Pedagogía y Tiempo Histórico: Un binomio inseparable

Por: Juan Almagro Lominchar, PhD
Universidad de Almería (España)

Durante las últimas semanas, mis clases se centran en trabajar un concepto tan complejo como fascinante: el tiempo. Si tuviera que hacer una descripción al respecto de cómo interiorizan mis estudiantes universitarias/os el concepto de tiempo, las fases de sus rostros serían: la sorpresa (“sé lo que es el tiempo, pero no sé verbalizarlo”); la irrelevancia (mirada de los mil metros); y la curiosidad (“pues parece que esto del tiempo no está tan mal…”). Quizá haya algún estadio más, poniéndonos piagetanos, que no he sido capaz de observar, pero con casi toda seguridad soy capaz de afirmar que esas fases (sorpresa-irrelevancia-curiosidad) son la base que se repite en casi todo el alumnado que busca obtener el título de maestra o maestro de infantil, al menos cuando se le habla de un tiempo que no es el atmosférico.

En primer lugar, puede que les resulte sorprendente porque su software mental no les permita comprender que la abstracción vinculada al concepto de tiempo tiene cabida en un aula de infantil, y que, por consiguiente, una niña o un niño de 4 o 5 años puede asomarse a la historia y visualizar hechos o acontecimientos a partir de relatos, cuentos infantiles, fotografías, películas… Es muy posible, todo sea dicho, que lo mismo que les sucede a mis estudiantes, estas niñas y niños tengan dificultades para verbalizar el tiempo, y más concretamente, el tiempo histórico, pero las investigaciones posteriores al desarrollo evolutivo dejan constancia de la plasticidad del cerebro en el aspecto que nos ocupa, siempre y cuando el contenido sobre el tiempo histórico se adecúe a la mirada de las niñas y niños de infantil.

En segundo lugar, quizá esa irrelevancia al hablar del tiempo venga provocada por el escaso valor que el sistema educativo le concede. Y no es baladí esta cuestión, pues cuando hablamos del currículum, y más específicamente, del currículum vinculado a la enseñanza de las ciencias sociales, la extensión kilométrica de este nos hace visualizar un recorrido por la historia total, pero con una profundidad milimétrica a la hora de detenernos en las causas, consecuencias, cambios y continuidades de las diferentes etapas históricas. Así, cuando las y los estudiantes llegan a la universidad, por lo menos odian y defenestran dos cosas: la Historia, y al profesorado que se la impartió.

En tercer lugar, y al hilo de lo anterior, la curiosidad ha de venir provocada por un enfoque pedagógico alternativo de las ciencias sociales, en general, y del concepto tiempo, en particular. Si somos conscientes de la importancia que tiene el tiempo, desde una perspectiva antropológica, sociológica y, por supuesto, histórica, en el desarrollo de nuestras vidas, y además manejamos las herramientas necesarias para trasladar a nuestro alumnado esa visión, la sorpresa y la irrelevancia nos conducirán, sin duda, hacia la curiosidad.

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