Brechas de inequidad en el arte

Por: Marcela Barreiro Moreira
Docente universitaria, Manabí-Ecuador 

La creación artística de las mujeres se podría decir que ha sido ignorada o invisibilizada en un sistema de relaciones de poder que superpone la producción artística de hombres que poseen una agencia superior a la de las mujeres dentro de diversos ámbitos tales como el académico y el de instituciones culturales, sean estas privadas o estatales. El campo del arte dentro de determinados entornos no ha permitido ni permite aún que ciertas voces femeninas tengan lugar.

Desde mi experiencia en la formación que he tenido en el campo del arte, me di cuenta de que en el ámbito académico las referencias a mujeres eran inexistentes, no sólo por los nulos ejemplos que se utilizaban de las propuestas artísticas de estas en clases, sino también por la bibliografía que se estudiaba en todo el pénsum académico, cabe resaltar que la mayoría de las estudiantes éramos mujeres. Esta falta abrió en mí otras inquietudes, ¿por qué en el Ecuador no tenemos una artista en el campo del arte que sea referente local e internacional? ¿Dónde está la Violeta Parra, la Esther Ferrer o la Frida Kahlo?

En la tesis de Natalia Loza “Para ser poet(is)a tienes que haberte muerto: estudio de la producción literaria de mujeres en la década de los cincuenta de la Casa de la Cultura Ecuatoriana”, la autora analiza las publicaciones que esta institución hace a través de la Revista Letras, y que entre otras, menciona la crítica realizada por Alejandro Carrión a la escritora ecuatoriana Eugenia Viteri que acababa de publicar el libro El Anillo donde se refiere a la obra de Viteri en los siguientes términos:

“¿Dónde aprendió todo esto esta chiquilla?” Además, en repetidas ocasiones la llama “niña” a lo largo del texto. Al parecer, su sorpresa radica en que la autora, a su corta edad y por su condición de “joven mujer buena”, -que es asumido por los tres hombres que hablan de la obra- tenga conocimientos suficientes de temas como drogas, violencia y otros elementos de problemática social” (Loza, 2015, p.109).

Las otras dos personas a las que refiere esta autora son Benjamín Carrión y Jorge Enrique Adoum. Encontré en lo anterior, un planteamiento: es posible que las artistas mujeres sean agenciadas de forma diferente que sus pares hombres debido a su condición de género que les presupone una esfera de dominio principalmente doméstico. Puede ser debido a esto, que el análisis se centre en su condición más no en una crítica dirigida al quehacer artístico como tal.

En una entrevista que le realiza diario El Telégrafo a Michael Handelsman, este comenta que la gente le decía: “En el Ecuador las mujeres no escriben en prosa. Escriben poesía “sentimentaloide” que no sirve para nada”. Handelsman estaba investigando en los años setenta sobre las escritoras ecuatorianas de prosa, al contrario, encontró que desde finales del siglo XIX estas ya estaban produciendo en ese modo de expresión. Nuevamente me cuestiono el por qué no se las ha visibilizado o por qué se las distancia de un quehacer para adjudicarlas a otro que supuestamente se inscribe exclusivamente en lo femenino y además, con calificaciones peyorativas.

Las mujeres artistas no han estado ni están a la par que los hombres y no necesariamente porque sean minorías. Estas realidades no son exclusivas del Ecuador, ni referencian solamente a décadas pasadas. La artista Marla Jacarilla (2018) en su artículo “Olga Beltrán, la rabia y el cuerpo” menciona que:

“(…) en el año 1989 las Guerrillas Girls todavía se preguntaban en una de sus obras -con ironía, amargura y por supuesto, ánimo reinvindicativo- si era necesario que las mujeres estuviesen desnudas para poder entrar en el Metropolitan Museum, ya que menos del 5% de las obras allí expuestas estaban realizadas por mujeres, pero en cambio el 85% de los desnudos que se mostraban eran femeninos” (Marla Jacarilla, 2018, s/f).

