El futuro es tuyo

Por: Juan Claudio Acinas
Islas Canarias

Mary Ellen Mark, Campamento gitano, Barcelona, 1987.

Es una gran satisfacción haberse liberado de viejos y tenaces errores. Para entrar en una era de errores mejorados
Saul Bellow

Si algo de lo que he dicho les ha gustado, lo leí en algún libro
Joan Brossa

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En una iglesia de París: La paix, le droit de parler et le devoir d’ecouter… No hay otra salida. Se trata de hablar, de conversar, de “dar cuenta y razón de algo a alguien o ante alguien con el fin de lograr su comprensión o ganar su asentimiento”. Así lo entiende Luis Vega. A lo que, con acierto también, añade que argumentar es un arte: el de construir y confrontar alegatos, razones, estrategias de prueba y contraprueba, para cuyo cultivo nadie ha nacido tarde. Donde la marca del mejor argumento no es la de su contundencia categórica (dejar sin habla al interlocutor), sino la de su productividad (contribuir al desarrollo de la discusión). En tal sentido, argumentar no implica dirigir la palabra solo a quienes piensan como nosotros, ni tolerar consiste en transigir con quienes ya estábamos de acuerdo. Se precisa un reconocimiento mutuo y una mente abierta, sin meter mucha prisa. “Por favor no me comprendan demasiado rápido”, protestó André Gide. Siendo vital que cada cual controle su parcialidad junto con las pulsiones de su ego, para lo que, ante todo, debemos aprender a no tener razón, a perder en el juego, a admitir que somos imperfectos y falibles, propensos al error[1].

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Es difícil. Desde Maquiavelo se sabe que el único modo de llegar al Paraíso es conocer el camino del Infierno para evitarlo. Y en el infierno a) “la razón es  esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”; b) “somos asombrosos en nuestra infinita capacidad de mentirnos a nosotros mismos”; c) “cuanto más nos desorientan nuestras pasiones, más seguros estamos de ver las cosas con claridad”; d) “personas con actitudes distintas ven los mismos acontecimientos de manera diferente”; e) “nos regimos por sesgos de confirmación (nos encantan las evidencias que apoyan nuestras tesis) y sesgos de desconfirmación (infravaloramos las evidencias contrarias a nuestras tesis)”. Todo lo cual, obviamente, tiene consecuencias, entre ellas, sociopolíticas. Por ejemplo: a) la impermeabilidad irracional, por la que no hay evidencia que modifique fácilmente una creencia establecida; b) las brechas de percepción, por las que tenemos una imagen muy distorsionada (extremadamente negativa) de quienes simpatizan con visiones políticas contrarias a las nuestras; c) la indulgencia hacia los nuestros, por la que (i) sentimos aversión a informarnos de los casos de corrupción que afectan a nuestro partido preferido; (ii) la información de un escándalo de corrupción que afecta a nuestro partido preferido no conlleva una reducción en la probabilidad de votarlo; (iii) los individuos menos identificados con un partido suelen ser más receptivos a aquella información y dispuestos a castigar electoralmente la corrupción… Así las cosas, la viabilidad para el diálogo y la deliberación razonables apenas existe. Siempre queda pendiente la única revolución que dignifica al ser humano: la revolución contra uno mismo… ¿Podrás remodelarte?[2]

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Cualquier discriminación, cualquier segregación se debe reparar. Pero las buenas intenciones no bastan. Un error no se compensa con otro. Y el ansia de corrección es un instrumento de furor talibán propicio a los guardianes de la virtud, expertos en disciplinar y decirnos lo que debemos pensar, decir, hacer… Y en eso estamos, en medio de rechazos tiquismiquis, de cruzadas ortogonales con exigencias de pureza para expurgar a los clásicos de “imaginarios excluyentes” y “supremacismo eurocolonial”, o traducir ciertos poemas solo si se es “una mujer, joven, activista, poeta, con experiencia como traductora y, preferentemente, afroamericana”… En “la fauna de las falacias”, siguiendo a Luis Vega otra vez, las ad personam se encuentran en peligro de extensión. Hasta el punto que, para evaluar la obra de alguien (Carroll, Machado, Céline, Nabokov…), se indagan sus orientaciones equívocas y se requieren sus antecedentes criminales adjuntando un certificado de buena conducta… Es tragicómico que Aterriza como puedas sea imposible que hoy se pueda filmar, como lo es pasar por alto que Hattie McDanield, activista en la lucha por los derechos civiles, fuera la primera actriz negra en ganar un Oscar por su personaje de… criada en Lo que el viento se llevó. Hay una moralina mojigata y puritana, integrista y censora, muy educativa, que no deja respirar, con una lista infinita de humillados y ofendidos, en cuyo nombre un montón de letras escarlatas, fatwas y cazadores de lo no pertinente se expanden con malhumor por doquier. Una presión implacable que, con sus clics o hashtags, adopta un perfeccionismo inflexible, rigorista, tan anacrónico como inhumano, “sinflictivo”, asegura Leonardo Padura. Por eso, “la expresión políticamente correcto no me gusta, porque va asociada a un intento de silenciar algo, de poner límites, porque cada vez es más difícil bromear sin ofender a nadie”… Je suis incorrigible, je suis Charlie![3].

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Bendita recompensa la que se obtiene por no mandar ni que te manden, por desconocer el apego al poder bajo el disfraz del servicio a la sociedad. Donde “el odio, la crueldad, la hipocresía, la rapiña, no pertenecen en exclusiva a ningún partido”. Donde siempre cabe decir con Thoreau que el mejor gobierno es el que menos gobierna, pero el mejor de lo mejor es el que no gobierna en absoluto. Porque “ser gobernado significa ser vigilado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, reglamentado, encasillado, adoctrinado, sermoneado, fiscalizado, sopesado, evaluado, censurado, mandado por seres que carecen de títulos, capacidad o virtud para ello. Ser gobernado significa verse anotado, registrado, empadronado, arancelado, sellado, timbrado, medido, cotizado, patentado, licenciado, autorizado, apostillado, amonestado, prohibido, reformado, reñido, enmendado, al realizar cada operación, cada transacción, cada movimiento. Significa verse gravado con impuestos, inspeccionado, saqueado, explotado, monopolizado, atracado, exprimido, estafado, robado, en nombre y so pretexto de la autoridad pública y del interés general. Y luego, a la menor resistencia, a la primera queja, ser castigado, multado, insultado, vejado, intimidado, maltratado, golpeado, desarmado, acogotado, encarcelado, fusilado, ametrallado, juzgado, condenado, deportado, sacrificado, vendido, traicionado, y, para colmo, burlado, ridiculizado, ultrajado y deshonrado. Eso es el gobierno, esa es su justicia, esa es su moral”. Una fuerza coactiva[4].

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Y no se trata solo de dictaduras, también sucede en los sistemas representativos, que al menos ofrecen una alternativa. Pero una que no hay quien pueda cuestionar: “la papeleta de votación nunca dice: ¿quieres a A, a B, o a ninguno de los dos?”. Con la consecuencia de que una parte de la ciudadanía expresa su insatisfacción absteniéndose o invalidando su voto, optando por la oscuridad voluntaria, ya que “sencillamente no cuenta, es decir, no se la tiene en cuenta, se la ignora”. Pero, ¿de verdad, carece de significado que alguien deposite deliberadamente un voto nulo que sabe bien que no se contabilizará? Desolador. En especial, cuando adviertes que “estás a merced de personas cuyo poder no deriva de tu consentimiento”, porque “ni siquiera a tus dirigentes ‘elegidos’ les has otorgado el poder de disponer de tu vida y de tu muerte, y mucho menos sobre todas las formas de vida presentes, futuras y hasta pasadas, todas las cuales se arrogan el derecho de extirpar en un santiamén”… ¿Recuerdas? En el año 2003, en España, la mayoría absoluta del Parlamento estaba a favor de la guerra mientras que la mayoría (85%) de la población en contra. ¿A quién representaban los parlamentarios? ¿Qué consentimiento avalaba aquella obsoleta legitimación? ¿En qué se quedó la invención de la soberanía popular?[5]

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Peor, aún. Porque los Estados ya no son los que (cada cual por su lado) ostentan el monopolio de la decisión política. La interdependencia global apunta hacia un marco supraestatal ilimitado e inaccesible. Donde los gigantes tecnológicos han construido sus cúpulas de poder sobre un perpetuum mobile: a) les compramos sus máquinas inteligentes que no sabíamos que nos eran imprescindibles; b) les proporcionamos con ellas una cantidad de datos suficiente para convertirnos en producto de su comercio y objetos de un prolijo cibercontrol; c) nos desvivimos por adquirir la última versión de esas máquinas, a tope de nutrientes electrónicos y prodigiosa velocidad; d) el negocio y la vigilancia sobre nosotros (consumidores consumidos) son de naturaleza total. Un mundo hiper-orwelliano con software espía high tech, donde cualquier trama que sospechaste con un mínimo de fundamento, Edward Snowden, Julian Assange o Chelsea Manning la han podido confirmar… A pesar de lo cual, no nos perturba suministrar constantemente información (filias, fobias, selfies, compras, viajes…). Big Brother Is Watching You ya no expresa una amenaza estatal, sino la realización de un sueño individual, que se ve colmado bajo unos sistemas computerizados de reconocimiento facial e identificación biométrica desde los que monitorizar y proyectar comportamientos. Con lo que, dados los avances en inteligencia artificial, cualquier insistencia en la demanda de neuroderechos (autonomía cognitiva, privacidad mental, libre albedrío del pensamiento, protección contra sesgos) es poca ante los sistemas algorítmicos a disposición del panóptico digital… Aunque no todo es registro e inspección. El medio es parte del mensaje. Y ese medio condiciona: a) una subjetividad frágil y vulnerable, dependiente de los caprichos del exterior (“amistades”, “me gusta”, retuits); b) una incapacidad creciente para estar a solas y soportar diez minutos (incluso menos) de silencio; c) un estado de distracción perpetua que incita a buscar lo breve, rápido y entretenido, debilitando la facultad de concentración y reflexión; d) una desinhibición on line que nos lleva a construir un yo distinto al real y creer que somos lo que no somos[6].

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Y si no vas a pasar por el aro, ¡aguanta! Es tú legítima rareza. “Apenas tienes una deformación, ya tienes ideas propias”. Esa es la llave que “abre tu mente a todo lo que permanece oculto para los demás”. Por eso “¡no te dejes comprar con la simpatía! ¡Sé siempre extranjero! Sé desganado, desconfiado, lúcido, agudo y exótico. ¡No te dejes domesticar por los tuyos, no te dejes asimilar! Tu lugar no está entre ellos, sino fuera de ellos, eres como la comba de los niños, que hay que echarla hacia delante para poder saltar por encima de ella”. Olvídate de catarsis colectivas. Si lo prefieres, puedes imaginar “un navío corsario que lleva de contrabando un pesado cargamento de dinamita, destinado a volar el sentimiento nacional. Defiéndete de tu nación”. ¿No sabes que siempre se alegan ideales bien limpios para negocios muy sucios? Fíjate en los buenos escritores. Solo alaban su tierra y su bandera cuando “están enfermos, cansados, por lo general derrotados, y se quieren embolsar un rápido dólar deshonesto”… Mira, “¿ves este círculo? Es la patria. Es el primer círculo. Pero hay un segundo. Es la humanidad. ¿No te parece que el primero debería inscribirse en el segundo? ¡Nada de eso! Están las vallas de los prejuicios. Aquí, incluso alambre de espino y ametralladoras. Aquí es casi imposible abrirse camino ni con el cuerpo ni con el corazón. Y resulta por tanto que no hay humanidad alguna. Sólo patrias, patrias, diferentes para todos…”. Burocracia emocional. Señas de identidad que absolutizan las diferencias. Unanimidad orgánica e integral. Fetiches. No, nada de eso. Evita el éxtasis de la autoafirmación. “La tiranía del nosotros, la cháchara del nosotros y todo lo que el nosotros quiere volcarte encima, que se muere por absorberte, el nosotros coactivo, inclusivo, histórico, ineludiblemente recto con su insidioso E pluribus unum”… Al margen, quédate al margen. Ya es una suerte la cercanía de Karl Kraus (“tenemos la obligación moral de conocer y confesar la sórdida miseria y la injusticia que se hallan en el lado propio: el enemigo debe olvidar lo que el enemigo le ha hecho y no debe olvidar jamás lo que le ha hecho al enemigo”), Marguerite Duras (“me gustaría no tener ya patria, a mis hijos les enseñaré la comprensión y el amor por la patria de los demás hasta la muerte”) y Dorothy Parker (“jamás he tenido que escoger entre traicionar a un amigo o traicionar a mi patria, pero, si se presentara la ocasión, confío en que tendré los cojones para traicionar a mi país”)[7].

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Y a todas estas, “¿dónde hay una sociedad protectora de seres humanos que esté dispuesta a trasladar, sin pasaporte y sin visado, a nuestros congéneres al país que ellos anhelan?”. Porque en Europa, miles de menores no acompañados que intentan escapar de la violencia o la pobreza en sus países desaparecen al llegar aquí, nadie sabe dónde están… ¡Éxodos!… “No es justo que tú puedas venir aquí a preguntar, que hayas viajado en un avión sin arriesgar tu vida y mi hijo no. ¿Por qué él no? Vosotros los europeos sois ricos y nosotros somos pobres, por eso vosotros vivís y nuestros hijos mueren”… “¿Peligroso? Vamos a ver, hermano, ser negro sí es peligroso”… “Europa paga a los países del Magreb por cada subsahariano emigrante detenido. Te detienen varias veces, así multiplican el dinero”… “Al principio rezábamos y tirábamos los cadáveres del cayuco, pero después se acabaron las fuerzas para rezar y para arrojar los cuerpos”… “Al llegar, nos gritaban ‘cucaracha, vete a casa’. Eso te hunde”… El matemático David Hilbert declaró una vez: “Nadie va a expulsarnos del paraíso que Georg Cantor ha creado”. Acerca de lo cual Ludwig Wittgenstein comentó: “Yo diría que ni se me pasaría por la cabeza intentar sacar a alguien de ese paraíso. Haría algo bastante distinto: intentaría mostrar que no es un paraíso, de manera que pudiera abandonarse por voluntad propia. Yo diría: ‘Bienvenido a esto; simplemente mira a tu alrededor’”. Pues eso[8].

