ojos desorbitados; pero todavía no lo es. Porque al contrario que el zombi, lo que caracteriza al superviviente es su afán de seguir vivo. La voluntad de vivir es la que salva a Ulises en sus múltiples naufragios. Aunque el ilustre sinvergüenza era apenas la sombra del héroe que combatió bajo los muros de Troya o del alegre aventurero que no sucumbió a la amnesia de los lotófagos, luchó contra los lestrigones, venció y enamoró a la bella y cruel Circe (todas las bellas suelen ser un poco crueles), superó la melopea letal de las sirenas,  y engañó y cegó al terrible cíclope, todavía le quedaron fuerzas para nadar hasta la distante costa de los feacios, en medio de la última tempestad desatada contra él por el vengativo dios del mar.

A esas alturas  del canto cuarto de su Odisea, Ulises era un superviviente. Y un superviviente siguió siendo cuando regresó a su patria, dio muerte a sus rivales y recuperó a su paciente esposa. Luego empezó a frecuentar los supermercados de Ítaca (considerando su naturaleza emprendedora, es posible que él mismo abriera una cadena: “Víveres Odiseo, los mejores precios”), se le veía un día sí y otro también embutido en un chándal y cargando bolsas de plástico por el ágora. Seguramente acabó convertido en un respetable zombi, lo que no es más que una suposición arriesgada, pues ni Homero ni sus epígonos dejaron constancia de ello.

Digresiones aparte, la curiosidad por la vida tiene mucho que ver con la voluntad de vivir. A medida que se pierde esa curiosidad, se pierde también la capacidad de sorpresa, que se va moderando a medida que uno se hace mayor, pero que no es recomendable para la salud del espíritu que desaparezca totalmente. El día que no te sorprendas de nada es que estás muerto.

Además, se es superviviente respecto a lo que se ha sido, que quede claro, no a costa de cualquier renunciamiento. Y los que en algún momento de su vida se rebelaron contra  realidades ingratas, como la injusticia y la explotación, y ahora aceptan con naturalidad complaciente la estupidez humana y la crueldad de los poderosos, se convierten en sus voceros, se encogen de hombros ante el sufrimiento de las víctimas y el horizonte de sus preocupaciones no traspasa los límites de su propio interés y comodidad, no son supervivientes. Están muertos, aunque les siga latiendo el pulso. Nuestras ciudades están llenas de estos cadáveres que andan. El superviviente no tolera esa falta de elegancia moral. Antes bien, se alza sobre las cenizas de su realidad y de sus sueños (porque el ser humano precisa tanto de realidades, en las que vive y de las que debe ser consciente, como de sueños para intentar cambiarlas; lo único inconveniente es confundir unas con otros). El rechazo a la realidad como algo único e inexorable y la sustitución de los sueños que ya no alumbran el futuro es la base de la supervivencia de cualquier persona sana y razonablemente rebelde

Durante algún tiempo después del fuego permanecen las ascuas, que acumulan todo el calor de las llamas vivaces que fueron. Los últimos partes de los incendios forestales, por ejemplo, suelen aludir a que el fuego está controlado pero no extinguido. Las ascuas son ese fuego controlado, sin fuerza para propagarse, si el viento no las aviva de nuevo. El superviviente sopla sobre esas brasas. Mientras le quede fuelle, su fuego no morirá.

2 comentarios en «Supervivientes»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *