Memorias de una ciudad pequeñita “Tan Tan”

Entrevista a Edmundo Javier Jaramillo Molina

Por: María Eugenia Torres Sarmiento
Docente y comunicadora (Azogues, Ecuador)

Conceptualizar la vida de los pueblos, implica remontarse a conceptos quizá tradicionales  como memoria.  Pues la memoria en la psicología, se reduce a términos cognitivos, herméticos e individuales.  Es decir memorizar  es una actividad propia y exclusiva de la vida mental de las personas. Sin embargo, a partir del surgimiento de otras posturas en las ciencias sociales (tales como el construccionismo social), en las últimas décadas, numerosos autores no coinciden con esta postura tradicional, para ellos, la memoria es una construcción social, un mecanismo de reconstrucción y resignificación de elementos vivos que están ya presentes o requieren ser incorporados al imaginario social.

Así la memoria es un proceso de construcción generado en y por los marcos sociales en los que se encuentran las personas. De esta manera:   “Si los hechos no encajan en el marco social aportado por nuestras instituciones sociales – aquellas en las que hemos sido socializados- entonces no se recuerdan”  

Y sobre este tópico, tenemos la participación de Edmundo Jaramillo Molina,  “Tan Tan” con el tema: “Memorias de una ciudad pequeñita”.

Edmundo Javier Jaramillo Molina, nace en San Francisco de Peleusí de Azogues en 1970, en el Hospital Homero Castanier Crespo, en manos de su abuelo el Dr. César Molina y la madre Cecilia Cordero. Por azares del destino su padre que era cuencano se radicó y adora hasta ahora “su” querida Azogues. Y de ahí salieron “ñutos” con la mamá Panchita Molina y su hermana Diana, ellas también azogueñas a que el papá vaya a estudiar en Bélgica.

Regresó a vivir en cuenca, pero todos los fines de semana, iba a la casa de sus abuelos maternos, en la calle Serrano, juntito a la Catedral, ahí aprendió a “Vivir la vida”, los sábados de la colorida feria, a comer las cascaritas, las “Cholas”, capulíes en San Miguel de Porotos y claro el mejor hornado del Ecuador. Disfrutó de los paseos a la “Playa”, al parque infantil, al laberinto, al cerro Abuga, y claro a San Francisco.

En fin, le tocó migrar a Quito hace 30 años, y añora su tierra, su gente buena, sus olores, sus colores, sus sabores y la magia de la ciudad misma. Edmundo se hizo abogado, le encanta el campo, los cerros y los nevados, y está convencido y su lema es que: “La vida es bella”, tan tan.

Edmundo conocemos que tienes raíces de la provincia del cañar, naciste en ella, ¿Cuáles son tus recuerdos y aquellas memorias infantiles y juveniles de Azogues y Cuenca?

Realmente me siento un híbrido  en cuanto a mis orígenes, a mis raíces, pues por parte de mi padre vengo de Saraguro, y por parte de mi madre soy cañarejo.  Mi padre cuencano, mi madre azogueña.  Por azares de la vida mi padre vino en el año 1967 recién graduado  a trabajar en el entonces Hospital “3 de noviembre”, hoy hospital “Homero Castanier”.

Nací en Azogues y al poco tiempo viajé con mi padre a una beca, al regreso de la beca mi padre tenía que devengarla  y vino a trabajar en esta ciudad pequeñita, y nosotros nos quedamos a vivir en la ciudad de Cuenca con mi madre.

Mi padre se azogueñizó,  porque toda su vida profesional lo hizo en Azogues y yo tenía una ventaja, pues mi abuela materna asistía todos los viernes  a Cuenca a una cita médica, y a su regreso,  yo me escapaba con ella,  a la casa de mis abuelos, a aquella casa en donde hoy funciona el Servicio de Rentas Internas en la calle Serrano que da a la puerta trasera de la Catedral de Azogues, pues yo viví los fines de semana allí, en esos portales.

Recuerdo esos sábados de feria, ese colorido, los matices de la gente de las zonas rurales que bajaban a Azogues.  Es más  en Azogues el sector público y privado trabajaba  el día sábado y domingo, y el lunes era feriado.  El domingo era tan importante que realmente tenía abierto todo, trabajaba el Municipio, los Juzgados,  todas las entidades públicas estaban en actividades.