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Son tantas las razones para renegar del hombre blanco, para desconfiar de su arrogante Progreso. Un águila sobre cuya espalda viajamos y a la que alimentamos con trozos de nuestro cuerpo para que continúe sin detener su vuelo. Más rápido, más alto, más, mientras “el mundo se muere por nuestro modo de vida” y “los montones de ruinas crecen hasta el cielo”… ¿A quién le extraña que Kafka deseara ser indio? Porque “si uno pudiera ser un indio, siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas, porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo es una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo”… Con el tiempo Bob Dylan removería el lado menos amable de la realidad: “Para mí, América significa los indios. Estaban aquí y éste es su país, y todos los hombres blancos no han hecho más que ocupar su parcela. Hemos destruido los recursos naturales del país, sin más razón que la de amasar dinero y comprar casas y mandar a los niños a la universidad y mierdas así. Para mí, América son los indios. Punto. Del resto paso: sindicatos, películas, Greta Garbo, Wall Street, Tin Pan Alley o los partidos de los Dodgers. No significa una mierda. Lo que les hicimos a los indios es vergonzoso. Pienso que América, para enderezarse, debe empezar por ahí”… Sin que nada de eso impidiera que, ¡todavía en 1996!, ¡en Canadá!, un programa de asimilación cultural siguiera activo en torno a una red de internados (católicos y protestantes) para niños aborígenes, a los que separaban de sus familias, prohibían hablar su idioma y manifestar sus costumbres, sometían a maltratos y abusos frecuentes (entre 4.000 y 10.000 niñas y niños murieron). Un genocidio premeditado que, con sus formas particulares, sigue golpeando (nunca ha dejado de hacerlo) a tribus de África, Asia y Latinoamérica circunscritas a zoológicos humanos[9].

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Los indiani metropolitani. ¿Recuerdas? Enterraron el hacha de guerra, no para fumar la pipa de la paz, sino para canturrear mientras se lamían las heridas: “nuestras derrotas en realidad prueban solo que somos demasiado pocos combatiendo contra la infamia y de los espectadores esperamos que por lo menos se avergüencen”. Desde ese día, quizá antes, supimos que “la izquierda que esperamos ha de ser, pues, ética y política: ni puramente idealista ni desconectada de un interés real y general, que movilice a la opinión hasta conseguir lograr no el poder, pero sí una muy fuerte oposición (el lugar natural de la izquierda es la oposición), que fuerce al poder a llevar a cabo en cada etapa histórica las reformas realizables. La izquierda no puede ocupar el poder -sólo ejercitarlo pasajera, revolucionariamente, y la actual no parece ser precisamente una era revolucionaria-, porque eo ipso se transforma en derecha. Que manden, pues, ellos, pero que se vean forzados a gobernar como la izquierda demanda”… Y todo eso con el escepticismo rebelde de quien se empeña en “una crítica socialista del liberalismo y una crítica liberal del socialismo”… ¿Bajo qué bandera? Pues… “para los que sólo ven la superficie de las cosas, la bandera libertaria es el trapo rojinegro que a veces ondea por ahí. Pero, no. La verdadera bandera anarquista es el viento que choca con las alas del trapo y lo hace ir acá y allá, y estar siempre en movimiento. La razón de ser de las banderas, lo que las convierte en tales, son sus colores. En cambio la anarca es puro viento. Podría ser blanca, negra, verde o ninguna; el viento seguiría existiendo. Es por eso que un verdadero ácrata no tiene bandera y está dispuesto en cualquier momento a quemarlas todas”. Algo en sintonía con el rumor salado de una antigua canción esquimal: “¡El gran mar / me pone en movimiento! / ¡el gran mar / me lleva a la deriva! / me agita / como a las algas en las piedras / en el agua corriente del río. / La bóveda del cielo / me pone en movimiento / ¡el viento me sopla / a través del alma! / me arrastra / y yo tiemblo / de alegría”[10].

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¿Sabes? “No te estoy dando ayuda. Si esperas ayuda de mí, estás perdido. No hay ayuda de nadie, no hay ayuda de ninguna clase. Tienes que permanecer completamente solo sobre tus propios pies. No hay manuales, ni líderes, ni nada que pueda salvarte. Tienes que salvarte por ti mismo”… “¡Despierta, sintoniza, abandona!”… Aprende a “ponerte y quitarte a voluntad la máscara que sea un escudo contra la hostilidad del conformismo”. Sí, “aléjate de la expresión forzada o del silencio amilanado, oye tan sólo la armonía neutra de lo indeciso e indomable”. Y, sobre todo, sea como sea, recuerda que “no ha sido mi propósito contentarte con ascetismo ni alegrías imaginarias. Te deseo todas las alegrías reales de los sentidos. Sólo quiero darte además mi inagotable regocijo interno, para quedarme tranquila respecto a ti, para que andes por la vida con un abrigo guarnecido de estrellas que te proteja de todo lo trivial, mezquino y angustiante. Sonríe, sonríe siempre, a pesar de todo”… Aunque, es verdad, demasiada entropía. Y una deuda ecológica difícil de saldar. Francamente, no sé si el futuro es tuyo, ni siquiera si lo hay o lo habrá, pero te lo mereces[11].


