Sobre el falso honor militar

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

El honor es uno de los significantes vacíos, que adquiere sentido según la sociedad o el grupo social donde se manifiesta. Las exigencias que plantea el honor no son universales, pues no están referidas a todas las personas por el hecho de serlo, sino que están relacionadas solo con lo que es digno o indigno para los integrantes de esa sociedad o grupo social dentro de ella.

A lo largo de la historia —incluso ahora en algunos países— hasta el crimen puede ser considerado legítimo, siempre que se cometa por una “cuestión de honor”; por ejemplo, el asesinato de una mujer adúltera  (nunca el de un hombre) a manos de su marido, que en España, sin ir más lejos, fue una circunstancia atenuante hasta fechas históricamente recientes.

Sin llegar a estos extremos, en la vida corriente el honor tiene mucho que ver con virtudes sociales como la honradez, la decencia, la integridad, el cumplimiento de la palabra dada (palabra de honor), etc., etc., siendo considerado un deshonor (pero cada vez menos) la corrupción, la inmoralidad o cualquier otro antónimo de las virtudes citadas.

EL HONOR MILITAR

Ha sido en el estamento militar donde más perennemente se han manifestado los valores e imperativos del honor. Virtudes como la valentía, la caballerosidad, la dignidad, la hombría… se cuentan entre los términos que desde la antigüedad han  definido el carácter formal del ejército. En la cultura militar de Esparta el mayor deshonor para un guerrero era perder su escudo. “Regresa con el escudo o sobre él” era la frase de despedida de las madres espartanas a sus hijos, significándoles que volvieran victoriosos, con el escudo al brazo, o muertos transportados por sus compañeros encima del escudo.  Desmintiendo esta actitud romántica y ciegamente heroica, el poeta y soldado de fortuna Arquíloco  de Paros (siglo VII a. d. n. e.), dice  en una de sus composiciones fragmentarias que han llegado a nosotros:

“Algún sayo alardea con mi escudo, arma sin tacha,
que tras un matorral abandoné, a pesar mío,
para salvar mi vida. ¿Qué me importa el dichoso escudo?
¡Váyase al diantre! Ahora adquiriré otro no peor”.

Siempre es un placer comprobar la existencia de personas razonables (aunque sean militares), en cualquier época y circunstancia.

También Quinto Horacio Flaco, poeta nacional de Roma en la temprana época imperial, cuando joven y siendo estudiante en Atenas, después del asesinato de César se enroló en el ejército de Bruto, entusiasmado por la defensa de la República, y en la batalla de Filipos sufrió la humillación de tener que abandonar su escudo (de 8 a 12 kilos de peso), para darse a la fuga con más ligereza. El mismo nos lo cuenta en el Canto VII del Libro II de sus Odas, en que celebra su reencuentro con un antiguo camarada:

“Contigo viví Filipos y las prisas de una fuga,
dejando atrás para mi vergüenza, el escudo
cuando hasta los más valientes se desmoronaron
y dieron de bruces sobre el deshonroso polvo”.

Horacio comprendió que su futuro no estaba en la milicia y regresó a Italia, cambiando los clarines por la lira. Gracias a eso ha disfrutado la posteridad las Odas, Épodos, Sátiras y Epístolas de tan insigne personaje.

El mismo que en el Canto II de las conocidas como Odas Romanas, escribió el verso “Dulce et decorum est pro patria mori”, que nos sirve para introducir una característica inherente a los ejércitos que en el mundo son y han sido: la defensa de la patria. Esto lo justifica todo, las matanzas de las guerras de expansión imperial del pasado, las masacres coloniales del siglo XIX, los bombardeos de ciudades sin significación militar, como Guernica, las razzias nazis en Rusia, los misiles V1 y V2 sobre Londres y otras ciudades europeas, la destrucción de Dresde y Tokio,  los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, las bombas de napalm en Vietnam…

En estos conflictos bélicos todavía morían “nuestros” soldados, la guerra seguía teniendo cierta épica, era más, llamémosla “igualitaria”. Qué diferencia con las últimas guerras planeadas y llevadas a cabo por Estados Unidos después de la caída del muro, primero en Yugoslavia, donde los bombarderos de la OTAN lanzaban sus misiles desde una distancia inalcanzable  para las defensas antiaéreas. ¿Dónde quedaron los “valores militares” en las dos guerras del Golfo, en las masacres colaterales de Libia y Siria? ¿En la invasión, destrucción y actual derrota en Afganistán?

Los nuevos  coletazos del monstruo imperial no se resuelven ya en términos del riesgo, el valor y el honor propios de la desacreditada retórica militar aún en uso. Malos tiempos  para los cretinos funcionales que todavía creen en tales ideales.

UNA GUERRA OLVIDADA

Estos días, uno de los pocos periódicos españoles que informan sobre la ignorada guerra del Sáhara, el digital Público, publicaba las declaraciones de un veterano combatiente del Frente Polisario herido el pasado mes de abril durante un ataque saharaui contra el muro defensivo construido por Marruecos:

“Ahora me atacó un dron, esa es la gran diferencia”, dijo.

La primera herida que  sufrió el militar fue en 1985, durante la primera guerra del Sáhara, cuando un obús le alcanzó en un brazo.

“El enemigo es el mismo de entonces y el objetivo es el mismo: el referéndum que no se ha celebrado y la independencia del Sáhara. Lo único que ha cambiado son los medios, la tecnología”, explica el combatiente.

En el mismo bombardeo marroquí murió el jefe de la Gendarmería Saharaui, un estratega en ingeniería y combate.

Marruecos ha comprado drones capaces de cargar y disparar misiles a Turquía, que es uno de los países que los fabrica, junto a EE.UU., principal proveedor militar de Rabat. La guerra olvidada del Sáhara es otro caso de conflicto desigual,  donde los soldados de Estados Unidos y sus aliados no tienen necesidad, gracias a su poderío técnico,  de probar su valor corriendo algún riesgo efectivo. Los heridos y los muertos los ponen los otros.

La ética de la guerra hace tiempo que desapareció. Ahora ha desaparecido también la estética y los criminales aparecen claramente como lo que son, sin ningún limbo de dignidad y de honor. No hay nada que lamentar, excepto el sufrimiento de sus víctimas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.