Sobre revoluciones, muros, corbatas y camaradas de lucha

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

La envidia bien administrada puede ser un integrante esencial de la lucha de clases y esta, bien dirigida, puede llegar a ser uno de los motores del cambio social. Se sabe desde hace tiempo, aunque pocas veces se haya formulado abiertamente: el rencor —justo rencor— que en el individuo produce la desigualdad, elevado a ideología y convertido en fuerza colectiva, ha estado en el fondo de todas las revoluciones que en el mundo han sido. Hace muchos años, guiados por algunos profetas del rencor social, en algún que otro país se logró cambiar (momentáneamente) un orden manifiestamente injusto por otro en principio más equitativo. Muchos de esos precursores ni siquiera tenían motivos para ser rencorosos; al contrario, eran idealistas y les guiaba tan solo el afán de redimir a los miserables, liberarlos del destino cruel al que irremisiblemente estaban encadenados. Algunos incluso llegaron al poder —un poder cimentado sobre el sacrificio y la sangre de infinidad de personas— e irradiaron al mundo la luz de sus doctrinas, convertidas en práctica referencial y llena de esperanza para millones y millones de condenados de la tierra.

Con el tiempo, esos revolucionarios, o los que les sucedieron en su misión, cayeron en el crimen y el error (todo crimen es un error) de fusionar opresión, asesinatos y otras infaustas degradaciones del poder con el objetivo emancipador por el que decían luchar. La rosa justifica a las espinas y ella se justifica por sí misma, pero los hombres no tienen la inocencia de las rosas y nada puede excusar que el sufrimiento de los demás sea considerado necesario para alcanzar un objetivo justo. El fin no justifica los medios; al contrario, si estos son malos, desmotivan y envilecen cualquier fin al que se aspire. Por eso, no debemos dolernos, como siguen haciendo algunos nostálgicos, por la caída de algún muro simbólico hace más de treinta años, aunque sí tengamos que estar insatisfechos por haber sido incapaces (hasta ahora) de derribar otros, nada simbólicos, pero igual de dañinos, que siguen en pie defendiendo la vigencia de la explotación y la desigualdad entre las personas.

Solía decir Manuel Vázquez Montalbán que entre los sueños de su generación no figuraba el del poder. Yo no puedo hablar por la mía. Donde muchos tenían —y algunos la conservan— bien arraigada esa ilusión, sino por aquéllos de sus componentes que me han sido más cercanos y en los que el sueño del poder no ha pasado del momento épico de las banderas proletarias ondeando sobre los palacios de invierno del sistema, inmediatamente después de su conquista por las masas en rebeldía. De “romanticismo pequeñoburgués” se suele tachar este tipo de proyecciones. Quizá deba a esa subespecie del romanticismo el no haberme fiado nunca de los escualos de agua dulce (social-liberales se llaman también) que, con sus masters falsos bajo el brazo, suelen arribar al poder en muchos países de nuestro entorno. A veces, todavía en la antesala del mando, la luz de los focos les traiciona haciendo brillar sus disimulados colmillos de diamante. El inframundo de la política está lleno de estos especímenes indeseables, que una vez en el podio, muestran ya sin disimulo sus fauces prestas al mordisco. Pronto se acostumbran a los perfumes ‘Caron Poivre’, a las corbatas marca ‘Suashish’ y a las vilezas de la razón de estado.

Entre unos y otros —los del muro y los de las corbatas— nos tienen la utopía hecha unos zorros. Menester es recomponerla, aunque la tarea sea ardua. La roca se nos ha caído rodando montaña abajo muchas veces, pero nadie la va a subir por nosotros. Hay que empujarla de nuevo hasta la cima, y hacerlo de manera que cada vez sea más difícil que se nos escurra por la pendiente. Pasarán muchos años, seguramente no lo veremos, pero algún día se quedará allá arriba, en difícil equilibrio entre lo real y lo posible, entre la vida y la esperanza.

Mientras tanto, esta mañana mi perro ha intentado morder los tobillos del casero; es un caniche enano y no salta lo suficiente para llegarle a la garganta, pero hace lo que está a su alcance en lo que puede considerarse un episodio menor de la lucha de clases, que sigue siendo uno de los motores del cambio social, a pesar de los negacionistas. Tiene diecisiete años, que dicen equivale a más de noventa de vida humana. Nunca es tarde para tomar conciencia. Por eso, cuando termine este articulejo, voy a comprarle un collar nuevo y ese pienso vitaminado que he visto anunciar por la tele. Hay que estar a bien con los camaradas de lucha.

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