Querido Gurb

Por: Juan Almagro Lominchar, PhD
Universidad de Almería (España)

El comienzo del nuevo curso universitario vuelve a situar a la comunidad –profesorado, estudiantes y resto de personal- en una situación de incertidumbre. En el caso de la universidad en la que trabajo, las tres primeras semanas han servido para muchas más cosas que dar la bienvenida al alumnado, comentarles los principios básicos de procedimiento, recogidos en las guías docentes y comenzar unas clases que, cuanto menos, en su desarrollo, están resultando complejas.

Vaya por delante afirmar que, tras una pandemia mundial –todavía latente-, cualquier desarrollo de los acontecimientos nos resulta novedoso; da la sensación, en este sentido, que nos movemos en un espacio poco estable, con lagunas que nos impiden actuar con naturalidad, como si todos y cada uno de nuestros pasos mostrasen inseguridades, antaño reprimidas; pero más allá de lo humanamente comprensible que resulta esta situación, no debemos perder cierta perspectiva de lo que implica reconocer, desde ese sentido crítico que ha de caracterizar al ámbito universitario, las carencias surgidas de una planificación, cuanto menos, discutible.

Podría continuar este texto, llegados a este punto, narrándole algunos de los acontecimientos vividos en estas tres semanas a ese extraordinario personaje que Eduardo Mendoza inventa en Sin noticias de Gurb. Sería algo así:

Querido Gurb: No sé cómo explicarte, desde una posición de raciocinio, lo que estoy viviendo estos días. Sabrás, a pesar de tu ausencia, que ha comenzado un nuevo curso académico. Esta vez, según algunas informaciones, que no quedan del todo claras, será presencial. Nadie lo ha afirmado con rotundidad, pero sí se ha especulado en múltiples ocasiones y espacios de comunicación con que es esta la única vía que se contempla. Ya sabes que la vacuna ha sido un fuerte aliado durante los últimos meses, pero no el único factor a tener en cuenta para tomar decisiones de calado como la que aquí trato de explicarte. Pues bien, resulta, Gurb, que con sólo dos días de margen para el inicio oficial de dicho curso el alumnado recibe una información en la que las tornas cambian por completo: ya no hay un inicio de curso presencial; se volverá a la virtualidad del año pasado, al menos, de momento. Se avanza, en ese comunicado, que se emplearán todos los medios para que la presencialidad sea posible cuanto antes. El alumnado, a pesar de lo que implica recibir una información así, con tan escaso margen para organizar sus desplazamientos o cancelarlos, debe sentirse afortunado, pues nosotras, nosotros, nosotres –me encanta que seas tan tolerante, Gurb, con el lenguaje inclusivo, no como este programa desde el que te escribo, que sigue señalándolo en rojo-, el profesorado, no tenemos en ese momento constancia de nada. Se suponía, amigo mío, que el primer día de clase sería el inicio después de un paréntesis con forma de mal sueño, con aulas llenas de estudiantes; eso sí, con su respectiva mascarilla y ¿distancia?

Así es que, cuando telefoneé a un colega con el que comparto los contenidos de la asignatura que imparto para contarle la información que me había llegado extraoficialmente, quedó tan sorprendido como yo: “Volvemos a la incertidumbre, Juan”, me dijo. En realidad, Gurb, pienso que esa incertidumbre nunca la hemos abandonado; o mejor dicho, es “ella” la que no nos ha abandonado al resto de mortales. Pero, en fin, volviendo a lo que te estaba contando, finalmente el profesorado –esta vez sí- recibimos información sobre cómo actuar en la sesión de presentación de nuestras respectivas asignaturas: sólo sería online la clase de presentación, para después comenzar presencialmente. Me encontré, en este caso, con que mi asignatura tenía, en los tres primeros días de la misma semana en la que comenzó el curso, la primera y la segunda clase. ¿Daría tiempo a hacer en un día los cambios que no se hicieron en…… meses? Esa, amigo mío, fue la pregunta que me hice. Pero mi preocupación duró poco con respecto a tal cuestión planeando sobre mí: a alguien debió iluminársele, por fin, una pequeña linterna que le permitió cuestionar si las aulas tenían la capacidad suficiente para dar cabida a grupos de alumnas, alumnos y alumnes muy numerosos, en algunos casos. La respuesta, amigo, fue que no, y desde ese instante, en nuestras cabezas, atiborradas ya de incertidumbre y de desasosiego, se activó el plan b que todas, todos y todes llevábamos días pensando: tendrá que venir la mitad del grupo, y la otra quedarse en casa. Quizá te preguntes lo mismo que yo: ¿cómo sabrá el alumnado cuando le toca asistir presencialmente?; o, ¿quiénes sois vosotras, vosotros, vosotres para tomar una decisión así? ¿No se supone que hay alguien que debe hacer eso? Ahí está un nuevo –o viejo- quid de la cuestión. En fin; tampoco la segunda clase fue presencial, pues hubo que explicarles virtualmente cómo dividir los grupos para organizar la asistencia por semanas. Obviamente, no gusto mucho la decisión, sobre todo porque, sólo dos o tres días antes, la presencialidad total era lo único que se contemplaba.

Y así lo hicimos, querido Gurb, volviendo a no poder separarte de la mesa que en cada aula se nos asigna al profesorado, pues sabíamos –o al menos queríamos intuir- que en casa había una parte de estudiantes que, como los que allí estaban, frente a nosotras, nosotros, nosotres, también podían seguir la clase con normalidad; es decir, sólo escuchándome a mí, porque a sus compañeras, compañeros, compañeres que estaban en el aula, ni por asomo, pues estaban muy lejos del micrófono de la dichosa plataforma virtual.

No hubo pasado ni una semana, Gurb, cuando recibimos nuevas directrices: ahora sí, a partir del día siguiente, todo “quisqui” a clase. Se acabó la limitación de las aulas: volvían a su capacidad normal. ¿Qué piensas, Gurb? ¿Que vaya estupidez lo de andar dividiendo grupos para uno o dos días? Ya, te lo he leído en los ojos, incluso sin tenerte delante. Bueno, al menos ya no nos tendremos que preocupar de nada más que de dar clase, amigo. Salvo pequeños contratiempos como que tengas un aula con menor capacidad de espacios que alumnado matriculado; salvo que solicites que te den una respuesta al respecto y no la obtengas hasta el mismo día que tienes que impartir esa clase; salvo que hayas tenido que telefonear a las conserjerías de los diferentes edificios solicitando un sitio donde poder trabajar al día siguiente…

Concretamente ese día, amigo mío, conseguí que mi alumnado –el grupo al completo- diese clase presencial en un aula con capacidad para 59 personas. Entre persona y persona no había más espacio que el que puede surgir entre dos cuerpos que casi se tocan. Di la clase, Gurb, porque, nos guste o no, hemos asumido que hay que hacer lo que nos dicen y no cuestionarlo. Salvo si tienes un amigo como tú al que se lo puedes contar abiertamente. PD.: Olvidé decirte, Gurb, que, durante este enrevesado y emergente proceso, un canal de información anunció a bombo y platillo en televisión que esa universidad a la que me refiero había sido pionera en organizar y comenzar las clases presencialmente. No te rías, que ya sé por dónde vas.

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