La orfandad de la ciudad, a merced del más fuerte

Por: Jacqueline Murillo Garnica, PhD
Colombia

“Así pues, de una Mezcla de todas clases surgió esa cosa Heterogénea llamada Un inglés: engendrado en raptos ansiosos y furiosas lujurias entre un Bretón pintado y un escocés:  Cuyos descendientes aprendieron pronto a inclinar la cabeza y a uncir sus bueyes al arado romano: de donde surgió una raza híbrida, sin nombre ni nación, idioma o fama. En cuyas Venas calientes brotaron rápidamente nuevas mezclas, combinaciones de un sajón y un danés. Mientras que sus hijas fecundas, con la complacencia de sus padres recibían a todas las naciones con lujuria promiscua. Esta Progenie Nauseabunda contenía directamente la Sangre bien extractada de los Ingleses” […]. Daniel Defoe, The True-Born Englishman.

Este epígrafe extraído del libro del historiador, Benedicte Anderson, Comunidades imaginadas, publicado en 1983, pone de manifiesto el crisol de culturas que conforma una nación. La idea de una nación deviene de una comunidad social que se fue conformando desde tiempos ancestrales, a tiempos inmemoriales. Aunque algunos autores persisten en defender que la nación existe desde antes del estado. Las comunidades permanecen en el imaginario y se hace necesario acudir a los mitos fundacionales, a recurrir a la historia, pero a la historia sagrada de las naciones para consolidar su existencia.

Para el historiador Anderson esta conciencia de pertenencia a una misma comunidad tuvo su génesis principalmente en la difusión de la imprenta, por allá a mediados del siglo XV, al crear una comunidad de lectores que se entendían entre sí al utilizar las lenguas vernáculas. Y fue a través del libro impreso, que cada vez la gran cantidad de publico alfabetizado pudo alcanzar la frontera de lo conocido e imaginarse al sujeto colectivo de una nación. Esta imaginación es la que constituye al sujeto colectivo de nación.

El imaginario de una comunidad se proyecta hacia atrás en el tiempo. Confluyen en este ideario los pasados idealizados y los mitos fundacionales de la nación, y ahí surge el germen de explotar su carácter excluyente. En este ajedrez social convergen los conflictos y alianzas. Lo exclusivamente social del reconocimiento por los otros, y lo político-administrativo que marca físicamente la realidad interior.

Pero no se trata de aludir al libro de Anderson, solo una pequeña introducción al nacionalismo, al colectivo social de un país que, se ha convertido en un combustible para armar incendios colectivos, enardecer los ánimos y establecer fronteras. Se podría decir que son asuntos entrañables, pero completamente innaturales, gestores de odios y pasiones incendiarias que dividen las comunidades.

Justo en estos vericuetos en los que se van incubando esta especie de gérmenes, que como ardores han sido los propiciadores de fomentar los problemas sociales de las grandes metrópolis. Ninguna ciudad latinoamericana está preparada para recibir inmigrantes. En Colombia, además de las problemáticas sin resolver, de los desequilibrios sociales, un ingrediente se suma al paisaje citadino:  la llegada de los venezolanos. Solo por mencionar las cantidades de familias enteras que a diario llegan a la capital. Se les ve deambulando por las calles, algunos solventan la situación con trabajos emergentes, si es que se le puede denominar de esa forma. Otros se dedican a actividades más “fáciles” y en esa medida conforman alianza con grupos delincuenciales que tienen radio de acción en diferentes zonas de la capital.

El ciudadano de a pie, se ha convertido en presa fácil, el modus operandi rompe con todas las viejas prácticas amañadas de antaño; el conocido atraco. Hay de toda clase de afrentas, desde el asalto masivo a un restaurante, como la intimidación a un transeúnte que termina con el asesinato para luego despojar al muerto de sus pertenencias. La situación se salió de madre, y los gobernantes de las ciudades no tienen plan de contingencia para contrarrestar la vulnerabilidad a la que están sometidos los citadinos. En los casos en que son interceptados los delincuentes en un tiempo récord ya vuelven a las calles, no pueden ser judicializados porque están indocumentados, y, mientras tanto, la delincuencia se apodera de las calles y de los incautos desprevenidos. Morirse de muerte natural en un país como Colombia se está convirtiendo en un asunto exótico.

