La lectura: ese dispositivo político

Por: Dr. Ricardo Sánchez Lara, PhD
Universidad Católica Silva Henríquez (Chile)

Primer apunte. Una de las novelas importantes del realismo sucio, Camino de los Ángeles (1985), de Jonh Fante, relata cómo la infernal y poco cauta trayectoria que experimenta Arturo Bandini para ser escritor se riega de imágenes desoladoras, casi insultantes. Arturo imagina, siempre imagina: aventura el exterminio de cientos de cangrejos en una playa, elucubra sus diálogos de crueldad, las plegarias y los vítores a su gesta militar.

Arturo imagina, siempre imagina.

En otra secuencia de la novela, el personaje idea la forma de acabar con sus más de 20 romances paralelos (con paralelas e imaginarias mujeres). Una a una, las nunca corpóreas, van desapareciendo de su historia. Una a una van llevándose un relato de amor que nunca más existirá para el protagonista, o que nunca, quizá convenga decir, existió.

Segundo apunte. Una niña, a quien llamaré Francisca, me permitió, hace unos meses, entrevistarla para una investigación que estoy llevando a cabo.  Me interesa saber de tu experiencia con la lectura literaria escolar, le dije. ¿Empecemos? Recuerdo, dijo Francisca, que en una clase la profesora nos mostró un poema, yo, al leerlo, imaginé un millón de cosas y no pude concentrarme en lo que la profesora quería… ¿Por qué el mundo en el que vivimos es tan oscuro, tan lleno de maldad…? Imaginé cómo yo podía hacer algo, no sé, algo para mejorar estos sucesos dañinos.

Francisca imagina, siempre imagina.

Tercer apunte. La filósofa Martha Nussbaum argumenta que la literatura nos permite desarrollar imaginación narrativa, es decir, pensarnos otros, hacernos otros y buscar, desde esa alteridad, los puntos de consenso y disenso que constituyen nuestra historia del mundo. Pensar, sentir y ser ese otro, diría Nussbaum (2010), es un acto de imaginación que, en todo su evento, es un gesto de justicia tendiente al bien común.

Arturo Bandini, movido por la complejidad de su biografía, es incapaz de pensar en otro. Sus acciones son reflejo (quizá el motivo crítico de la novela) de una sociedad egoísta, ensimismada y desapegada de la fe democrática. Francisca, por el contrario, necesitó una buena experiencia escolar para desplegar su humanidad, para iniciar una travesía imaginando espacios mejores… espacios comunes para el diálogo de las diferencias (naturalmente también movida por su complejidad biográfica).

La literatura puede y no puede lograr movilizarnos hacia la imaginación narrativa. La lectura puede y no puede transformarse (en una razón crítica) para transformarnos (a la búsqueda sentida de la justicia por, para y con los otros).  No quisiera argumentar que hay razones causales para que esto ocurra; no quisiera, porque tampoco corresponde al contexto, emitir juicios de valor en torno al sistema relacional de Bandini o de Francisca. En suma, las biografías, siempre diversas, se ubican en coordenadas temporales y espaciales mediadas por la política (y por lo político) de su tiempo, por discursos de verdad y por complejos mecanismos sociales que pueden o no favorecer ciertas transacciones. 

Cuarto apunte. El final.

En su libro Hacia una historia de la lectura y la pedagogía literaria en América Latina (2018), Juan Poblete expone, entre muchos otros episodios históricos, que la literacidad precolombina sufrió una prohibición colonizadora especificada en la negación del mito y de la ficción por ser formas no hegemónicas de producción de saber (teniendo como vara la producción de saber en torno a lo divino). La consecuencia postrera, propondría Nelly Richard (2010), es que el contexto cultural chileno reproduce esta metáfora erigida colonialmente, a saber: las mitologías particulares, en tanto formas subjetivas (residuales) de producir saberes y significados desde la experiencia múltiple, se hallan desplazadas por saberes y haceres canónicos que, en términos generales, no cuestionan las “exclusiones y descalificaciones que se practican en nombre del conocimiento verdadero” (Richard, 2010, p.69).

Aquí hay un argumento central. Decía que las biografías, siempre otras, se ubican en coordenadas temporales y espaciales mediadas por la política (y por lo político) de su tiempo, por relatos de verdad y por complejos mecanismos que pueden o no favorecer ciertas transacciones. Buena parte de la relación entre literatura, cultura y escuela están determinadas por la negación del mito (en tanto sintagma político), es decir, por la negación de las particularidades complejas que operan en la semiosis social (o en la producción de sentidos siempre socioculturales), lo que trasunta, diría  Axel Honneth (2007), en la reificación del reconocimiento, vale decir, en la naturalización de que el conocer sería posterior a la experiencia y que el reconocer operaría en la menguada eticidad devenida de los meros actos de cognición.

Los cuatro apuntes que presento nos sitúan en la discusión, siempre álgida, de un sistema relacional complejo: imaginación, lectura, justicia social y educación. ¿Qué intersticios habitan en este sistema? No lo sé con precisión. Intuyo, sin embargo, que los espacios oscuros poseen mayor complejidad analítica que la que pudiéramos sospechar. Intuyo, sin embargo, que la clave metodológica está, como diría Ocampo, en la ‘entridad’ de los aparatos discursivos.

¿Será la subalternidad el espacio interseccional por develar? ¿Serán las disposiciones epistemológicas los sustratos por aventurar? ¿Será que las preguntas por la lectura son también las preguntas por la inclusión como justicia simbólica? Estas y otras interrogantes emergerán en las y los lectores de “Y-cidad o el acto heurístico-político de la intersección lectura y justicia social”, y creo, desde mi proyecto argumental, que en el texto de Ocampo habrá respuestas devenidas de una gramática rebelde (con una fuerza profundamente dislocadora) que nos situará en la entridad fenoménica de la lectura y su poder performático.

Es cierto, como el mismo autor afirma, que la interseccionalidad permite mapear la experiencia de desigualdad multidimensionalmente, y que, para ello, la “y-cidad” se convierte en una dimensión analítica de la decolonialidad; dimensión también epistémica y metodológica que favorece, enhorabuena, comprender la lectura como un dispositivo político y relacional capaz de subvertir la agencia hegemónicamente coaptada.


Prólogo al libro: Y-cidad o el acto heurístico-político de la intersección lectura y justicia social de Aldo Ocampo, publicado por CES-AL, octubre 2021.

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