En el 2018 en la inauguración de la feria ARCO en Madrid, la artista y activista española Yolanda Domínguez organizó la acción “Estamos aquí”, junto a otras artistas, curadoras, etc., usaron una diadema con un signo de geolocalización, el fin fue visibilizar a las artistas en el campo del arte. En su sitio web Domínguez presenta cifras como que siete de cada diez premios artísticos recaen en manos de hombres, a pesar de que en las escuelas de Bellas Artes 6 de cada 10 estudiantes son mujeres o que, según la Universidad de Luxemburgo, el arte femenino se vende un 47% más barato que el masculino, entre otras (Domínguez, 2018).

¿Quién ha contado la historia del arte? ¿Quiénes han hecho arte que se haya puesto a circular? ¿Dónde han quedado todas esas formas de pensamiento creadas por otras? ¿Por qué ha resultado un obstáculo que esas otras la cuenten? ¿Por qué aún la distancia de quienes cuentan la historia sigue siendo preferencial? ¿Qué lugar tiene en ello la articulación del lenguaje?

He entrevistado a alrededor de 20 artistas ecuatorianas sobre su percepción respecto la inequidad en el campo del arte en comparación con sus pares hombres. Los comentarios que me indicaron en comunicación personal, exponen que, sobre esta problemática, existen varios puntos de encuentro, entre ellos están los siguientes:


– Sus obras artísticas no son analizadas por su trabajo, sino por su género. Esto las pone en la disyuntiva de hacer activismo con enfoque de género, a pesar de la necesidad de abordar estas temáticas sobre disparidades, principalmente por evitar la perpetuidad de ser nombradas por su condición de mujer exclusivamente, no por su trabajo artístico.

-El cuidado de los hijos, al ser considerada una responsabilidad mayormente de la mujer, interfiere en el tiempo que se dedican a la profesión, sumado a que, debido a la poca gestión de organizaciones, o a la posibilidad de tener representantes, las artistas deben auto gestionarse.

-También se ven afectadas por la distribución inequitativa del trabajo artístico en la proyección local e internacional, ligada a la falta de levantamiento de información y socialización de lo que se hace actualmente.

En ese sentido, en comunicación personal con la artista Karina Cortéz, manifestó que hombres como Guayasamín, entre otros de esa época, siguen siendo la imagen del arte ecuatoriano a nivel internacional y local, eso quiere decir que el Estado no tiene una investigación profunda de lo que se viene haciendo actualmente, o que las agendas políticas en cuanto a cultura dan prioridad a los nombres ya establecidos.

¿Cómo podemos reconfigurar el espacio común con base en la equidad en el campo del arte? Entiendo el arte como un gesto político, si la historia la escribieron y la están escribiendo “los vencedores”, ¿cómo hacer espacio a otras voces, a voces femeninas para ser parte de esos gestos que abren preguntas?

Si Rosa Parks en 1955 en Estados Unidos decidió rechazar el status quo y sentarse en el asiento del autobús en el que sólo los blancos podían sentarse, intentemos pues, con base en ello, que el arte sea una vía para la distribución equitativa donde entre otras situaciones, el quehacer artístico de las mujeres tenga iguales condiciones de proyección.

Considero es un deber de la academia, y esto implica la rama del arte, dar espacio en sus programas de estudio a referentes femeninos, recordemos que la historia nos ha tratado como minoría sin serlo, y aún si lo fuéramos, requeriríamos espacio en la distribución de lo común.

Referencias bibliográficas

Loza, N. (2015). Para ser poet(is)a tienes que haberte muerto: estudio de la        producción literaria de mujeres en la década de los cincuenta de la Casa de la Cultura Ecuatoriana [Tesis de Maestría, Facultad Latinoamericana      de Ciencias Sociales Ecuador].             https://repositorio.flacsoandes.edu.ec/xmlui/handle/10469/7665

Marla Jacarilla. (2018). Olga Beltrán la rabia y el cuerpo. http://contrapicado.net/tag/olga-beltran/

Redacción cultura. (16 de julio 2018). Handelsman será honrado por sus investigaciones. El Telégrafo. https://acortar.link/q8eHAf

Yolanda Domínguez. (2018). Aquí estamos.    http://yolandadominguez.com/portfolio/estamos-aqui/

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