[1] L. Vega, Si de argumentar se trata, 2003; H.-G. Gadamer, La herencia de Europa, 1989; K.R. Popper, La importancia de la discusión crítica, 1982.

[2] N. Machiavelli, Lettere, 1961; D. Hume, Tratado sobre la naturaleza humana, 1740; L. Nagata, El obelisco marciano, 2018; J. Verdon, Deja en paz al diablo, 2012; E. Noelle-Neumann, La espiral del silencio, 1984; F. de Waal, El bonobo y los diez mandamientos, 2013; S. Hawkins, Hidden Tribes, 2018; M. Ares, S. Breitenstein y E. Hernández, “¿Por qué no se castiga electoralmente la corrupción”, El Observatorio Social de la Fundación la Caixa, 2021; F. Umbral, Amado siglo XX, 2007.

[3] L. Vega, La fauna de las falacias, 2013; G. Kuipers, “Cada vez es más difícil bromear”, La Vanguardia, 25.09.16.

[4] P. Valéry, Los principios de an-arquía pura y aplicada, 1932 (1984); H.D. Thoreau, Desobediencia civil, 1849;  P.-J. Proudhon, Idée générale de la Révolution, 1851.

[5] J.M. Coetzee, Diario de un mal año, 2007; C. Hitchens, Cartas a un joven disidente, 2003; M. Marzano, Consiento, luego existo, 2009.

[6] S. Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism, 2019; Rafael Yuste, Jared Genser y Stephanie Herrmann, “It’s Time for Neuro-Rights”, Horizons, 2021; P. Sibilia, La intimidad como espectáculo, 2008.

[7] G. Lichtenberg; Aforismos, 1971; J. Campbell, El poder del mito, 1988; W. Gombrowicz, Diario (1953-1969), 2005; N. Mailer, Fuera de la ley, 2013; A. Solzhenitsyn, El primer círculo, 1968; R. Sánchez Ferlosio, La verdad de la patria, 2020; P. Roth, La mancha humana, 2000; K. Kraus, Los últimos días de la humanidad, 1991; M. Duras, Hiroshima mon amour, 1960; J. de Sagarra, “Dorothy Parker, genio y figura”, La Vanguardia, 31.12.14.

[8] J. Roth, Judíos errantes, 1927; X. Aldekoa, “Los emigrantes de la covid”, La Vanguardia, 29.11.20 – 13.12.20; R. Monk, Ludwig Wittgenstein, 1990.

[9] Grupo Marcuse, De la miseria humana en el mundo publicitario, 2004; W. Benjamin, Tesis de filosofía de la historia, 1940; F. Kafka, Obras completas III, 2003; Dylan sobre Dylan, 1986.

[10] “Indios Metropolitanos”, El Viejo Topo, 07.77; J.L.L. Aranguren, “La izquierda y el equilibrio ético-político”, El Independiente, 18.11.90; J. Muguerza, “La ética de nunca acabar”, Disenso, 1993; J. Ayala, Correspondencia, 09.11.07; “Canto esquimesse antico”, OASK?!, 23.03.77.

[11]J. Krishnamurti, 100 años de sabiduría, 2007; T. Leary, Flashbacks, 2004; L. Carrington, Memorias de abajo, 1972; J.-M. Ullán, Ondulaciones, 2008; R. Luxemburg, Cartas de la prisión, 1976.

Este artículo fue publicado en “Pensamiento Crítico”.

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