Recuerdo  también como iba a la playa, era el lugar de concentración de los jóvenes, pues estaba cercana al parque infantil, a la estación del ferrocarril de Azogues.   Recordemos que luego de que el ferrocarril llegue al Tambo, la primera  estación  más austral  era Azogues, pues era considerada la estación más importante del Sur.  En el parque infantil había una laguna, nuestro juego  principal era poner una moneda de 50 centavos de sucre que se llamaba cinqueño en mi época, o un dorriales en la línea férrea para que la pise la locomotora.  ¡Qué recuerdos!

Tuve la suerte de subir en la locomotora de vapor varias veces.  Una serie de anécdotas que marcaron mi vida, entre ella,  el ser hijo  de médico, nieto de médico, fue realmente una experiencia diferente, pues yo iba mucho al hospital.  Y se preguntarán ¿Qué hacía un niño de 7 u 8 años en un hospital?  Pues le acompañaba a mi padre y abuelo a pasar visita a los enfermos.   Suena de locos, pero era realidad, ahora en estos tiempos la Dinapem, pondría  manos en el asunto al ver esta situación.  Es que en aquellos tiempos la situación era diferente. 

Todas estas experiencias  me ayudaron mucho a formarme en la vida,  yo palpé  la necesidad de la gente, tanto de la ciudad como del campo que asistía al hospital. En este tiempo era un hospital regional porque  atendía  a la gente de la provincia de Chimborazo como de Cañar.  Yo recuerdo con susto al principio,  pero luego vi con emoción y normalidad, cuando a los 8 años  de la mano de mi padre y mi abuelo  en el hospital de Azogues en donde yo nací, vi un parto.  Imagínate un niño a esa edad ver una situación  de estas. Fue realmente impresionante, pero eso marcó mi vida porque  aprendí del maravilloso milagro de la vida, de la vocación que se debe tener para cualquier profesión, en este caso la medicina. 

Creo que soy el único de la familia que no se hizo médico, me hice abogado, en definitiva Azogues marcó  mi vida, pese a que no viví allí.   Una ciudad de gente buena, una ciudad en donde tú podías salir a cualquier hora, una ciudad con su gastronomía propia, con su patrimonio propio. Y es esto precisamente, lo que me ha animado a escribir, sin ser un escritor   para nada, a dejar un testimonio de mis experiencias y anécdotas, que nunca las he podido olvidar. 

Sin ser un escritor,  más bien juego con las letras, a veces eran ideas muy confusas, trato de recuperar en este libro, lo más sencillo y hermoso de la vida de un pueblo pequeñito, pero mágico.

En base a todos aquellos recuerdos, escribiste un libro que aún no lo has difundido. Tengo el gusto de haberlo leído gracias a tu confianza.  Realmente una publicación  hermosa, llena de episodios, anécdotas, titulada “Tan Tan”, “en donde el protagonista de tu obra, nace en una ciudad pequeñita,  que no la nombra, pero que le condiciona emotivamente por ser la tierra de los ancestros de la parte materna”, así  expresa Juan  Cordero Iñiguez en la presentación de este libro. ¿Por qué el  nombre “Tan Tan” y por qué el protagonista   habla de una ciudad pequeñita, pero que no dice su nombre?

El tema de “Tan Tan” viene de asimilar la vida a una canción, toda canción termina con el acorde tan tan. Era muy común en las canciones de antaño sus finales y acordes, y de ahí su nombre. Por tanto  -Tan Tan-, implica que termina algo, es este caso si bien el  libro narra vivencias que ya ocurrieron y que ya terminaron,  sin embargo quedan aquellas añoranzas y acordes en nuestra memoria.

Por otra parte, la idea de dejar abierta esta posibilidad de imaginar  cuál es esta ciudad pequeñita, tiene el propósito de que el libro llegue a todo el Ecuador y el mundo.  Soy un migrante desde que nací, fui a Azogues, a Bélgica y finalmente estoy radicado en la ciudad de Quito, pues quienes hemos migrado sabemos que el estar lejos de la tierra donde naciste es duro, porque te alejas de tus costumbres, de tu identidad.

