Un giro de 360 grados: el lugar del retorno

Por: Jacqueline Murillo Garnica, PhD
Colombia

Las imágenes que hemos visto de afganos corriendo en estampida por los corredores del aeropuerto de Kabul, nos recuerdan también las fotografías tomadas en Saigón hace 46 años Es como si estuviéramos ante un mismo escenario, pero en otra locación. En síntesis, los videos de ahora y las capturas de las imágenes de 1975 concuerdan en un mismo punto: el desespero por huir de la hecatombe. La llegada de los bárbaros.

Fuente: Canal DW
Foto recuperada del diario El Espectador.

En las dos situaciones, EE. UU “tiene velas en estos entierros” (como en otros también). Un ejército de soldados y el personal diplomático encabezan las filas para subir de inmediato a las naves, dejando a su paso, una polvareda de desesperados y desarraigados, así el presidente Biden diga que: “No habrá nadie que tenga que ser evacuado por vía aérea desde el techo de la embajada estadounidense en Afganistán. No es para nada comparable”. Elemental señor presidente, volvemos al mismo punto del retorno, al lugar donde empezamos en cualquier sitio de la historia.

En Colombia nos hemos vuelto ajenos a los desplazados: tenemos en suma más desplazados internos, que externos. Los vecinos que llegan desde Venezuela huyéndole al hambre, son los que engrosan la lista. También de latitudes tan lejanas como Afganistán y África, todos ellos víctimas de la guerra, luego sometidos a redes de coyotes que trafican con el sufrimiento ajeno y “trabajan” con la desgracia del desesperado migrante, siempre tratando de buscar un lugar donde los dejen vivir en relativa calma. Una quimera que se va diluyendo en la medida de la realidad de los días que pasan en sus largas y dolorosas travesías. El fenómeno por desgracia no es nuevo, esa ha sido la historia un círculo vicioso para caer en el mismo fango.

La ubicación geográfica de Colombia es un punto obligado en las rutas de los migrantes que vienen de otros continentes para llegar a países centroamericanos como Panamá o seguir una ruta con destino a los Estados Unidos.

El desplazamiento forzoso es el nuevo cáncer de un país como Colombia. Llevamos setenta años de tribulaciones que van escalando en la medida que se acrecienta la guerra. Esa guerra que en las capitales del país no es tan perceptible, sin embargo, el paisaje de las ciudades está abigarrado de desplazados en las calles, en los semáforos, algunos aglutinados sobreviviendo en la mendicidad. Otros toman trechos que sobrevienen del rebusque y la delincuencia, se asocian a bandas que se adueñan de las cuadras, pero hay que buscar la solvencia del día a día.

A propósito de la sinuosa historia colombiana y de la narrativa que ha bebido de las fuentes de la realidad del paisaje de este país; se cumplen cincuenta años de la publicación de la novela “Cóndores no entierran todos los días”, del escritor Gustavo Álvarez Gardeazabal, considerada la novela que mejor ha retratado la violencia en Colombia. La historia del “Cóndor”, el hijo de un empleado del ferrocarril, dueño de una venta de queso, acérrimo enemigo de los cachiporros o liberales. Llegó a conformar el primer grupo de paramilitares y nunca fue condenado, todo lo contrario, recibió de manos del dictador Rojas Pinilla, la condecoración de la Cruz de Boyacá. Llevamos a cuestas setenta años de guerra, ahora con otros funestos ingredientes, pero guerra, al fin y al cabo.  Por fortuna, la literatura se encarga de recordarnos la historia y con ella, las desventuras de los más desarraigados, y el triunfo de los poderosos.

Fuente: Crónica del Quindío.
Fuente: W Radio Colombia

En las fotografías de los periódicos colombianos, en las capturas tomadas de los desplazados de las zonas más abandonadas, están allí como ríos y quebradas humanas huyéndole a la guerra, y no porque queden en los límites fronterizos con otros países que comparten la misma problemática, pero si en gran parte por la negligencia del Estado, agreguémosle el negocio del narcotráfico que se ha intensificado en las fronteras colombianas. ¿Qué más da? ¿De los pobres quién se ocupa? Solo en los discursos electoreros, los candidatos se desplazan con un séquito de guardaespaldas, hasta los lugares más recónditos de la geografía colombiana, para recabar votos y asegurar a punta de labia barata el juego perverso de alimentar esperanzas, pero esa ha sido la mecánica de los políticos de oficio que hacen uso de la retórica electorera. Retratos de campesinos huyéndole al fuego cruzado, a los paramilitares, a las disidencias de la guerrilla que tienen el control de las regiones, con sus nuevos grupos delincuenciales dominando las extensiones de tierra (otro negocio es el de la expropiación de los terrenos).  Toda suerte de situaciones se baraja con miedo, amenazas y balas.

Por ciento, transcribo aquí el poema del poeta griego, Constantino Kavafis, de los pliegues de la historia, así como el decorado de un lienzo barroco, profuso de situaciones constantes en el devenir de los años.  Esta vez los afganos intentan huir despavoridos de los otros bárbaros:

Esperando a los bárbaros

¿Qué esperamos congregados en el foro?

Es a los bárbaros que hoy llegan.

– ¿Por qué esta inacción en el Senado?
¿Por qué están ahí sentados sin legislar los Senadores?
Porque hoy llegarán los bárbaros.
¿Qué leyes van a hacer los senadores?
Ya legislarán, cuando lleguen, los bárbaros.

– ¿Por qué nuestro emperador madrugó tanto
y en su trono, a la puerta mayor de la ciudad,
está sentado, solemne y ciñendo su corona?
Porque hoy llegarán los bárbaros.
Y el emperador espera para dar
a su jefe la acogida. Incluso preparó,
para entregárselo, un pergamino. En él
muchos títulos y dignidades hay escritos.

– ¿Por qué nuestros dos cónsules y pretores salieron
hoy con rojas togas bordadas;
por qué llevan brazaletes con tantas amatistas
y anillos engastados y esmeraldas rutilantes;
por qué empuñan hoy preciosos báculos
en plata y oro magníficamente cincelados?
Porque hoy llegarán los bárbaros;
y espectáculos así deslumbran a los bárbaros.

– ¿Por qué no acuden, como siempre, los ilustres oradores
a echar sus discursos y decir sus cosas?
Porque hoy llegarán los bárbaros y
les fastidian la elocuencia y los discursos.

– ¿Por qué empieza de pronto este desconcierto
y confusión? (¡Qué graves se han vuelto los rostros!)
¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían
y todos vuelven a casa compungidos?
Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

                                                           (1904)

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