Aprovechando el viaje

Por: Marisol Cárdenas Oñate, PhD
Quito, Ecuador

Entre tantas imágenes que nos bombardean los medios actualmente sobre la situación de Afganistán, sin duda la de la diáspora caótica de 60.000 personas queriendo salir de ese país es un acontecimiento a reflexionar. La salida por todas las  fronteras, en todo tipo de transportes y costos como los aviones XE que a pesar de sus 6.500 dólares de costo por pasajero se volvieron “guajoloteros” -como se dice en México a los buses que llevan a la gente como papas, cargando animales, bolsas y tereques que se desbordan, son impactantes.  Han quedado grabadas en todo tipo de cámaras las escenas en que caen los seres humanos como si fueran trapos que ya no alcanzan en buses, fronteras que se cierran,  aviones, más allá de la del futbolista tan globalizada.  Y esto a vista y paciencia de todos los organismos de Derechos Humanos, y otros mediadores internacionales que no han podido hacer mucho frente al inminente caos desatado en un país que tiene una ubicación geológica (ya desde hace veinte años se había confirmado la presencia del litio) y otras tierras especiales que ofrecen materia prima para la tecnología avanzada, y una geopolítica estratégica cuyos hilos de marioneta siguen en el florón de los poderosos: de mis manos ya pasó.

Para el analista politólogo mexicano Alfredo Jalife,  la decisión de Estados Unidas fue correcta e históricamente ha sido la posición de Biden,  pero la desorganización podría verse más bien como un caos planificado, pensado para que desde ahí  se pueda desestabilizar al Dragón Chino que tiene 91 kilómetros de frontera con Afganistán y  la región autónoma islámica cuya capital es Urundi, centro asiático mongol de musulmanes de la parte del Turkestán oriental. Lama la atención entonces que este evento se de en tiempos de pandemia, como otro frente en contra de la arremetida contra China como potencia mundial.

Si fuera así, esta trampa para crear un caos regional escenificará una guerra civil entre las diversas etnias que tiene Afganistán en lo que se está llamando el Islam Político, que tiene además en la mesa de negociación a otros factores como el control de los opioides y otros elementos sobradamente conocidos como el oro negro.

Ahora bien, viniendo a nuestro país, que por cierto también tiene una ubicación geopolítica  estratégica como bien sabemos, llama la atención las actitudes xenofóbicas que han circulado frente a la posible llegada de un contingente de población de este país.  Pareciera que se olvida a tantos dueños de shawarmas de la Mariscal en Quito, o calles de Cuenca y Guayaquil donde existen familias afganas con estos y otros emprendimientos. De ahí que la exhortación a la vida en interculturalidad  es pertinente: ¿qué sabemos de estas etnias, cuyos pobladores son diversos, complejos como todas las culturas y con varias religiones?  Incluso debajo de las telas -que no siempre son burkas-, con las que cubren ciertas partes de la cabeza, o cuerpo las mujeres musulmanas, ¿qué guardan de historias afectivas, económicas, intelectuales, de migración, de esfuerzos?  En Quito hubo la exposición museográfica Espiritualidades en el año 2014 donde se evidenció la amplia población de practicantes de esta religiosidad en nuestro país, misma que pareciera invisibilizada o estigmatizada por prejuicios que evidencian lo poco que conocemos de ella y de esta zona de Asia Oriental. 

En mi experiencia personal, tuve la suerte de compartir habitación en un tour con una colega musulmana así, y lo que más me llamó la atención -en ese específico caso-, fue la cantidad de joyas de alto valor que usaba bajo esa tela obscura.  Por supuesto que los derechos de las mujeres afganas y  las de todo el mundo, a todo lo que sea  en libre elección, desde el conocimiento de la diversidad de formas de vida, empoderamientos, con variedad de criterios, desde los matices de cada circunstancia y lugares de enunciación, está fuera de discusión. Solo que también muchas de ellas, igual que nosotras, heredan prácticas de trasmisión matrilineal  que genera un vínculo profundo, difícil de trascenderlo.  De ahí que también se podría hacer la exhortación a  nosotras, las otras, las del otro lado de las telas: ¿Qué tanto conocemos sobre estas culturas, estas mujeres,  sus nombres, historias de vida, memorias ocultas?

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