El estilo pictórico de Fernando Carrillo

Por: Iván Petroff, PhD
Universidad de Cuenca (Ecuador)

Cuenca es, indudablemente, una perenne fuente de inspiración, pues las remotas musas de Remigio Crespo Toral han sido reemplazadas por la belleza natural y estética de la Ciudad que nos ha permitido conocer y reconocer el trabajo y el itinerario de tantos poetas, prosistas, artesanos, pintores, escultores y arquitectos de talla mayor. Detrás del sonido mágico y embriagador de sus cuatro ríos está una sucesión de rostros que evocan nombres como los de Manuel Honorato Vásquez, Alvarado, Ayabaca, Vélez, Dávila Andrade, Sarmiento, Segovia, Montesinos, Carrasco, España, Martínez, Tarqui, Estrella, Cárdenas Espinosa, Encalada Vásquez. Verdaderos urdidores de historias, escrituras narrativas y poéticas diversas, ensayos y encomiendas de pigmento y volumen con mensaje eterno, donde Cuenca  asoma como la ciudad palpitante y rotunda.

Fernando Carrillo, es un artista que retoma con sus telas, pinceles y colores incendiados la rica tradición romántica y religiosa de Cuenca, a través de sus iglesias, sintetizando la dilatada cartografía de formas y estilos que trajeron antiguos viajeros de conquista en sus alforjas para difundir el gótico, el románico o el barroco que tanto se confunden con el arte prehispánico lleno de geometría y sinuosas líneas que se esfuerzan,  junto con los astrónomos incas y cañaris para entender el caprichoso ritmo de los astros. La arquitectura religiosa de Cuenca se constituye en una presencia definitiva de historia y plegaria por los conquistados que reinventan las propuestas estéticas para mantener viva la cosmovisión de sus antepasados y la imposición de la nueva teosofía trasladada desde Europa hasta la fundación de esta ciudad amada que viene de un proceso de lenguas y culturas que sirven de crisol para la fusión de lo cañari,  inca y  español.

Carrillo nos ofrece con su obra llena de color y textura una nueva lente para ver la arquitectura de nuestras iglesias, sus cúpulas flotantes y gaseosas que perforan el cielo morlaco para que retorne la lluvia, sus rosetones y columnas, sus frisos y capiteles sus arcos de medio punto o los ventanales de ojiva que nos transportan  a los inicios del gótico profesado  por los antiguos árabes. Una propuesta pictórica que toma, a lo mejor, la teoría del color de los intensos como místicos vitrales fundidos por las diestras maños de Larrazabal en la nueva catedral de Santa Ana.

Con su obra, Fernando Carrillo  deja un singular aporte a Cuenca y su Región para seguir construyendo, desde nuevas perspectivas estéticas, el amplió y vigoroso imaginario de una ciudad predestinada y destinada a ser eterno patrimonio de la Humanidad, por su paisaje y por los artífices de su cultura tramada desde la realidad y la ficción de un pueblo.

Desde que el espectador entra en contacto con la pintura de Fernando Carrillo puede percibir, de forma casi inmediata, que se trata de un artista plástico que nos propone otras miradas para recrearnos en las iglesias cuencanas con un tratamiento diferente de la luz con lo que crea profundidad, volumen y contraste a partir del claro oscuro. Las fachadas que sirven de ambientación para el verdadero centro de interés, tienen el cromatismo heredado de la cosmovisión andina para rematar en esta ambientación con las figuras de conjunto de fieles o peregrinos que apoyan una bien lograda composición como puede apreciarse a propósito de la fachada de la iglesia del Carmen y hacia el fondo las cúpulas emblemáticas de la catedral, diseñada por Juan Stiele.

Los colores purpuras y azul-celeste en perspectiva nos conducen a la torre de san Alfonso que domina la altura de un cielo diferente que pide color a los primeros planos del cuadro.

San Blas de estilo renacentista es también una representación sincrética de estilos y sus dos paralelas dan el perfecto encuadre fotográfico para que también se destaquen las casa aledañas que provocan una fuga hacia el contraste entre el tema de arquitectura religiosa con las casas contiguas de contexto urbano con sus techos y ventanales muy típicos del paisaje de la Cuenca urbana.

No podemos dejar pasar en este breve recuento de formas y cromáticas de diversa textura de Fernando Carrillo la composición un tanto bucólica y romántica de la fachada lateral de la catedral vieja de El Sagrario, pues la blancura central de este monumento está muy bien lograda con el contraste de obscuridad de los árboles para rematar en un cielo de brevísimo arco iris que le ofrece protagonismo a una luna llena que es fuente de luz para completar el centro de interés de la pequeña como insigne torre por donde pasa uno de las líneas trazadas por la misión geodésica en su intento por definir uno de los meridianos de la esfera terrestre en sus afanes científicos .

El artista se da modos para que los volúmenes de nuestra arquitectura asuman un dinamismo diferente, es el caso del tríptico en el que predominan torres y cúpulas movidas por la diestra imaginación del artista que logra ese movimiento inquietante que nos transmite la obra.

Definitivamente, Fernando Carrillo nos ha ubicado en un nuevo eje de perspectivas para admirar con renovada lente la arquitectura religiosa de Cuenca, liberándonos por fin del subjetivismo como cuencanos de habernos desinteresado por estos monumentos patrimoniales de fe y trabajo, pues de tanto verlos hemos perdido de vista el valor estético y cultural de nuestras iglesias y espacios urbanos de larga tradición, pero que con la intervención de nuestro artista, es posible volver a valorar y admirar estas verdaderas joyas de la arquitectura ceremonial de Cuenca, Patrimonio cultural de la humanidad.

Que la presente exposición sea entonces una renovada contribución a la reproducción estética y creativa del paisaje religioso de nuestra ciudad, fuente de inspiración de artistas y escritores de larga y fecunda trayectoria.

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