Solo por mencionar algunas de los escenarios causados por del flujo de migrantes de otros países como el vecino Venezuela, pero también se puede ver en las calles a colombianos de diferentes etnias que llegan a las ciudades huyéndole al conflicto interno que se ha recrudecido con las nuevas manifestaciones de la guerra. El miedo al otro se ha convertido en una especie de paranoia que convierte en presa fácil a los colombianos del común.

Menos mal que la literatura ayuda a catalizar estos paisajes cotidianos como reducto de la realidad que se vive a diario y que de alguna manera permite liberar a través de la escritura un sentir colectivo, que en este caso se cierne como un distractor que refleja el contexto de las ciudades colombianas. Algunos echan manos del nacionalismo para justificar con discursos cargados de odio la locura de exterminar al otro con la indiferencia.

Aquí entrego este retazo del paisaje de la ciudad:

PARANOIA

Los olores que van dejando a su paso los transeúntes se concentran en la atmósfera que circunda las calles atiborradas de rostros silenciosos y de miradas perdidas o desesperadas: algunas de esas miradas se cruzan irremediablemente con el temor a reconocer en el otro a un ser extraño e, incluso, a un potencial victimario. Los efluvios van formando estelas de colores oscuros que se funden con la densidad del espacio precario entre los interminables bloques de cemento que ascienden como escaleras prolongadas que surcan el firmamento.

Otra vez esos ojos que se cruzan con los míos: no los conozco, tampoco me figuro haberlos visto en ninguna parte, pero me intranquilizan. Observo en el saco del portador de esos ojos algunas manchas, pero no son de sangre. Y, con temor creciente, advierto que algo brilla en su mano izquierda. Por fortuna no llevo nada en los bolsillos, sólo los documentos, para que, si sucede algún accidente, se sepa quién soy yo. Distingo algo plateado que está en su puño: es probable que se trate de una navaja con cuchilla corta pero bien afilada, que puede perforar mi vientre. Si me atacara con esa navaja, la sangre brotará y yo seguiré caminando; pero la pérdida de sangre agotará mis fuerzas y caeré inexorablemente. No hay opción, imposible ya cruzar a la otra acera para evitar el atraco del hombre que se aproxima. Ya está a unos centímetros de mi cuerpo. ─Disculpe, me dice y pasa de largo. Estoy intacto, no sangro por ninguna parte, una paloma se posa sobre el andén y huye a mi paso.

