Libertad: bella y perseguida

Por: Felipe Albornoz Peña
Cuenca, Ecuador

En estos días fríos de agosto, en los que he visto absorto y conmovido que la horda  de los Talibanes se han tomado nuevamente el poder en Afganistán y he sentido con nostalgia el recuerdo del gran poeta español Federico García Lorca, el poeta de la libertad, cobardemente asesinado por el fascismo hace 85 años, he reflexionado  precisamente sobre la palabra libertad, quizás la más hermosa  y  a la vez más peligrosa de  nuestro lenguaje universal, ya que sin ella  perderíamos gran parte de  nuestra dimensión humana y porque sin conciencia de ésta  seríamos potros salvajes al borde de un abismo. Palabra que connota un valor que no tiene límites, porque si los tuviera, no sería libertad. 

El vocablo libertad proviene del latín libertas, libertatis (franqueza, permiso); es la facultad natural del hombre para actuar a voluntad sin restricciones, respetando su propia conciencia y el deber ser, para alcanzar su plena realización. La libertad es la posibilidad que tenemos para decidir por nosotros mismo cómo actuar en las diferentes situaciones que se nos presentan en la vida. El que es libre elige siempre. 

“El hombre está condenado a ser libre”, es una frase del filósofo francés Jean-Paul Sartre, uno de los máximos exponentes del existencialismo y significa que la libertad es inherente a la condición humana y que, por ello, el hombre es absoluto responsable del uso que haga de ella.

Albert Camus, decía que  los trabajadores manuales e intelectuales fueron quienes dieron sustancia a la Libertad y quienes la hicieron progresar en el Mundo hasta convertirla en el principio mismo de nuestro pensamiento, en el aire del cual no podemos prescindir, el que respiramos a pleno pulmón, hasta que privados de él, nos sentimos morir.

Convenimos con Camus en la visión que tuvo de su tiempo como hoy tenemos en el nuestro, que en la mayor parte del mundo, la Libertad está en retroceso, porque jamás han estado mejor armadas, ni han sido más cínicas, las iniciativas de esclavización; pero también porque a sus verdaderos defensores “ya sea por cansancio, o bien por una falsa idea de la estrategia y de la eficacia” han abandonado la lucha por su defensa y vigencia.

Existen verdades éticas condesadas en tres máximos valores: la libertad, la igualdad y la dignidad. Y sí, en primer lugar  la libertad entre estos valores que deben ser entendidos como exigencias inalienables  de la condición humana.   

De acuerdo al concepto de libertad de la pensadora  Hann Arendt, quien nos hizo reflexionar sobre la “banalidad de mal”, esta debe ser  entendida como acción política y la resume en una sola y contundente frase: es el  “derecho a tener derechos”.

Se refiere a la libertad como fundación, como comienzo y dice que  “el hombre es libre porque es un comienzo”. Cada ser humano marca un cambio para el mundo, una interrupción de los automatismos en el mundo tanto natural como histórico. En este sentido, la facultad para la libertad es “esta capacidad para comenzar, la cual anima e inspira todas las actividades humanas y es la fuente oculta de la producción de todas las cosas grandiosas y bellas.”

Coincidí con el  escritor Rafael Lugo, en un artículo sobre su creencia de que “la paz verdadera no es la ausencia de conflicto sino la presencia de justicia. Y la justicia  no se alcanzará jamás si  no llegamos a entender que  quien tiene menos riqueza tiene menos libertad y quien tiene menos libertad no puede sentir que vive en paz”.

El otro gran poeta español Miguel Hernández en un bello poema musicalizado por Joan Manuel Serrat, dice:

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad, siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espuma a mis venas;
y entro en los hospitales, y entro en los algodones,
como en las azucenas.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada,
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñaran aladas de savia sin otoño,
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida;
porque soy como el árbol talado que retoño:
aún tengo la vida.

Sólo la libertad nos da vida y aliento, nos revive, nos alimenta  y le da sentido y contenido a nuestra existencia.     Hoy, en este mundo donde la libertad se anda escondiendo de Talibanes, Fascistoides y otros de parecida calaña que abren sus jaulas del odio para encerrarla,   los espíritus libres tenemos la insoslayable tarea de salir en su defensa.

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