De escritores y mercaderes

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

“La nobleza de nuestro oficio
estará siempre en dos arduos
compromisos: la negativa
 a mentir y la resistencia a la opresión”.
Albert Camus (Discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura 1957)

Unos escriben para exorcizar sus miedos. Otros como pretexto para no matarse. Hay algunos que escriben, tienen miedo y no se matan. Sé de otros que escriben y deberían estar muertos por ello. Hay quien escribe para demostrar algo. Otros, por vanidad o simplemente por dinero. La variedad de motivaciones humanas puede ser infinita y hay incluso quienes escriben simplemente porque les gusta y haciéndolo se sienten mejor consigo mismos.

Perdonen que me traiga a colación, porque la verdad es que yo no sé por qué escribo, quizá para tratar de proporcionar algún momento de efímero placer a los amigos y amigas, tal vez para que ellos y mi familia me quieran un poco más, o quién sabe si por algún afán inconsciente de perennidad, como un acto no meditado de rebelión contra la frustrante finitud que convierte a los hombres (y mujeres) en un nódulo de pasiones inútiles.

Todo es posible, aunque no probable, pues el acto de escribir, de hacer arte con la vida es como un ritual mágico sumido hasta las orejas en lo cotidiano. Todos somos dueños de nuestras palabras, pero solo unos pocos saben crear un mundo sugestivo con ellas. Lleno de calles y de escaleras, que a veces no conducen a ninguna parte, de personajes verosímiles en su reciedumbre o en su vileza, de palacios suntuosos y de sórdidos chamizos, de bibliotecas umbrías, de días luminosos y de horas tortuosas, de alfombras que vuelan y de enredaderas que buscan el sol, huyendo de la sordidez de las vidas sin futuro.

Todas y todos los escritores pretenden decirnos cosas, pero pocos consiguen decir algo que valga la pena. Unos, los más, por dificultad intrínseca para crear vida con sus fábulas y sus personajes. Otros, los peores, por venalidad, por buscar el éxito fácil, escribiendo lo que el público, o los grandes editores, que son los que deciden los gustos del público, les exige. Estos son los triunfadores, los autores de best Sellers que publican millones de ejemplares, los que, andando el tiempo, suelen conseguir los premios más cotizados por su nivel crematístico, los que entran en la Academia con facilidad, más por sus habilidades sociales que por sus aptitudes artísticas, y acaban fungiendo de grandes patriarcas (matriarcas hay muy pocas) de las letras. El mundo literario está lleno de estos fantoches hinchados de humo, que suelen publicar uno o dos libros al año —el mercado manda—, utilizando para unas obras, como los malos sastres, los retales que les han sobrado de otras.

El buen escritor, o al menos el escritor honesto, siempre ha huido de ese mundo de mediocridad mercantil disfrazado de excelencia literaria. Su vida es el trabajo duro, callado, de cincelador de palabras y escultor de mundos, rara vez recompensado como su esfuerzo y su talento creador merecen. Pero cuando por avatar del destino logran ser reconocidos, brillan como un meteoro, dejando a su paso un polvo de estrellas que ilumina a toda la humanidad. De ese polvo estuvieron hechos personajes como Rimbaud, Camus, Virginia Woolf, Dostoyevski, Virgilio, Carpentier, Joyce, Sor Juana Inés, Cavafis o nuestro Juan de la Cruz, por ejemplo, que escribieron con su propia sangre, así como otras grandes escritoras y escritores que están también en la nómina de los inmortales.

Ellos son los arquetipos y guías de los literatos honestos que, como dice el mismo Camus que hemos citado al principio “no pueden estar al servicio de los que hacen la historia, sino de los que la sufren”. Los otros no son más que un hatajo de mercaderes a los que habría que echar a latigazos del templo de la belleza y la verdad, que al fin y al cabo son una misma cosa. Amén.

3 comentarios en «De escritores y mercaderes»

  1. Que gran artículo, muy buenas reflexiones acerca del quehacer literario y la comunicación. Es un gran placer leer a Julián Ayala..!

  2. Extraordinario!, a más de muy real en las reflexiones e insinuaciones; desde el título, que dice todo, de los mercaderes. Lamentablemente, como dice la cita bíblica: “En la Viña del Señor hay de todo”; sin duda, también los “escribidores”, quienes, por su miserable condición moral o sus limitaciones, convirtieron la pluma en cuchara; vale la pena reflexionar sobre lo que, al respecto dice Ortega y Gasset, “escribir correctamente es una disciplina que requiere conocimientos previos, voluntad de trabajo, espontaneidad; y, sobre todo, honradez intelectual (que los mercaderes, no entienden). Amén. Felicitaciones.

    1. Excelente. El autor del texto sabe de Camus porque es un escritor que se opone a la mediocridad y sigue la línea de nuestro querido autor argelino

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