Voy por una calle que lleva a una de las estaciones del metro. Algunas bombillas del alumbrado público están rotas, y la oscuridad se presta para que ocurra cualquier desgracia. Sólo veo algunas personas rígidas y dispersadas como postes que sostienen una estructura forrada en baldosines agrietados, desportillados y verdosos. Las escaleras del metro, con parches grises y costras espesas de minúsculos residuos, van formando una epidermis desnivelada, desaparecidos ya los baldosines de colores vivos que en algún tiempo las decoraron. Estas averías propician que cualquiera se caiga con facilidad. Esas gradas, hoy descoloridas, contrastan con el aviso fosforescente que sobresale en la parte superior de la entrada occidental del metro: un anuncio que sirve de eficaz propaganda, porque inevitablemente, al alzar la mirada, me tropiezo con unos ojos horizontales y alargados que están mirándome. Levanto la quijada y descubro que se trata de un simple letrero que grita a voces invocando la solidaridad con el migrante. Instantes después, bajo la mirada porque estoy entrando en el subterráneo. Dos hombres están al lado izquierdo de la taquilla. Veo que hablan entre sí ─ seguramente están acordando quién me interceptará primero. Uno de ellos se acercará y me dirá que le entregue la billetera; pero, como no tengo dinero, lo más probable es que me agreda. El hombre aguardará a que cruce la barra que está al lado de la taquilla, porque sabe que ya no podré salir corriendo de la estación, y quedaré atrapado. Tendré dos caminos: dejarme robar o tirarme al primer vagón que se asome por el túnel. Una mujer con un bebé en los brazos y una bolsa de dulces en la misma mano con que sostiene al niño salta una baranda: tal vez forme parte de una red de estafadores o de ladrones de oficio, y utilice a esa criatura para hacer creer que es su hijo y que no tiene para comer, con el resultado de inspirar lástima entre los transeúntes incautos. Es posible que el proxeneta sea uno de esos hombres y ella deba cumplir con una cuota para su sostenimiento, por el permiso concedido para mendigar en la puerta occidental del metro. Me siento atrapado: por un costado están los dos hombres y, por el otro, la mujer que carga a la criatura con el rostro escondido por los harapos. Prefiero imaginar que la imagen de esa supuesta maternidad no es más que un anuncio publicitario. He llegado a la estación, y miro el letrero que anuncia el próximo metro con unas luces intermitentes; pero no hay nadie en ese lugar, a excepción del ruido que registra la proximidad del vagón. La puerta se abrirá y yo estaré a salvo, al menos por ese instante.

La atmósfera de olores que alberga el metro es indescriptible. Un vaho de humedad evanescente se concentra entre la humareda del vagón y los bálsamos que exhalan los humores de los pasajeros apretujados: tan apiñados viajan que las barras a que se sujetan parecen nudos trenzados por las coyunturas de muchos dedos. Algunos de esos dedos callosos sobresalen de los barrotes y se amalgaman en los hierros para sostenerse.

Es mejor apoyarme en uno de los rincones y así no tendré que rozar los abrigos de los desconocidos, ni respirar esos milímetros del aire que corre en medio de sus rostros. Pero los rincones son peligrosos, nadie sabe lo que puede estar pasando en ellos. De pronto, una mujer introduce su mano en el bolsillo del abrigo de un hombre que está a mi lado. ¡Ya estaba extrañando los riesgos de viajar en el metro! El hombre no se percata de que la mujer saca algo de su bolsillo lateral, con astucia y disimulo. El pobre ingenuo sonríe a la ladrona y ella le estampa un furtivo beso. Y yo no entiendo nada de lo que ocurre ante mis ojos.

Me distraje con este episodio y no vi el momento en que el muchacho de saco gris y tenis rotos discute con otro joven que lleva camiseta raída. Al parecer, cada uno tiene reservada un área del vagón para perpetrar pequeños robos a los pasajeros. Uno de los viajeros se dirige al conductor y trata de avisarle de lo que está sucediendo; pero, con tanto ruido en el ambiente, no hay forma de que el conductor se entere de nada, así que es mejor quedarse calladito hasta la siguiente estación y esperar a que los muchachos salgan. Sólo así estaremos medianamente a salvo. El adolescente del saco gris empieza a cantar y el otro le responde con un contrapunteo, una de las variantes de la música de los llanos orientales.

Sólo faltan dos estaciones y llegaré a casa, si es que logro llegar vivo y sin ninguna herida y, en el mejor de los casos, sin rasguño alguno. Repaso mis bolsillos, vacíos y sin documentos: en caso de un asalto, si no sobrevivo, seré un NN, un cuerpo más, una cifra; y la rigidez de mi cadáver reposará en una bandeja de la morgue. El vagón se detiene, alcanzo a escuchar un barullo incomprensible desde la parte trasera, y un hombre se abre paso entre los abrigos de colores sombríos de los pasajeros. El hombre está sudando y advierto su rostro demacrado; le oigo gritar y decir: “tengo asma y estoy perdiendo la respiración, necesito salir”.