A pesar de que he migrado dentro de mi propio país, cada ciudad, cada región tiene su idiosincrasia, tiene su acervo cultural propio.   Pero ¿Por qué dejé sin el nombre a esta ciudad pequeñita en mi libro?, porque quiero que alguien  que nació en Latacunga, en Ambato, en Guano, en  Guaranda, en Babahoyo, etc., pueda  identificar a esa ciudad  pequeñita que la vio nacer, y en la cual no necesariamente vivió. 

En mi caso trato de dar esos elementos suficientes para que se identifique  a aquella ciudad pequeñita, para que se la reconozca por sus hermosas características y memoria.   Casualmente  por la gentileza de Juanito  Cordero, el hace una crítica a mi narración del libro, en el sentido de que por qué no nombro a Azogues en el libro “Tan Tan”, y es que  yo quiero que el lector de cualquier zona del Ecuador y el mundo, se acuerde  de su “ciudad pequeñita, aquella sin nombre”. Y diga, esto fue mi Azogues, yo vengo de allí, y estoy orgulloso  de  venir de allí. 

Si bien todo indica en el libro que es Azogues, -pero no está el nombre-,  pero narro claramente episodios como el del río Burgay, que por cierto era el río en donde me bañaba. Yo recuerdo que uno de los mejores paseos en familia era irnos a las playas de Fátima en Nasón, recorriendo el río Burgay hacia arriba a conocer el monumento de Héroes de Verdeloma que muy poca gente conoce de su significado histórico.  

Y entonces, trato de que la mente vuele con la ciudad pequeñita….

He leído tu libro Edmundo y es una recopilación alrededor de 58 episodios sobre  memorias de Azogues y Cuenca entre ellas: el bautizo, los caballeros no tienen memoria, el templo del sabor, la otra ciudad, el doctorcito, el kindergarden, la escuelita, el abuelo curador, las deudas se pagan y se pagan, el bulubulu, el agua de carnaval no hace daño. ¿Cuál es el mejor episodio que podrías contarnos de tu libro?

Quizá el episodio que más ha marcado mi vida es el  -Abuelo Curador o Sanador-.  Y es que mi abuelo César Molina era un hombre especial, como lo es todo abuelo para sus nietos. Le dedico  a mí abuelo un capítulo muy extenso de mi libro porque fue la persona  que junto con mi padre me enseñaron a valorar primero el amor a su profesión, un amor con total desprendimiento.  Mi padre y mi abuelo tenían el consultorio   en la casa a la usanza antigua, y yo recuerdo que mi abuelo tenía la especialidad de infectología, pero como no habían muchos médicos en aquella época, él era ginecólogo, pedíatra e inclusive hasta psiquiatra.  Yo recuerdo mucho el hecho de ver entrar a mucha gente en la casa al consultorio del abuelo, que luego los veía salir muy bien, luego de haber sido medicados, pues salían con otro ánimo.  Aspectos que impactaron  en mi vida y trasmitieron en mí aquel ánimo por cuidar la vida de los demás. 

Mi abuelo era un hombre muy jocoso, fomentaba mucho el manejo anímico de las personas, esto ya hace más de 50 años, cuando la paga al médico no era económica.  El médico  más bien ejercía su profesión por vocación y la paga se lo hacía  cuando los pacientes le llevaban un poco de fréjol, 2 o 3 huevos de campo, esta era la gratitud del paciente hacia el médico.

En este libro rescato mucho las vivencias con mi abuelo César.  Un hombre de campo, que le gustaban la naturaleza, y me enseñó a amar la naturaleza.  Recuerdo también de él, que me llevaba a los cerros, me enseñó a montar a caballo,  me enseñó a diferenciar entre la espiga del trigo y la espiga de la cebada, aunque para decirte la verdad, nunca la entendía de manera clara.  En conclusión me enseñó a amar a Azogues, amar a la provincia del Cañar.

Todas aquellas anécdotas que están en “Tan Tan” realmente emocionantes, pero hay una que me llamó la atención… “Los caballeros no tienen memoria”, ¿Es ficción o relato verdadero?

