La comida entre el amor y el desamor: Un mundo desigual donde solo se alimentan bien unos pocos

Por: Shirley Ruiz
FSMET Col-Lat, Costa Rica

Él se llama Diego, un niño con apariencia saludable, no le gusta mucho ir a la escuela, pero sabe que ahí le darán desayuno y almuerzo y eso hace que cada día se levante y no falte a sus estudios.

Suena el timbre y él y sus amigos entre gritos y risas salen corriendo de la escuela hacia los matorrales en busca de matas de banano, tal vez, la única merienda que van a tener en la tarde y les ayudará a matar el hambre de unas cuantas horas mientras regresa su padre o su madre con algo para tomar café y luego acostarse para soñar que al día siguiente puedan comer unas galleticas con un vaso de leche y no sean unos bananos los que sacien su hambre.

Diego sabe que más tarde no habrá cena, por lo que guardó unos bananos para él y su hermanito menor y comer en la noche.

Ellos no viven en Nigeria, ni en Yemen o Sudán del Sur, donde normalmente escuchamos o leemos que están entre los países donde los niveles de hambruna son muy elevados.

Él y su familia viven en un país donde el gobierno prefiere gastar millones en publicidad tratando de mejorar su imagen falsa en vez de invertir en programas sociales donde propicien una mejor calidad de vida.

Recuerdo que una vez leí un artículo que decía: “Cuando vivir con hambre se transforma en costumbre”

Entre el 2015 al 2018 el número de personas subalimentadas en el planeta ha aumentado de 785 millones a 822 millones, entonces, aquellas ideas ambiciosas de que para el 2030 pudieran disminuir los niveles de hambre en el mundo, pues parece que están amenazadas y en vez de mejorar más bien estamos retrocediendo y cada día son más los países que se suman a estas tristes cifras.

¿Hay soluciones claras? No, por lo menos no por parte de algunos gobiernos.

No me atrevería a generalizar, pero sí podría mencionar que hay un alto porcentaje de países donde cada vez las desigualdades socioeconómicas son más notables y preocupantes.

En Latinoamérica en el 2019 el hambre creció a un 7.4%, o sea, casi 48 millones de personas según estudios realizados. Y algunos gobiernos, cumbres, entre otros, siguen proyectándose en intentar disminuir el hambre para el 2030 (y no está mal sus esfuerzos y proyecciones), pero mientras tanto ¿Qué hacemos con los que hoy en día no tienen qué comer o solo pueden hacer una comida decente (si acaso) al día?, ¿Será que las personas con hambre se puedan aguantar al 2030 para que la situación mejore? ¡No lo creo!

Volvemos a Diego e imaginemos este diálogo:

-Mamá, me suenan las tripas

-Ella lo mira y le dice: tranquilo hijo que para el 2030 todo va a estar mejor.

-Ahhhh bueeeeno mamá, le responde Diego, mientras feliz se da media vuelta, olvida su hambre y se va a jugar con su hermanito.

Parece un chiste, ¿cierto?

Pues no, no lo es y a veces da la impresión que las únicas palabras que escuchamos de parte de los gobiernos sobre problemáticas sociales y temas importantes que nos preocupan  son respuestas que producen más incertidumbre, miedo y tristeza y sí, a veces hasta risa dan para no llorar.

¿Será que la historia del hambre se puede cambiar?

En caso de existir una respuesta positiva, esta no vendría por parte de los gobiernos, sino, que cada día se van sumando Movimientos Sociales, Cooperativas, ONG, Foros, Asociaciones, entre otros, que comprometidos con programas sociales buscan ayudar y crear caminos solidarios donde exista un bien común para todos y todas.

Personalmente, conozco gente que con amor, alma y corazón trabajan cada día para que miles de familias no les falte alimento, pero no solo es poner comida en su mesa, sino que también crean y dan herramientas que ayuden y acompañen a las comunidades vulnerables a salir adelante en medio de las crisis sociales y económicas que estamos enfrentando. 

Cuando la fuerte recesión a finales del siglo XIX dejó en la calle a miles de personas, el discurso de la activista anarcofeminista Emma Goldman fue: “Pedid trabajo; si no os lo dan, pedid pan, y si no os dan ni pan ni trabajo, coged el pan”, discurso que la llevó a ser detenida en 1893 y en su biografía “Viviendo mi vida”, escribió que la liberación y la libertad iban acompañados de vida y alegría y sintió que renacía y que debía luchar por un cambio social.

Aquellas frases que tontamente se pronuncian donde dicen: “Es que quieren todo regalado, los pobres son pobres porque quieren, si yo salí adelante porqué otros no lo hacen, el que quiere estudiar lo hace contra viento y marea y etc.”, al final muchos de esos discursos van llenos de prejuicios, odios, fobias, ignorancia y otros factores donde olvidan que las circunstancias no son iguales para todos y todas.

“Ama a tu prójimo como a ti mismo”, discurso que hipócritamente muchas veces se mastica y pronuncia en bocas de personas que solo aman al que es igual a ellos o ellas, pero la realidad demuestra que viven en un mundo egoísta e indiferente.

Mientras muchas familias botan la comida y se les pone mala en la nevera, otras familias hacen lo imposible por llevar alimento a sus hogares.

La comida es cultura, es bienestar, es amor, es salud, es igualdad, es respeto, es un acto que nos amiga y acerca al otro y otra que son iguales y sienten como yo y mientras la hambruna siga aumentando y en muchos hogares no haya buen alimento diario,  no podemos hablar de igualdad y mucho menos hablar de amor.

“Llevar pan a cada hogar y que nadie se acueste con
hambre, puede parecer una utopía, pero será una lucha
de amor y respeto que nos hará caminar en busca de
un mundo mejor e igual para todos y todas”
Shir Ruiz

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