Reconozco el letrero rojo que indica que he finalizado mi interminable travesía dentro del metro. Espero a que se detenga el vagón y miro a mi alrededor para corroborar que nadie esté mirándome, mientras los demás pasajeros se aprestan también para bajar. Se abre la compuerta y trato de respirar otro aire que, aunque más contaminado, al menos circula en la densidad del túnel. Sigo por el pasillo que me conducirá a la salida sur, y divisaré las exiguas luces de las calles que me llevarán, pasadas unas cuantas cuadras, a mi lugar de destino. Salgo incólume del vagón, pero siento de inmediato que algunas personas siguen mis pasos. No volteo a mirar, temeroso de que noten que les descubrí. Trato de ocultar mi incomodidad y decido retroceder, fingiendo que olvidé algo, pero ¿servirá esto de algo?, ¿estarán observando mi maniobra si camino en dirección contraria?, ¿estoy sudando, o sólo es impresión? Siento los latidos del corazón y meto las manos en los bolsillos para aparentar tranquilidad y así pasar desapercibido. Pero cambio de opinión y decido continuar y apretar el paso en medio del gentío que va y viene por la callejuela que antecede a la salida sur del metro.

Ya respiro otro aire, contaminado; pero, al fin y al cabo, aire. Y la luz. Y oteo el horizonte atiborrado de gentes que semejan pequeños caminos de hormigas en las calles. Avanzo a paso largo para acortar el tiempo que resta para alcanzar mi lugar de destino desde la estación del metro. Escucho un sonido que viene de una calle cercana. A medida que avanzo, se distingue mejor el sonido: un sonsonete, el compás que emite un bafle de gran tamaño desde un rincón del andén. Unos colores vivos sobresalen en la atmósfera gris del paisaje citadino. Veo dos hileras de emberas que se mueven al ritmo estridente de la misma melodía; sus trajes, como colchas de retazos multicolores, se mecen al vaivén de los movimientos con que amagan un baile al compás de la música. Sus pies desnudos y resquebrajados parecen sostener torpemente sus minúsculos cuerpos. Son muy jóvenes, lucen unos collares formados por shakiras de muchas tonalidades. Sus miradas se pierden en la bruma de la tarde. Al fondo del andén, apoyados en la pared, un montón de niños muy pequeños escarban en bolsas de comida, y se disputan sus restos. Los dedos de sus pies están a merced del viento y del sol de la calle. En la otra acera, un hombre embera, con sombrero negro y tenis rojos, observa a los transeúntes que se acercan y depositan monedas en un tarro. El ruido que produce la caída de cada moneda en el fondo de la vasija repica con un toque seco la melodía que suena por el bafle. El transeúnte, inspirado por la lástima, contribuye con una limosna al espectáculo improvisado, y paga por contemplar ese cuadro sobrecogedor del sistema citadino de la mendicidad callejera. Una pancarta, que cubre buena parte del pasacalle, reza: “La metrópoli inclusiva, Bogotá para todos”. Una imagen de niños indígenas y afrodescendientes, provistos de amplias sonrisas, ocupa la parte inferior del rutilante letrero, que flamea agitado por el viento como una bandera decadente del porvenir callejero.

El sonsonete se escucha ya como un eco perdido, y yo voy entrando al edificio, intacto, sin un rasguño y con la seguridad de estar vivo y sin un centavo en el bolsillo. Reviso el casillero y encuentro un sobre. Lo abro, es un sufragio, ¡no puede ser! Ya me sentía a salvo, respirando y escuchando los latidos de mi corazón. Inspecciono el sobre mientras me apoyo en la pared para tranquilizarme. Leo: apartamento 203. Respiro con la certeza de no ser el destinatario del sobre, que sólo por error apareció en mi casillero. ¡Sigo incólume, indemne, sosegado, y me percato de seguir vivo!

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