Es verdad todo lo que narro en mi libro, la sociedad de Azogues en aquel tiempo, sociedad en la que me crie, realmente fue machista, pero ventajosamente  mi familia tanto materna como paterna nunca fue machista.  Yo tenía enamoradas, pero era un sufridor empedernido. Muchas chicas no me aceptaron porque era feíto, y yo guardaba resentimientos. Y cuento estos episodios para  explicar ¿por qué escribí  la anécdota de “Los caballeros no tienen memoria”?.  

Me refería a  los caballeros no tienen memoria, a aquellas anécdotas únicas, cuando de manera jocosa narro  el hecho de que  las chicas de Azogues y Cuenca en las fiestas no me aceptaban bailar.  Me acercaba a sacarlas a bailar  y me decían  perdón estoy cansada muchas gracias,   sin haber salido una sola vez a bailar toda la noche.   Y pues les decía… Pero si no te he visto bailar ni una sola pieza, ¿Por qué no bailas conmigo?… “Entones prefiero no tener memoria”.

En la actualidad a aquellas chicas, ahora mujeres adultas. las he visto en la calle  y las digo, tú no me aceptaste bailar….

Edmundo, ¿Que buscas con la publicación del libro, a que lectores está dirigido?

“Tan Tan”, busca universalizar el amor  hacia la tierra que nos vio nacer.  Vivir lejos de tu tierra, de tus orígenes, te afecta, tienes muchas añoranzas.  Yo quiero que  la gente  que tuvo  que migrar tenga esa capacidad de guardar y atesorar sus recuerdos, las vivencias de su tierra y sobre todo de no dejar perder aquellas costumbres que la hacen una ciudad mágica.

Este libro, es sencillo, liviano para entender y comprender lo que el ser humano simple como yo, recuerda y añora  de su tierra y  su gente, su comida, sus olores y sabores.  Esto suena muy trillado y repetitivo, “sus sabores”, pero para mí es hermoso saber  en dónde comprar el pan llamado  “Las cholas”, que se comía con nata, que era la golosina más grande que podía darme mi abuela.  O cuando voy a Cuenca y busco un pan blanco con nata.  Realmente no quiero que se pierdan estas tradiciones.

Respeto mucho  la evolución, respeto a la juventud que avanza, que innova, pero ojo…no perdamos la esencia.  Azogues tiene mucho que dar, que mostrar, es el momento de romper barreras y más bien aunar esfuerzos.  Por ejemplo es necesario que se rehabilite el tren Cuenca-Azogues, que son tan sólo 30m kilómetros de  recorrido, ¿ Cómo hacerlo?, pues bien, creando una mancomunidad de Municipios, Consejos Provinciales,  para que los turistas conozcan Azogues,  vayan al Abuga, al Cojitambo, a San Francisco.

Deben saber que la tierra de las cascaritas –es Azogues-.  Las cascaritas nacieron en Azogues y son cosas intangibles  que no deben perderse nunca.  Así también las primeras tejedoras del  sombrero de paja toquilla son de Azuay y Cañar y sobre todo es necesario saber cómo dicen los enólogos, catadores o expertos en vino, las culturas de Azuay y Cañar provienen de un mismo núcleo que son el pueblo cañari.  Yo preguntaría si la leyenda de las Guacamayas por ejemplo está aún en el currículo de estudio de los niños en las escuelas, porque esta leyenda para mí, ha sido la historia  más grande del mundo, porque cuenta cómo nacieron los cañaris.

Azuay y Cañar son un todo y yo pude vivir, pude experimentarlo y por ello no dejemos que se pierda  aquellas tradiciones, costumbres y memorias, en el austro  ecuatoriano, obviamente respetando el avance cultural, tecnológico.

Finalmente, ¿los cerros son parte de tu apego a esta tierra cañari?

Por su puesto, la primera cumbre fue la cumbre del Cojitambo y la hice  de mano de mi  abuelo y de mi padre, y allí nació mi afición por subir cerros.

De ahí que mi libro es nostálgico y a ratos alegre fundamentalmente. Hay gente que dice  que  el pasado te ata, -yo digo que no-, el pasado te deja  vivir.  El pasado te deja saber de dónde vienes, y si sabes de dónde vienes, estas muy bien.  Si no sabes de dónde vienes y no tienes identidad, estás complicado.

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