Colombia o la fábula del cangrejo

Por: Jacqueline Murillo Garnica, PhD
Colombia

Fuente: El Espectador. Colombia no se detiene.

Hago uso del título de esta caricatura, “Colombia no se detiene”, pero en la cuesta abajo como el tango de Gardel. La escalada de desastres (y no son los naturales), que se han ido develando en este fatuo gobierno, no paran. La hecatombe en su gran mayoría la ha ocasionado el ejercicio político, el de turno, como lo que acaba de proponer el hombre del “Ubérrimo”: un indulto general para que sus criados, ya algunos en prisiones por sus conductas criminales, tengan “borrón y cuenta nueva”. Es como si cortáramos de un solo tajo la historia de este maltratado país, una burla más para las víctimas de la economía, de los actos de corrupción, de las desapariciones forzosas, de los falsos positivos. Hemos llegado a los topes del cinismo, a aumentar el vacío de vivir en los derrotados colombianos que pensaron que saldría el sol en medio de las tinieblas, que cada vez en esta administración son más densas.

Sobrevivir en Colombia se ha convertido en una hazaña para los colombianos de a pie. Los jóvenes que reclaman son asesinados, los grandes terratenientes expulsan de los campos a los que estorban sus ansias de expropiación, así ha venido sucediendo en los últimos cuarenta años. La desigualdad social cada vez más concentrada, ha traído un ejército de desesperados, de desarraigados que llegan a las capitales a rebuscarse el diario, el hambre no da espera. Y no voy a hablar aquí de los vecinos venezolanos, esa es otra tragedia que se suma al viacrucis colombiano.

Los discursos politiqueros ya nos saben a cacho. No se sabe quién es más estúpido, si el que los pronuncia o el que los cree. Tanto eufemismo para tapar la podredumbre nos tiene hastiados a los colombianos.

El mes pasado, supimos los colombianos del escándalo de la ministra de las TIC, Karen Abudinen, involucrada en la adjudicación del contrato billonario para distribuir centro de internet para los niños de las regiones más apartadas del país. Apenas la bicoca de setenta mil millones de pesos entregados a una compañía como anticipo de un contrato con póliza de garantía falsa, que equivalen solo al 6.5% del total del jugoso contrato. Esta es una de las perlas que se le caen al collar de la corrupción de los ministros del gabinete del presidente Duque.

En los discursitos del mandatario apoya con entonado acento, la gran gestión de la untada ministra. En un país serio, la involucrada jefe de esa cartera dimite a su cargo. Pero, todo lo contrario, el presidente se regó en prosa barata para defenderla.  Tanto el clan de la costa, de donde es oriunda la ministra Abudinen, el clan de los Char, como la procuradora de la nación, ni siquiera se cuestionan si hay impedimento ético para investigar el proceder de la ministra. Ningún ente de control del gobierno se pronunció ante este robo descarado del horario público. Ya el asunto está resuelto, pues la investigadora en este caso es la subalterna de la procuradora general de la nación, es decir, la implicada ministra de las TIC.

Y para continuar con esta feria de descalabros, hago alusión al cuento de Andersen, El rey desnudo. Con este cuento, el presidente rey asume que todos somos estúpidos excepto él y su séquito que alaban entre sí para aprovecharse de su majadería, pues el único engañado es el soberano. Los colombianos vemos la desnudez de su deplorable gestión.

Ha dicho el presidente Duque que ha nombrado codirector del Banco de la República a su dos veces ministro: Alberto Carrasquilla. Este premio adjudicado sin más ni más a quien fuera el responsable de la debacle social que vivimos los colombianos en las protestas populares a lo largo y ancho del país. El que hace unos meses dejó endeudados a 117 municipios pobres de Colombia por más de 20 años, el escándalo de los bonos de agua. Así vamos en Colombia de tumbo en tumbo y en derrumbe permanente como la caricatura de esta columna. ¿Quién podrá salvarnos?

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