Octubre, una crónica personal

Por: Carola Beatriz Henríquez Espinosa
Comunicadora, Chile

Desde hace dos años octubre vive en la memoria, en la de unos pocos sobrevive en silencio intentando justificar injusticias, en la de muchos otros revive día a día al salir a trabajar o a buscar trabajo, al comprar el pan o subirse a un bus.

En 2019 el llamado a paro nacional llevó a 13 días de movilizaciones constantes, en las calles trabajadores/as, estudiantes, comerciantes, mujeres, profesores/as, campesinos e indígenas reclamaban su pleno derecho a una vida digna. Hoy, nuevamente la misma demanda se hace presente, poco a poco los diversos sectores se encuentran y se organizan con el fin de poder frenar una serie de medidas que afectan directamente al pueblo.

No han tardado en salir voces a criticar las movilizaciones, a hablar de la violencia que genera y de la importancia de trabajar y vivir en paz, sin embargo, no se puede olvidar que no hay mayor violencia que la desigualdad, la vulneración del derecho a tener una vida digna o simplemente como decía alguna pared por ahí: violento es tener que elegir entre el pan o el pasaje.

Los carteles que se leen en las manifestaciones dejan claro el sentir del pueblo: “mientras no haya pan para el pueblo, no habrá paz para el gobierno”; “Lasso es hambre”; “Primero lo primero, salud y educación”; “Octubre vive, la lucha sigue”.

Las políticas neoliberales asumidas por el gobierno y protegidas por los pactos con el Fondo Monetario Internacional hasta el momento no hacen más que profundizar la pobreza, la exclusión, la desigualdad y la precariedad. Para muestra un botón: desempleo, crisis carcelaria, altos niveles de delincuencia, crisis migratoria, alza de combustibles, y ahora, el anuncio de reformas que permitirán la privatización del sector energético.

Y mientras tanto, el gobierno del encuentro y del diálogo criminaliza y reprime la justa protesta social, porque sí, el pueblo está en su legítimo derecho a la resistencia frente a la vulneración de derechos y ante la demanda del reconocimiento de nuevos derechos.

No sacamos nada con cuidar paredes y adoquines, si no nos preocupamos de luchar por el derecho a una vida digna y plena para todos/as, de combatir la pobreza y la exclusión, de exigir la igualdad de oportunidades. No podemos cerrar los ojos o simplemente cambiar deslizar nuestros dedos en las pantallas, como decía la Negra Sosa, que lo injusto no nos sea indiferente.

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